lunes, 13 de febrero de 2023

El cruel detalle del langostino congelado

(Un texto de Marc Casanovas en La Vanguardia del 31 de diciembre de 2019)

Provocando un trauma a las hembras se precipita el proceso de gestación, garantizando así la rentabilidad del negocio.

Hace tanto años que Rossend Domènech vive en Roma que es muy probable que su mente siga en la ciudad eterna cuando su cuerpo regresa a su La Cellera de Ter (Girona) natal. De origen payés, se dedicó a la agricultura hasta los 23 años pese a que odiaba levantarse a las cuatro de la mañana. De esa época remota, labrando el campo de sol a sol, mantiene su inquebrantable pasión por resolver los enigmas de la alimentación consciente, y un terruño donde cultiva tomates deliciosos para consumo propio. “Hay demasiados libros sobre comida, pero estaba tan enfadado con la ignorancia alimentaria de nuestros días que no pude evitarlo. Las ruinas sirias de Palmira bombardeadas por Estado Islámico son una gran pérdida, pero son una pérdida que se puede reconstruir. Si una variedad de manzana desaparece, la perderemos para siempre. Y en España parece que nos ha dado igual perder el 75% de la biodiversidad en los últimos 100 años”.

Para que no pase otro siglo más de silencio incómodo, su ensayo El trauma de los langostinos tuertos (Editorial Avant, 2019) denuncia las múltiples barbaridades que la industria alimentaria comete con total impunidad, sin que el consumidor ni los organismos reguladores se pongan las manos a la cabeza. La publicación lleva poco menos de un mes en las librerías, pero el vozarrón de la industria alimentaria ya resuena en su contra: “El libro no ha gustado nada a las grandes empresas. Hay que ir con cuidado porque después te crean problemas gordos”. Rossend Domènech capea con la experiencia de la edad las presiones de los lobbies; lo que no acepta es que tachen su obra de alarmista: “Yo no fomento el pánico ni la inseguridad alimentaria. En primer lugar, todo lo que digo viene respaldado por los oncólogos. Si los medios de comunicación divulgaran todo lo relevante que publican los científicos, aportando datos contrastados y soluciones constructivas, el mensaje calaría mucho más hondo en la sociedad”.

Lo cierto es que el empuje editorial de El trauma de los langostinos tuertos se sustenta bajo un título tan sugerente como enigmático: “Tradicionalmente, los langostinos se pescan y se llevan a tierra para congelarlos en el menor tiempo posible. Entre el momento de la captura y la llegada a la planta de congelación, es imprescindible poner ácido fénico a las cajas de los langostinos para garantizar su conservación. El inconveniente es que cuando se descongelan en la pescadería, los langostinos adquieren esas manchas negras en la cabeza tan feas”.

Cuando le contaron que en Ecuador existía una iniciativa para congelar los langostinos en alta mar antes de tocar suelo, le pareció tan buena idea que su instinto periodístico le hizo viajar para conocer la iniciativa de primera mano. Lo primero que se encontró al llegar es que los langostinos no se pescaban, sino que se criaban en grandes viveros al lado de las playas. “Alguien muy cruel pensó que, si lograba que las hembras de langostino maduraran antes, podría sacar mucho más rendimiento económico. El objetivo era provocar un trauma a las hembras recién nacidas para que empezaran a poner huevas antes”. La idea macabra se basaba en los traumas infantiles de los niños que habían sufrido guerras o violaciones “y el trauma que descubrieron fue cortarles un ojo”. Rossend Domènech vio en primera persona las máquinas por donde pasaban los langostinos para cortarles un ojo. “Con el ojo tuerto, las hembras maduraban de golpe, y el proceso de gestación se precipitaba”.

Ya era suficiente espanto enterarse de la mutilación animal con total impunidad cuando descubrió un pequeño gran detalle en su dieta. “Esos millones de langostinos eran alimentados con antibióticos para evitar cualquier riesgo comercial. Eso implica que el consumidor de esos langostinos ingería una gran cantidad de antibiótico sin saberlo”. Hace más de 20 años, la Unión Europea alertó a los gobiernos sobre el excesivo uso de antibióticos y conservantes en los alimentos. El problema colateral es que habían dejado de ser efectivos a nivel sanitario cuando se requerían para curar una gripe. “No somos conscientes que estamos llenos de antibióticos ingeridos con la comida. Piensa que los cadáveres no se descomponen como antes, y no es debido a un milagro celestial. Es por la cantidad de conservantes que hemos comido durante la vida. Es un fenómeno más que estudiado por los investigadores”.

El dilema para el lector se multiplica cuando se dispone a volver a hacer la compra de alimentos y antepone el precio por encima de la calidad de la materia prima. La terrible historia de los langostinos congelados quita las ganas de volver a comprarlos, pero son muchos los ciudadanos que no pueden permitirse comprar langostinos frescos pagando tres veces más por estas fechas. “Hay diversas alternativas”, dice Domènech. “Como las Navidades son solo una vez al año, es preferible comprar langostinos frescos de calidad aunque sean más caros. Claro que gastarás más, pero en lugar de comprar 15 turrones es mejor comprar 3. Otra solución es buscar una opción más barata y elegir gambas pescadas en tu zona geográfica, en lugar de los langostinos de temporada alta. Al final es una cuestión de decisiones. ¿De qué manera quiero vivir? Si eliges una u otra opción implica unas decisiones distintas”.

Los langostinos congelados son la excusa perfecta para sacar a colación la polémica del etiquetaje: “Hay que fijarse más en las etiquetas de los productos. Las etiquetas son la democracia de los alimentos, lo que asegura la transparencia. Mientras no existan etiquetas inteligentes y comprensibles no habrá democracia en la alimentación”. Si hacemos caso a la normativa europea, todos los alimentos deben tener una etiqueta que marque el origen, el lugar dónde se ha procesado y quién lo ha importado. “Una manera sencilla de actuar es compra alimentos con nombre y apellido. Por ejemplo, saber que los pistachos que compro son de Turquía, se han procesado en Italia y se han importado a España por la empresa X. Con toda esta información, al menos te aseguras que alguien pone la cara, la dirección y el teléfono. Eso hoy en día ya quiere decir mucho porque implica una cierta responsabilidad sobre lo que se pone a la venta”.

Algo que no se cumple en demasiados ocasiones: “La mayoría de las almejas gigantes que se venden en España provienen de Filipinas y no está escrito casi en ningún lugar. Es muy probable que si apareciera el origen filipino en la etiqueta muchos consumidores las dejarían de comprar. No lo harían por una cuestión nacionalista, se decantarían por almejas de Galicia, aunque fueran más caras, porque es muy complicado saber si provienen de un mar contaminado y cuántos días han viajado en barco o en avión hasta llegar a su destino”.

Por eso, antes de llenar el carro de la compra, apuesta por la sencillez a la hora de comer: “Siempre he comido frugal. Cada semana voy al mercado y compro a los mismos payeses que trabajan por cuenta propia. Mi criterio general se basa en creer que su producto siempre estará cuidado porque es lo que ellos comen al llegar a casa. Un agricultor industrial con decenas de hectáreas seguramente no mimará tanto su producto porque lo único que busca es garantizar la venta de toda la cosecha”. Incluso cuando se investiga para algo tan crucial como el cambio climático parece que nos dejemos algo por el camino: “Ahora se investiga cómo lograr fruta y verdura resistente, pero no se dan cuenta que han existido siempre. Las manzanas, los melocotones o la uva de secano son frutas que casi no necesitan agua. Sitios donde no se regaba nunca, pero las frutas eran buenas. Claro que eran de tamaño más pequeño, pero ¿quién dice que tengan que ser grandes? En mi pueblo les llaman manzanas del Siri y te duran 4 meses. En septiembre compras 70 kilos y te duran hasta el mes de abril fuera de la nevera. Además, te dejan un perfume a manzana por toda la casa”.

Y aquí entra en el tuétano de su teoría que defiende a capa y espada en su polémico libro. Porque no sólo pone en duda la calidad de la dieta actual, directamente la sentencia de muerte: “Los alimentos están envenenados y nos están matando lentamente. Comprar alimentos exclusivamente desde un punto de vista económico trae consecuencias fatales para toda la vida. Dicho de otra manera, hay muchas más consecuencias negativas que si se compran alimentos más buenos y saludables pagando un poco más”.

Casi sin evitarlo, su tesis desemboca hasta el axioma de siempre: Rossend Domènech contesta contundentemente a todos los que siguen repitiendo que comer saludable es caro e implica demasiado tiempo: “La comodidad nos ha llevado a querer comprar todos los alimentos en una misma tienda o supermercado. Si no tienes tiempo para cuidar tu alimentación, que es algo que condiciona toda tu vida, te mereces todas las enfermedades que vendrán. Seguir una dieta sana y equilibrada permite estar mentalmente activo, tener mejor humor (y de rebote tratar mejor a tu pareja, familiares y amigos) y que tus hijos crezcan adecuadamente. La comida condiciona todo esto y más para no vivir amargado. La comida es química y cada uno de nosotros es un laboratorio químico andante. Y yo digo: ¿por qué tenemos que pagar todos la ignorancia alimentaria de algunos?”. Y lo ilustra mejor con un ejemplo: “Un pan malo cuesta poco dinero, pero ese pan, con todos sus espesantes y levaduras químicas, repercute en la salud. En cambio, si compras pan bueno será más caro, pero tendrás que comer mucho menos pan porque alimentará más. ¿Por qué debo pagar más por un alimento cuando puedo encontrarlo más económico? ¡Pues porque no son el mismo alimento aunque lo parezca!”.

Sin duda, asimilar las atrocidades publicadas en este ensayo, que forma parte de una trilogía titulada “Los nuevos bárbaros”, dejarán mal cuerpo a más de uno al mirarse frente al espejo de su incultura alimentaria: “Hay una incultura alimentaria alarmante. La cuestión es que no se considera una desgracia si la gente come mal, porque no hay un cataclismo inmediato. La naturaleza nos ha enseñado que para progresar se ha de conservar la memoria, y el problema es que estamos perdiendo esa memoria. Antes el desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena se hacían en casa. Era el momento ideal de transmisión de las costumbres alimentarias de generación en generación. Pero si esta conexión se ha roto, ¿cómo se puede reparar? ¿Se puede volver a enseñar a comer? En los comedores de las escuelas se come cada día mejor y más saludable, pero no se enseña a comer. La única vía es introducir una nueva asignatura en torno a la alimentación para volver a enseñar a comer”.

 

 

 

 

 

 

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