(Un texto de Francisco Abad Alegría en el Heraldo de Aragón del 20 de mayo de 2020)
En la Roma del siglo I, el
hedonista Marco Gavio Apicio redacta su ‘De re
coquinaria’, documento valiosísimo para conocer la
gran cocina del aún joven Imperio romano.
La ruda (‘Ruta graveolens’)
es planta espontánea en áreas mediterráneas
orientales y parte de Asia Menor, que
rápidamente se extendió en forma cultivada por
sus propiedades medicinales, purificadoras y,
aunque con menor importancia, de condimento
alimentario. Es una planta de aspecto
inconfundible, de porte mediano (hasta medio
metro), que reverdece en primavera y da unas
flores de complicada forma regular y
pétalos pequeños y recogidos de color
amarillo, con hojitas compuestas de color
verde intenso con tonalidades levemente
azuladas.
Su aroma acre y pegajoso,
persistente e inconfundible, era tenido como
eficaz repelente de mosquitos, ratoncillos y
hasta culebras y por eso se plantaba dispersa
en zonas ajardinadas. Además, se empleaba
en forma de sahumerios para purificar la
casa (‘domus’) de malos espíritus e
influencias mágicas nefastas: un
sahumerio de hojas frescas de ruda ahuyenta
con la misma eficacia a los vivos, por su olor
penetrante y poco agradable. Se decía que
comadrejas y otros mustélidos se revolcaban
sobre arbustillos de ruda para repeler a
posibles serpientes atacantes.
Como medicina se ha
empleado durante mucho tiempo (con muchas
precauciones por su alta toxicidad) para
diversos menesteres. En forma de infusión o
extracto hidroalcohólico ligero, para lo que
hoy denominaríamos gastritis atróficas. Por
su capacidad de contraer las pequeñas
arterias terminales, también se empleaba en
dilución local para controlar hemorragias
persistentes. Y justamente esa acción es
la que ha hecho famosa a la ruda como el
abortivo clásico más empleado: tomado en
infusión, provoca la contracción de los vasos
placentarios y además contracciones uterinas,
que matan al feto. No era infrecuente que una
dosis excesiva de ruda, utilizada como
abortivo, fuese muy tóxica y se llevase por
delante la vida de la mujer al tiempo que se
inducía el aborto.
Otros usos menos siniestros
eran el lavado de los cabellos con infusión de
ruda para matar ‘la piojera’ aunque había que
tener cuidado en secar bien la piel, tras
aclararla con agua, porque la exposición al
sol de la piel de cuello o brazos con restos
de tal infusión produce ampollas y quemaduras
muy intensas. Un uso moderado de algo de
polvo de ruda seco en la comida de los
novicios de los monasterios medievales se
recomendaba como anafrodisíaco, para
mitigar los apremios de la carne, siempre sin
pasarse por lo de la toxicidad, evitando el
llamado "pecado nefando", es decir, que "a
falta de pan, buenas son tortas" y la lujuria
acechaba tanto a novicios como a profesos.
¡Señor, Señor!
Y con este panorama, ¿aún
había gente con ganas de emplear la ruda en la
comida? Pues vean, vean.
La ruda se utilizaba muy
escasamente en la cocina griega, pero estaba
presente en algunas preparaciones,
fundamentalmente salsas, ensaladas y
condimentos. Ateneo de Náucratis recoge en
su ‘Banquete de los eruditos’,
recopilación del siglo II sobre todos los
aspectos de la culta y desarrollada cocina
griega clásica, básicamente de los siglos V y
IV a.C., algunas menciones.
Destacan, entre las
recetas, un cochinillo asado relleno de
pajaritos, menudencias y matrices de cerda,
aromatizada con ruda entre otras
especias (libro IX, 376d), que recuerda al muy
posterior banquete de Trimalción del
‘Satiricón’ y "una tajada hervida de matriz de
cerda", aliñada únicamente con una llamativa
salsa que contiene algo de hiel y abundante
ruda (libro III, 101b).
Apicio y la Roma
imperial
La vieja austeridad romana,
que forjó un pueblo duro con una ley
civilizadora discutible pero de probada
eficacia (aunque también menudeaban golfos,
ladrones y abusadores del poder) fue
relajándose paulatinamente desde que medio
siglo antes de nuestra era se establece el
sistema imperial de gobierno. Apicio
escribe cuando la clase dominante empieza a
ser más epicúrea que militar y
auténticamente dirigente y por eso su obra
tiene enorme interés.
De las 438 recetas que
integran su ‘De re coquinaria’, nada menos
que el 15% están aromatizadas con ruda,
lo que supone un salto desmesurado en una
cocina ya de por sí muy perfumada y saborizada
con enormes cantidades del omnipresente garum,
puerro, vinagre, vinos generosos y miel,
pimienta y otras hierbas y especias.
Más de la mitad (51% de las
que la incorporan), son salsas y en su mayoría
para pescados y volátiles asados, generalmente
asociando muchos otros aromas, comunes a la
mayoría de las salsas. Un ejemplo es la
"salsa para grulla pato y otras aves" (libro
VI, II-1): "Cocida el ave en agua, se
separa en trozos grandes, vertiendo luego la
salsa de ruda, cilantro, aligustre, raíz de
laser, unas gotas de carenum, miel, algo de
caldo de la cocción y fécula para espesar; se
remueve hasta impregnar la carne y calienta
todo para que los sabores se compenetren".
Una curiosa forma de
aromatizar con sutileza empleando ruda es
remover la salsa con una ramita de ruda fresca
(por ejemplo en la "salsa para pescado asado",
libro X, III-3), preparando un ungüento de
aceite, vino, vinagre, garum, miel, hojas
picadas de cilantro fresco, pimienta,
tomillo y aligustre, mezclando todo con
la dichosa ramita, tras añadir algo de fécula
para que espese, para luego verter la salsa
sobre el pescado asado, generalmente corvina o
dentón.
A las salsas les siguen los
caldos de gobierno de carnes o pescados
guisados (22% de las recetas con ruda), las
legumbres y hortalizas guisadas (18%) y ya en
pequeño y disperso empleo, el aliño de
embutidos, setas y casquería (9%). En todo
caso, bien podemos concluir que, como se ha
dicho, aparte el omnipresente garum y su
Ganímedes el puerro, la ruda es la reina de
las salsas del primer Imperio.
Tras la desintegración
imperial, culinariamente embrutecida por usos
multiétnicos y multibárbaros (ahora hay
'sabios' que lo llaman "alianza de
civilizaciones") son los expansivos musulmanes
los que se quedan con el botín y tras un
tiempo acaban asentando usos nuevos y
productos exóticos. En el caso de la ruda,
está claro que su empleo es muy escaso y
asienta sobre todo en las áreas más
orientales del dominio musulmán y además,
curiosamente, prácticamente siempre asociada
al zumaque, ácido, saborizante peculiar
y colorante de algunos platos (Lucie Bolens,
Manuela Marín). Es tan anecdótico que los
tratados de los alimentos de Avenzoar (siglo
XII) y el de Al-Arbulí (siglo XIV) ni lo
mencionan.
En la actualidad aún se
encuentran vestigios de su utilización, en una
escasamente difundida (por el peculiar aroma)
salsa ligur con tomate y alcaparras, en la
elaboración de los aromas de respaldo de la
grappa italiana y en el polvo sazonador
‘berbere’ de Etiopía.