sábado, 16 de noviembre de 2019

Del tzictli al chicle: una historia masticable


(Un texto de Ana Vega Pérez de Arlucea en el Heraldo de Aragón del 4 de agosto de 2018)

De México a Estados Unidos y de allí a España, la goma de mascar ha recorrido un largo camino desde sus orígenes como vicio azteca.

No les voy a engañar, me he pasado casi toda la vida pensando que 'chicle' era una palabra españolizada a la virulé, adaptada de aquella manera de la conocida marca Chiclets. Seguramente ustedes también, y todo por no mirar en el diccionario: en él viene, bien clarito y con el sello de la Real Academia, que el nombre común de la goma de mascar procede del náhuatl tzictli. ¿Cómorl? ¿Es que acaso los aztecas se pasaban el rato masticando chicle? Pues sí, y también lo hicieron lo mayas, quienes lo llamaron tsicte. Los humanos llevamos dándole al diente con sustancias parecidas (como la resina de abedul o la almáciga) desde el neolítico, pero la historia verdaderamente chiclosa comenzó en Mesoamérica hace muchos cientos de años, cuando los pobladores de aquellas tierras se dieron cuenta de que cierto árbol exudaba un fluido viscoso para reparar daños en su corteza. 

El manilkara zapota o chicazapote, que crece en los bosques tropicales del sur de México y América Central, produce una savia rica en polímeros gomosos que los indígenas aprendieron a recolectar haciendo cortes en zigzag a lo largo del tronco. Este líquido espeso se secaba y cocía para obtener una pasta gomosa de sabor dulce que se podía masticar durante horas: su volumen no disminuía, aplacaba la sed y el hambre, refrescaba el aliento, limpiaba los dientes y creaba un hábito adictivo que todos los modernos aficionados al chicle podemos reconocer. 

Cuando los españoles llegaron a México a principios del siglo XVI se encontraron con que los nativos tenían un placer oculto consistente en masticar tzictli. Así lo cuenta el leonés Bernardino de Sahagún (1499-1590) en su obra 'Historia general de las cosas de Nueva España', donde cuenta que existían dos clases de tzictli, el hecho de la resina olorosa del zapote y otro negro que se hacía mezclando ésta con pez o alquitrán natural. 'Buagh', podemos pensar, pero aquello era un vicio en toda regla muy tenido en cuenta por las leyes del decoro azteca. 

Educadamente sólo podían cultivarlo en público los niños y las jóvenes solteras, mientras que a mascar en privado se dedicaban las mujeres casadas y algunos hombres «para echar la reúma, porque no les hieda la boca y para limpiar los dientes, empero hácenlo en secreto». Se consideraba que era uno de los signos que permitía distinguir claramente a las prostitutas, que según Sahagún pasaban el día dando dentelladas, e incluso a los homosexuales, aquellos «notados de vicio nefando que sin vergüenza lo mascan, y tiénenlo por costumbre hacerlo en público, y los demás hombres si lo mismo hacen nótanlos de sodomáticos». 

Los conquistadores supieron apreciar muchos productos mexicanos trayéndonos joyas como el chocolate, la vainilla, el maíz, los pimientos y los tomates, pero no consideraron nunca al chicle digno de atravesar el Atlántico. Ni siquiera de figurar en el diccionario de la Real Academia Española hasta 1925, cuatrocientos años después de que Bernardino de Sahagún viajara al Nuevo Mundo.
Curiosamente, el desembarco tardío del chicle en nuestro diccionario no se debió a la aceptación de americanismos sino al auge de esta chuchería en España gracias a una estrategia comercial estadounidense. El tzictli indígena, ya castellanizado como chicle, siguió siendo un placer típico de México, Belice y Guatemala hasta mediados del siglo XIX, cuando un avispado inventor yanqui vio sus posibilidades como golosina. 

Thomas Adams (1818-1905) fue un desconocido inventor y comerciante neoyorkino hasta que en 1859 dio con la fórmula de las pastillas masticables a base de chicle. Un par de años antes el destino había llevado hasta su tienda de Staten Island al secretario de un político mexicano exiliado, Antonio López de Santa Anna. Presidente de México en varias ocasiones y héroe militar de la famosa batalla del Álamo, Santa Anna (1794-1876) estuvo un tiempo viviendo en Estados Unidos debido a crisis políticas en su país de origen. 

Al exilio se había llevado consigo un cargamento de chicle al que era aficionado y del que creía que se podía usar como sustituto del caucho industrial, idea que transmitió a Adams quien se puso rápidamente manos a la obra. Después de muchos intentos fallidos la resina del chicle resultó ser demasiado blanda para ese fin, Santa Anna volvió a México y todo quedó aparentemente en agua de borrajas; Adams, por su lado, recordó el uso del chicle como goma de mascar y decidió darle una oportunidad en EE UU, adaptando el proceso de fabricación tradicional a métodos modernos. La primera remesa, aún sin sabor, fue un éxito de ventas y para 1880 'Adams Chewing Gum' producía con chicle natural importado de Centroamérica cinco toneladas diarias de pastillas con sabor a tutti frutti, menta o regaliz. Tiempo después Adams se asoció con William Wrigley y en 1914 lanzaron la famosísima marca Chiclets, basada en el nombre de su ingrediente principal. 

En 1919 los chicles norteamericanos llegaron a España con una potentísima campaña publicitaria detrás y prometiendo el oro y el moro, desde un aliento fresco hasta despejar los dolores de cabeza, incrementar la potencia muscular o seducir apasionadamente al sexo contrario. Así, de México a EE UU y tiro porque me toca, llegó el tzictli a nuestras vidas.

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