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martes, 29 de septiembre de 2026

Avez-vous déjà goûté du bruant ortolan ?

(Un article signé par Coline Cipolla lu sur marmiton.org le 21 août 2026)

Un plat aujourd’hui interdit en France, et pourtant culte dans le passé. On vous raconte l’histoire de ce mets d’exception. 

La France est un pays de gastronomie, où on aime se retrouver autour d’une grande table, avec des amis ou les membres de sa famille, pour déguster un délicieux repas, boire un bon vin, refaire le monde et rêver quant à l’avenir.

Notre pays abrite d’ailleurs un grand nombre de traditions et de coutumes culinaires qui persistent encore aujourd’hui. Mais certaines sont sur la sellette ! Quand d’autres ont tout bonnement été interdites. 

La France est un pays de gastronomie, où on aime se retrouver autour d’une grande table, avec des amis ou les membres de sa famille, pour déguster un délicieux repas, boire un bon vin, refaire le monde et rêver quant à l’avenir.

Notre pays abrite d’ailleurs un grand nombre de traditions et de coutumes culinaires qui persistent encore aujourd’hui. Mais certaines sont sur la sellette ! Quand d’autres ont tout bonnement été interdites. 

On pense par exemple au bruant ortolan. Il est possible que le nom de ce plat ne vous dise pas grand-chose. En effet, il est aujourd’hui interdit de service, et plus aucun restaurant ne peut l’afficher à sa carte. Mais pour quelle raison ? On vous raconte l’histoire du bruant ortolan, une recette française qui divise. 

Il ne pèse pas plus de 20 grammes, et pourtant, il attire nombre de convoitises. Le bruant ortolan est un oiseau qui appartient à la famille des Emberizidés. Il est vraiment tout petit et profite d’une belle robe aux couleurs qui s’étendent du jaune au marron. 

Depuis 2016, cet oiseau est considéré comme une espèce en danger. Et si l’activité industrielle de l’Homme et le changement climatique y sont pour quelque chose, ce ne sont pas les seuls responsables. 

Manger du bruant ortolan à table n’était pas donné à tout le monde autrefois. Cette préparation était en effet largement préparée dans les plus hautes strates de la société, riches, chasseuses et sans pitié. 

Peu de personnes appartenant à la classe populaire ne connaissent les traditions qui tournent autour de cette recette. En effet, si le bruant ortolan est aujourd’hui interdit en France, c’est tout simplement à cause de la cruauté de cette recette.

En effet, de nombreux bruants ortolans étaient dans le passé élevés par l’Homme. On le plaçait en cage, sans air ni lumière, on le gavait pendant trois semaines au millet blanc puis, on le noyait dans l’Armargnac avant de le faire rôtir.

Il était ensuite coutume de manger ce plat la tête recouverte d’une serviette blanche, sans regarder les autres convives. Mais surtout, en mangeant l’oiseau entièrement, peau, os, corps et tête, d’une seule bouchée.

Une pratique aujourd’hui aberrante, qui suscite l’indignation et qui repose la question d’un débat plus actuel que jamais : peut-on réellement disposer des animaux comme bon nous semble, au profit de la gastronomie ?

En résumé

  • Le bruant ortolan, un oiseau de 20 grammes, était autrefois un mets prisé en France, désormais interdit depuis 2016.
  • La préparation controversée impliquait de gaver l'oiseau avant de le noyer dans l'Armagnac et de le rôtir.
  • Cette pratique soulève des questions éthiques sur l'utilisation des animaux dans la gastronomie française.

martes, 21 de julio de 2026

¿Qué es la "leche" de patata y por qué está de moda?

(Un texto de Laura Conde leído en La Vanguardia el 15 de abril de 2024) 

La bebida surge como una alternativa más económica y sostenible a la leche de vaca en comparación a las derivadas de avena o frutos secos.

La emergencia de la (mal llamada) "leche" de patata es una consecuencia más del auge de las bebidas alternativas a la leche de vaca. Primero fueron las de soja, avena o arroz, después las de frutos secos como la nuez, avellana o almendra y, en menor medida, también encontramos otras como de coco, anacardo o cáñamo. En la misma línea, en los últimos años ha empezado a comercializarse la bebida de patata, muy fácil de elaborar en casa y que permite aprovechar todos los beneficios (y son muchos) de este tubérculo económico y sostenible. 

Su sabor neutro y su textura algo menos acuosa que la de otras bebidas del mismo tipo (como la de arroz) convierten a la bebida de patata en una buena sustituta de la leche en múltiples recetas y momentos de consumo (con café, té o cacao en polvo, por ejemplo). Es por ello que cada vez más personas preparan la receta en casa, aunque también se puede adquirir la que comercializa la empresa sueca DUG Drinks, que distribuye en numerosos puntos de venta online.

Lo primero que hay que tener en cuenta sobre la llamada "leche" de patata, es que su nomenclatura es incorrecta. Así lo señala la médica y nutricionista Núria Monfulleda, del centro Loveyourself, en Barcelona. Monfulleda afirma que “pese a la moda de llamar leche a cualquier bebida que se le parezca, la llamada "leche" de patata no es leche, sino una bebida vegetal como la de avena, soja o arroz. Leche es solo aquello que deriva de la ubre de una mamífera. Fuera de aquí no se puede hablar de leche”. De hecho, para Monfulleda, la emergencia de productos como la bebida de patata es un claro ejemplo de que “el marketing ya no sabe qué inventarse”.

La elaboración casera de la bebida de patata no difiere mucho de la de otras bebidas vegetales. Cabe destacar que es más económica que otras similares, ya que el precio de la patata es notablemente inferior al de la avena o los frutos secos, por ejemplo. 

Sin embargo, para las responsables del canal Hola Vegan, en Argentina, un portal especializado en recetas veganas a cargo de las hermanas Loli, Sabri y Maru Raffaelli, esta bebida no sería precisamente la más recomendable para combinar con té o café. “Si bien es espesa y cremosa, también es algo viscosa, por eso es algo rara para tomar. Además, tiene un leve sabor a patata y mejora muchísimo si se le agrega alguna materia grasa como almendras o aceite de coco”, explican. Sí funciona, sin embargo, “en pan de molde o medialunas, ya que aporta humedad, así como en salsas cremosas o quesos”. De hecho, es una buena alternativa para espesar sopas, cremas o salsas, así como para preparar alguna vinagreta cremosa para una ensalada, ya que su sabor neutro la hace idónea para combinar con múltiples ingredientes.

Entre los beneficios de la bebida de patata, encontramos que no contiene gluten, lactosa ni ninguna traza de frutos secos, de manera que es perfecta para las personas alérgicas o intolerantes. Aporta triptófano, un aminoácido esencial que favorece el descanso, así como ácido fólico y vitaminas B6 y C. Es baja en grasa y en azúcar (aunque a menudo esto sea una trampa, ya que se le suele añadir a posteriori) y –otro de los grandes argumentos a su favor– es mucho más sostenible que otras leches vegetales. Esto se debe a que la huella de carbono resultante de producir patatas es mucho menor de la que requieren ingredientes como, pongamos por caso, los frutos secos o la propia leche de vaca.

Monfulleda, sin embargo, recuerda que el principal aporte de esta bebida son los carbohidratos, un nutriente que ya se suele consumir en exceso. “Puedo entender que la bebida de patata funcione como espesante, pero como sustituta de la leche yo no le veo ningún beneficio. No tiene calcio, no tiene proteínas y no tiene grasa, que son tres de los grandes nutrientes de la leche y derivados”, señala la nutricionista.

La especialista señala que la tendencia a dejar de consumir lácteos sigue creciendo y que en su consulta cada vez son más las personas que apuestan por opciones alternativas. “Es cierto que hay muchas personas a las que les sientan mal los lácteos, cosa que se debe en buena parte a que los hemos consumido en exceso, ya que si hace unas décadas se tomaba apenas leche, yogur y queso y ahora han proliferado una gran cantidad de postres lácteos, como tiramisú, natillas, cheesecake... Esto significa que estamos consumiendo muchísima lactosa y que el organismo, en muchas ocasiones, reacciona. Por eso hay tantas personas a las que les sienta mal”, explica Monfulleda.

La experta señala, además, que el proceso de sustitución de la leche por bebidas alternativas, empezando por las de soja y avena y acabando por la de patata, se debe también a un proceso imparable que se basa en la adición de azúcar a estos productos. “Aunque hay excepciones, la mayoría de bebidas alternativas a la leche suelen llevar una gran cantidad de azúcares añadidos. No ocurre lo mismo con la leche, que si bien contiene azúcares de forma natural, la cantidad es moderada. Así pues, los paladares se han ido acostumbrando a estas bebidas que generan más adicción y gustan más, simplemente porque son más dulces. En cuanto te pasas a una bebida más azucarada, el paladar te lo agradece inmediatamente y te reclama más y más”, apunta la médico y nutricionista.

No es conveniente eliminar los lácteos de la dieta si no existe una causa justificada. Por tanto, si bien bebidas como la de patata pueden ser interesantes en determinados momentos de consumo, no deberían contemplarse como sustitutos de la leche y derivados, ya que sus nutrientes son diferentes. Según un estudio realizado por la Universidad de León, eliminar las grasas, principalmente las de los quesos de oveja, conlleva una pérdida de nutrientes fundamentales para el organismo, de manera que conviene consumir lácteos a diario en las dosis recomendables para una dieta equilibrada.

Otro estudio, en este caso publicado en la revista BMJ Open Diabetes Research & Care, señala que tomar dos raciones al día de lácteos podría reducir el riesgo de sufrir ciertas enfermedades. Esto significa que si bien la bebida de patata puede ser un complemento que puede funcionar en determinados momentos de consumo, no se debe contemplar su ingesta como una alternativa a la leche, de manera que si se decide abandonar el consumo de lácteos “es importante tratar de conseguir estos nutrientes a partir de otros alimentos”, concluye Monfulleda. 

viernes, 19 de junio de 2026

Haba tonka, el aroma prohibido

(Un texto de Manel Bonafacia leído en gastronosfera.com el 11 de Mayo de 2023)

Hace unos años se puso de moda el uso de la aromática haba tonka en la repostería y como ingrediente de algunos cócteles, y aunque su venta no está permitida en España por la toxicidad de uno de sus componentes, se sigue utilizando y se puede adquirir para aromatizar platos y postres.

El mundo de las especias es casi infinito, y durante siglos han tenido tanto valor que se crearon rutas especiales para traerlas a Europa, dadas sus múltiples aplicaciones tanto en la cocina como en la conservación de alimentos y la elaboración de medicinas o perfumes.

Hoy, por suerte, las especias son más asequibles para todo el mundo, aunque curiosamente da la impresión de que en la cocina casera su uso está restringido a unas pocas variedades como la pimienta, la canela o la vainilla.

Hace algunos años, la alta gastronomía y la pastelería popularizaron una especia que todavía puede sonar exótica para muchos, el haba tonka, una semilla originaria de la región del Orinoco, en América del Sur, y que actualmente se produce especialmente en Venezuela y en Nigeria.

Esta pequeña semilla, de cáscara negra y rugosa y no más de dos centímetros de longitud, tiene un penetrante aroma que recuerda a otras especias, como la vainilla, la canela o clavos de especie, pero también a caramelo o a regaliz.

A causa de estas propiedades, empezó a usarse como aromatizante del tabaco y se ha convertido en un producto habitual en el mundo de la perfumería y cosmética y en la repostería, por ejemplo para aromatizar chocolates, así como para preparar infusiones y cócteles. Concretamente, en nuestro país se hizo popular como ingrediente de los gintónics.

Peligrosa en grandes dosis

El haba tonka contiene una sustancia llamada cumarina que en grandes dosis puede afectar a la coagulación de la sangre, por lo que se considera peligrosa para la salud y su uso en alimentación está prohibido en algunos países, como los Estados Unidos desde los años 50, y también en España desde el año 2015. Sin embargo, es fácil encontrarla en establecimientos especializados y todavía más, comprarla en línea.

También se ha denunciado que a veces se utiliza, sin especificarlo en la etiqueta, para sustituir a la vainilla, mucho más cara, en dulces, helados, etc.

Usos en la cocina

El haba tonka combina muy bien con el chocolate, y la forma más común de usarla es en infusión o rallada por ejemplo en la nata o cobertura de nuestro postre o pastel, como en alguna receta que explicamos a continuación para ilustrar estos usos.

Puede sustituir perfectamente a la vainilla en las preparaciones más habituales de helados, cremas o galletas, e incluso en recetas saladas como por ejemplo para especiar una crema de zanahoria o calabaza, o un puré de patatas, simplemente mezclando en estos platos un poco de haba tonka rallada.

martes, 9 de junio de 2026

Oda al poloflash, poloflán, flash o como se diga en tu pueblo

(Un artículo de Carlos Doncel en El Comidista de El País publicado el 22 de julio de 2022)

Desde que José Nortes comenzara a comercializarlo en los setenta, este sencillo helado de hielo forma parte de la infancia de muchos españoles. Le rendimos merecido homenaje al polo de los mil nombres.

Si hay algo que nos diferencia a Antonio Machado y a mí es que él recuerda su infancia bajo la sombra de un limonero y yo hartándome de poloflanes. Porque los veranos culinarios de mi niñez son bocados a un hielo de colores, churretones fluorescentes en las camisetas, paletas casi rotas de abrir los plastiquetes. En las eternas tardes que se viven cuando crío siempre estaba ese helado sencillo, barato, con ingredientes en los que aparece la E más que en un libro en francés, para refrescar y pintarme la lengua de su sabor de mentirijilla.

No solo en mis vacaciones escolares tuvo el poloflash un papel especial. Mi amiga y editora jefa comidister Mònica Escudero tiene algunos años más que yo y es de la otra esquina de España, pero también disfrutó en su día de sus golosas y congeladas virtudes: “En los ochenta, esa ambrosía plastificada se parecía bien poco a la de ahora: su característica principal era que podías chupar el sabor y quedaba el hielo -algo que también pasaba con los polos buenos, como el Frigurón-, que tenía textura como de estalactita y se deshacía en capas”. “Los sabores y colores”, rememora Mònica, “iban del verde flúor del lima-limón al marrón cacafuti del de Coca Cola, pasando por el lila de la mora, el amarillo del limón y el rosa de la fresa”.

No quiero caer en la nostalgia solipsista, pero seamos claros: no es lo mismo crecer pidiéndole a tus padres poloflanes que yogures helados con varios toppings. Uno te acostumbra a ver la vida sin esperar sorpresas, a que lo bueno es lo que te gusta aunque sea barato; el otro te incita a pensar que a lo que odias hay que echarle algo para que te convenza -porque solo no te comes ni una cucharada-, tiene ínfulas de gourmet, sus propios locales de venta, su mundo de yupi y sus tonterías. “El Señor dirige en la justicia a los humildes, y les enseña su camino”, se lee en la Biblia. Ahí estaremos, junto a Dios, los que tomamos en su día el sendero llano y modesto: el de los poloflashes.

Al igual que Douglas Engelbart, inventor del ratón del ordenador, o Alfred Fielding y Marc Chavannes, del plástico de burbujas, José Nortes también creó algo revolucionario aunque su nombre no nos suene. Este empresario de origen murciano fundó a principios de los setenta en Lora del Río (Sevilla) la marca Flaggolosina, “pionera en la fabricación y venta de ‘la golosina helado’”, tal y como explica la historiadora gastronómica Ana Vega Biscayenne en este artículo.

Nortes se dedicaba a comercializar pimentón e infusiones, pero quiso Dios que un bendito día se le ocurriera desarrollar estos polos basándose en un invento estadounidense anterior. Aquello fue un auténtico pelotazo, y muchos chiquillos se aficionaron a chupar los hielos de sabores que José fabricaba en el citado pueblo sevillano. Poco después, Emilio Burgueño Martín creó en Talarrubias, en la Siberia extremeña, Burmar Flax, la otra gran marca de poloflanes de la época. Como Flaggolosina, esta empresa pacense fue un éxito, porque la cantidad de críos bajos de azúcar y muertos de calor sería muy grande en aquellos tiempos, imagino.

El ojo a ojo de ver a otros chavales comiéndolo no les pareció suficiente a estos emprendedores, que decidieron publicitarse en televisión. Algún talludito lo sabrá de sobra, pero conviene recordar que los anuncios que lo petaban entonces hoy nos suenan más irritantes que un niño aprendiendo a tocar la flauta dulce. “Ya verás qué bueno, toma Burmar Flax, que sabe de miedo y es fenomenal. Burmar Flax es esto, pruébalo y verás”, se oía en la canción del spot de 1980 mientras en pantalla aparecía un superhéroe con las cejas de Zapatero recogiendo poloflashes con su nave espacial y trayéndolos a la Tierra. De todo esto deducimos que estos helados lo petaron incluso allende la atmósfera -lo que confiere a la figura de José Nortes una dimensión galáctica- y que el letrista de la melodía se parece a Machado incluso más que yo.

El anuncio de finales de los setenta de Flaggolosina también incluía, cómo no, una cancioncilla con la que te entran ganas de pedir una Black and Decker para taladrarte el tímpano. En su caso los niños aparecían dibujados con unas enormes pupilas negras, por lo que no se descarta que además de azúcar llevara otros aditivos. “Flaggolosina, mi rico helado, del congelador, lo saco congelado”, cantaban. Otro poeta.

Partamos de la base de que este helado tiene más nombres que un aristócrata. Dos de ellos, como ocurre con el papel albal, el típex, el betadine o los clínex, provienen de la lexicalización de la marca, esto es, de referirnos a un objeto con el nombre de la empresa que lo fabrica. Así, hay quien los llama flagolosina o flax por las dos compañías que empezaron a comercializarlo en España.

Tal debate hay con la infinidad de denominaciones que adquiere, que hasta la mismísima Real Academia Española de la Lengua publicó un tuit hace más de dos años en el que pedía a los usuarios que comentaran cómo llamaban a este helado. Entre las respuestas, frigolosina, flash, flas, flá, poloflash, poloflán o flan congelado. Y ya en América Latina llega la magia: boli, esquimalito, chupete, congeladas, marciano, chupi-chupi o vikingo. Mis favoritos están entre el minimalista flá y la fantasía chupi-chupi, obviamente.

Debo reconocer que hace unas semanas, cuando el calor empezaba a asomarse, antes incluso de saber que escribiría este artículo, compré en el supermercado una bolsa de poloflashes. Cuando ya estaban congelados, abrí uno esperando reencontrarme conmigo mismo sin necesidad de ir a la India, pero qué va: me supo empalagosísimo, imposible de soportar más de dos bocados. Quizá fuera porque los pillé de marca blanca o porque, como la mayoría, tengo idealizada mi infancia: aquellos veranos en los que mis tardes eran de hielo y limón de mentira.

viernes, 5 de septiembre de 2025

Mentaiko

Mentaiko es el nombre japonés para las huevas de abadejo de Alaska sazonadas y maridadas, especialmente con chile. Es un ingrediente común en la cocina japonesa y coreana, conocido por su sabor salado y ligeramente picante.

Más detalles sobre el mentaiko:

Origen: Se prepara con las huevas de abadejo de Alaska, un tipo de bacalao.

Preparación: Las huevas se salan y luego se marinan, a menudo con chile y otros condimentos para darles su sabor característico. 

Sabor: El mentaiko tiene un sabor salado y ligeramente picante, con toques de umami de las huevas de pescado. 

Usos en la cocina: Se utiliza en una variedad de platos japoneses, como pasta, arroz, onigiri (bolas de arroz) y otros. 

Variaciones: Existe una versión picante, llamada "karashi mentaiko", que se sazona con chile rojo y otros ingredientes. 

Nombre alternativo: En algunas regiones de Japón, se le llama "tarako".

martes, 12 de agosto de 2025

Zostera, el cereal de Neptuno

(Un texto de Benjamín Lana en el XLSemanal del 10 de enero de 2021)

Por primera vez en el mundo, el equipo del chef Ángel León ha conseguido cultivar una planta marina con granos similares a los cereales terrestres y con mayor potencial nutritivo que muchos de ellos. Un hallazgo que puede cambiar la historia de la alimentación humana. Él mismo nos lo cuenta.

La historia y el progreso del ser humano han ido íntimamente ligados al conocimiento y dominio de la naturaleza. Recién acabamos de concienciarnos de que, si seguimos así, pronto llegaremos a lo que durante la guerra fría se llamó ‘la destrucción mutua asegurada’, porque no tenemos otro planeta en el que vivir. Nuestra especie ha demostrado que es capaz de aniquilar la vida a escala global, lo que no quiere decir que pueda controlarla o manejarla siempre a su conveniencia. Periódicamente, la naturaleza nos da una cura de humildad con virus mortíferos, como el de la COVID que ahora nos ataca, o desata terribles desastres ambientales. En otras ocasiones, sin embargo, como si no nos guardase rencor alguno, nos ofrece seres vivos o productos desconocidos que pueden cambiar nuestra forma de vivir.

Algo así está ocurriendo en las marismas salineras de la Bahía de Cádiz. El equipo de investigación científica del restaurante Aponiente y la Universidad de Cádiz han sido capaces de cultivar –por primera vez en el mundo, según ha certificado la FAO (la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura)– una planta marina superior, no un alga, que produce granos similares a los de los cereales terrestres con un potencial nutritivo superior a muchos de ellos. Y lo han hecho de manera controlada hasta cerrar el ciclo biológico de ese vegetal.

La zostera marina es una especie que se extiende formando praderas en estuarios, marismas y fondos de los mares del hemisferio norte –en el caso de la Península Ibérica, en las costas del Cantábrico y el océano Atlántico– y pertenece a la familia de las fanerógamas; es decir, que tiene flores y semillas, como las más evolucionadas que pueblan la tierra. De hecho, es una planta que un día evolucionó en suelo seco y en algún momento regresó al mar, en un poético paralelismo con la vida de Ángel León, el cocinero cuya manera de mirar el océano ha permitido el avance científico que ahora se presenta y que ha despertado la sorpresa y la ilusión de los biólogos marinos y de las instituciones que han ido certificando la relevancia de lo conseguido.

La zostera es una especie bien conocida y estudiada por los científicos desde hace siglos, pero ninguno de ellos había reparado en que sus granos cilíndricos podían recolectarse y servir de alimento como los de otras gramíneas tan importantes para el hombre como el trigo, el maíz, la cebada, el arroz o el centeno. La pasión del Chef del Mar y de su equipo de biólogos y cocineros los llevó a intentar lo que parecía imposible: domesticar una planta salvaje marina que produce un superalimento en cantidades por hectárea que pueden hacer rentable su cultivo.

En la situación actual de crecimiento exponencial de la población humana del planeta y de escasez
de nuevas tierras cultivables, la opción de producir nuevos alimentos en el mar, más allá de algas, parece realmente revolucionaria. El arroz es el cereal más importante para nuestra especie, pero su cultivo demanda ingentes cantidades de agua dulce, otro de los recursos naturales más escasos. «¿Se imaginan la posibilidad de producir grandes cantidades de cereal en cualquier lugar con costa y sin demandar ni una gota de agua dulce ni fertilizantes?». Los ojos de Ángel León nadan de emoción cuando plantea esta cuestión y ofrece los detalles del hallazgo que tienen entre manos, sin duda de una trascendencia infinitamente superior a cualquiera de los otros que ha presentado a la comunidad gastronómica en todos estos años de investigación y pasión marina. León explica, con su habitual capacidad de relatar lo complejo de modo sencillo, que las praderas de zostera no solo producen alimentos para los humanos, sino que generan hábitats de un alto valor ecológico, paisajístico, medioambiental y hasta social.

Y no solo lo afirma él. Carlos Duarte, uno de los biólogos marinos más reputados del mundo, ganador del equivalente al Nobel de Ecología y uno de los más citados en su campo en revistas científicas, ratifica el valor de lo conseguido: «Lo importante de su trabajo con la zostera es que han logrado hacer agricultura marina con plantas superiores, algo que nunca antes se había conseguido. En términos alimentarios, además, se debe considerar que no solo se está produciendo grano, sino que la creación de las nuevas praderas permitirá que muchas especies animales se recuperen al conseguir de nuevo refugio para sus alevines y que, por tanto, sean más abundantes». En términos ecológicos, «las nuevas plantaciones ayudarán también a mitigar el cambio climático y a proteger la línea de costa». La propia FAO, en una carta remitida al cocinero gaditano el pasado año, asegura que el cultivo de la zostera «tendría un interés adicional en relación con el cambio climático por su capacidad de absorber y retener en el sedimento una gran cantidad de carbono. Llegado el momento, podríamos promover la plantación de este tipo de cosechas y su consumo como una estrategia para responder a los retos combinados del cambio climático y la seguridad alimentaria». Casi nada.

La zostera es una planta perenne con hojas en forma de cinta que no ha de plantarse más de una vez, lo cual facilita su desarrollo y el crecimiento de las extensiones en las que se asienta. Asimismo, tiene una capacidad alta de reproducción, puesto que lo hace a través de la repetición de una misma unidad. Cada año, por una suerte de clonación, se obtienen cinco ejemplares nuevos de cada uno ya plantado. El trabajo de domesticación de la planta en el estero, donde crece y produce semillas más rápido que en el mar, en ciclos de unos nueve o diez meses, ha supuesto un largo estudio científico aún en marcha y el desarrollo de una técnica propia de sembrado. Para ello, León y su equipo utilizan unas esterillas vegetales y metálicas en las que se distribuyen las semillas en seco para posteriormente cubrirlas de agua.

Tras el éxito reproductivo del primer año, en este segundo de trabajo han debido modificar el sistema de aporte de agua para garantizar la salud de las plantas. La zostera exige condiciones de corriente de agua similares a las que se producen con las subidas y bajadas de las mareas, mucho más fuertes, por tanto, que las que se dan en las marismas, situación que han conseguido recrear con la instalación de bombas de agua que funcionan con energía solar. Entre septiembre y octubre de 2021, momento en el que las espigas alcanzarán el punto óptimo de maduración, esperan recolectar el grano de cinco hectáreas –perdieron dos por el problema con el agua– en cantidades que rondarán los 4500 kilos por cada una, según los cálculos más conservadores. El futuro crece bajo las aguas.

Al regreso de una de sus jornadas de exploración, los buceadores de Aponiente le contaron al chef que habían encontrado una espiga con semillas en una planta que parecía una posidonia. León enseguida pensó en la posibilidad de cocinar aquellos granos, algo que a casi nadie se le había ocurrido antes. De hecho, como él relata, «los biólogos se quedaron bizcos porque no se les había ocurrido que se pudieran comer». No obstante, él no fue el primer humano en pensarlo. Los indios seris de Sonora, en el Pacífico mexicano, llevan miles de años recolectando y secando el xnoois o trigo marino (la zostera marina) que crece en un lugar que llaman ‘el canal del Infiernillo’. Después de secarlo, lo tuestan y lo muelen como harina para hacer panes y atoles. En su idioma, el mes de abril se llama xnoois ihaat iizax, que quiere decir ‘luna cuando madura la semilla del trigo marino’. La relación que los granos de zostera mantienen con Ángel León es igual de cósmica. Nunca antes, según explica, había sentido algo tan paternal con un nuevo producto de los que saca del mar. Tanto es así que, más allá de los primeros intentos tras confirmar el laboratorio que no solo era comestible, sino de gran valor nutritivo y gastronómico, no experimentó a fondo con las semillas en su cocina. «La verdad es que me daba tanto respeto, quería cuidarlo tanto, que me olvidé de cocinarlo a fondo», afirma.

El futuro de Aponiente

Las expectativas que se abren tras el éxito del proyecto de la zostera marina son enormes, muy por encima de la capacidad que el pequeño departamento de I+D de un restaurante puede atender. En este rincón especializado en convertir en realidad el sueño más inalcanzable, el siguiente objetivo es consolidar al equipo y crear un centro de investigación científica especializado en vegetales marinos que llegue a ser el mejor en su campo. Por el momento, León ya ha conseguido el apoyo del Banco Santander para crear ese centro y poder seguir empujando desde él la extensión de las praderas de zostera por el mundo. Este año pasará a llamarse Centro Aponiente-Santander de Investigaciones Marinas. A la vista de la relevancia de este proyecto, la pregunta que se abre, realmente, es ¿quién es Ángel León? O, mejor aún: ¿quién va a ser en el futuro? Por el momento, el hombre de la cabeza incansable, que vivía a velocidades supersónicas, dice: «De la naturaleza he aprendido que debo tener paciencia».

Han pasado cinco años desde que el molino de mareas de El Puerto de Santa María se convirtiera en Aponiente. Cuando soñó el proyecto, Ángel pensaba tanto en aquel edificio del siglo XVII abandonado como en las marismas que lo circundan, un auténtico vertedero de basura antes de que abriera el restaurante y que este año se convertirá en una marisma llena de vida con un cubo de cristal en su corazón. Aponiente no solo relatará su visión del mar, sino que se ubicará físicamente dentro de él. Lo que su inspirador llama ‘la continuación del sueño de Aponiente’. «No quiero hablar ya más sobre el mar: quiero estar en el mar, porque es el lugar donde mejor me siento. Así que vamos a llevar a los comensales al mar y nos lo vamos a comer», anuncia.

A diferencia de lo que ha ocurrido con las personas, a la marisma le ha sentado bien el 2020 y está especialmente salvaje y frondosa. Al gaditano le brillan los ojos cuando desde la terraza del molino ubica con su dedo índice el lugar que ocupará la casa salinera que va a recuperar, el secadero de pescados y, más allá, en mitad del área inundable, donde se levantará, como si fuera un palafito de cristal, un gran cubo con diferentes dependencias unido al actual Aponiente, un espacio singular en medio de la lámina de agua en la que comenzará la experiencia gastronómica de Aponiente. En un doble salto mortal culinario y medioambiental, su objetivo es que al menos ocho especies vivas que se crían en la propia marisma se extraigan del agua y se sirvan inmediatamente a los comensales. Si la pandemia lo permite, quizá los últimos clientes de la temporada 2021 puedan vivir la experiencia del nuevo Aponiente, más directo, más vivo, sin las limitaciones que su actual refinamiento ha estado imponiendo. Y así termina –o empieza– una historia de la convivencia del hombre con el mar, en la que el ser humano ayuda a la naturaleza, a diferencia de lo que ha venido ocurriendo tantísimas veces. De un trozo de tierra baldía a la marisma viva.

Crocante y yodado

En uno de nuestros encuentros, Ángel cocinó para mí una pequeña cantidad de grano de zostera. Resulta difícil abstraerse y que el paladar no se deje influenciar por todo lo que supone de novedoso y revolucionario el misterioso ingrediente. Sea como fuera, la textura crocante, al dente, del grano, su sabor largo y yodado, con un punto levemente salino, me pareció sorprendente, me hacía recordar mucho más a una quinoa que al arroz o al trigo, por un lado, y las reminiscencias del mar estaban muy presentes en el gusto, pero de modo mucho más sutil que las de cualquier pescado o marisco. El privilegio de ser uno de los primeros europeos en degustarlo no se me olvidará pronto.

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Ángel León, en la marisma gaditana, y su equipo han logrado domesticar una planta salvaje marina que produce un ‘superalimento’ en cantidades por hectárea que hacen rentable su cultivo. Los estudios han demostrado que las semillas de zostera marina son similares e incluso mejores que las de los cereales terrestres. Su contenido medio de hidratos de carbono es cercano al 82 por ciento (de los cuales más de la mitad es almidón). Contienen, además, un 13 por ciento de proteínas y menos de un 2 de grasas. El resto son fibras y minerales. También poseen altas concentraciones de vitaminas del grupo B y ácidos grasos esenciales como omegas-3 y 6.

viernes, 1 de agosto de 2025

Cómo sacar partido al insípido tofu

(Un texto de Alejandro Toquero en el Heraldo de Aragón del 18 de abril de 2020)

El tofu es uno de los productos más recurrentes de la cocina vegetariana y vegana. Lo sabe bien Javier Garcinuño, de la tienda zaragozana Ohrigen, que lo ofrece desde hace años en distintos formatos. Javier considera que su consumo está bastante generalizado pero que a la hora de cocinarlo se le podría sacar más partido.

El tofu parece queso, pero no lo es. Su textura es firme, como la de un requesón, pero se obtiene a partir de la soja. «Tiene un alto contenido en proteína y dado que la soja contiene los diez aminoácidos esenciales, la proteína se asimila mejor por el organismo, lo que lo convierte en un alimento completo», comenta. Por ello, se utiliza como sustituto de la carne.

El muestrario al que puede acceder el consumidor es amplio. Garciñuno enumera el tofu blando, duro, extra duro, ahumado, deshidratado... Eso sí, es bastante insípido, pero una vez escurrido absorbe los sabores de cualquier marinado o salsa donde se cocine.

Sheila Latorre, cocinera del restaurante vegano La Piparra, en la capital aragonesa, conoce bien sus usos culinarios y en estas líneas a mostrar qué se puede hacer con él. Por ejemplo, antes de cocinarlo, recomienda quitar el exceso de agua. «Se consigue envolviéndolo en papel de cocina y poniendo peso encima», comenta.

A partir de allí, se corta en tiras o cubos, se fríe en una sartén con un poco de aceite para dorarlo «y se marina con la salsa que hayamos elegido». Un ejemplo es el tofu en escabeche, un clásico de Piparra: «Preparamos el escabeche con las verduras siguiendo la receta tradicional y añadimos el tofu frito en tiras. Lo cocinamos 20 minutos y listo».

También puede rebozarse harina de maíz o arroz, friéndolo en abundante aceite para que quede una corteza (tofu a la sartén) y acompañarlo con verduras salteadas y noodles o arroz. Una alternativa interesante es emplearlo como sustituto del huevo en pastelería (un cuarto de taza de tofu blando por huevo) e incluso hacer revuelto de tofu.

Sheila La torre ofrece el paso a paso de estas dos preparaciones y de uno de los platos más populares de La Piparra, el tofu General Tso.

Para el revuelto utiliza estos ingredientes: un paquete de tofu pequeño, un cuarto de cucharadita de sal y de cúrcuma, y un octavo de cucharadita de pimienta negra. En primer lugar, quitar el exceso de agua, desmenuzar en un bol y añadir las especias. Mezclar bien y cocinar a fuego medio con un poco de aceite removiendo 10 minutos o hasta que se pierda el exceso de agua. Servir en tostada, acompañado de verduras, aguacate y tomatitos a la plancha.

Para el bizcocho de limón: 170 gramos de tofu blando, un cuarto de taza de aceite de girasol, una taza de leche de soja, 170 gramos de azúcar, ralladura de un limón, una cucharada de zumo de limón, un poco de vainilla, 260 gramos de harina, media cucharadita de sal, media de bicarbonato y dos de levadura. En un cuenco, batir el tofu con el aceite, leche de soja, azúcar, ralladura de limón, zumo y vainilla hasta que quede homogéneo. Por otro lado, mezclar la harina con la sal, levadura y bicarbonato, añadir a la mezcla de tofu e integrar. Preparar un molde de bizcocho untándolo con margarina y calentar el horno a 180 grados. Cocinar 45 minutos. Decorar con azúcar glass una vez frío.

TOFU GENERAL TSO.

Para el tofu general Tso se necesitan los siguientes ingredientes: un paquete grande de tofu duro (450 gramos), un cuarto de taza de maicena, tres cucharadas grandes de aceite, dos dientes de ajo picados, una cucharada de jengibre picado, dos cucharadas grandes de sirope de agave (se puede sustituir por azúcar moreno) y otras dos de salsa de soja y tomate triturado, una cucharada pequeña de siracha, tres ajos tiernos cortados finos, tres cuartos de taza de caldo de verduras y aceite de oliva virgen extra.

Para la elaboración hay que escurrir el tofu, cortarlo en cubos y rebozarlos en la maicena. Calentar el aceite y cocinarlo hasta que se dore. Añadir el ajo, jengibre, sirope de agave, salsa de soja, tomate, siracha, ajos tiernos y caldo de verduras. Mezclar bien y cocinar hasta que espese la salsa. Si espesa demasiado, añadir más agua. Servir con unas semillas de sésamo por encima y acompañar de verduras y arroz frito o noodles.

[…] En casi todos los casos se escurre bien y se corta en forma de cubo.

viernes, 18 de julio de 2025

Zumaque: de curtidos y cocina

(Un texto de Francisco Abad Alegría en el Heraldo de Aragón del 1 de febrero de 2020)

Recuerdo los arbolillos de ramas retorcidas que alegraban el talud circular que rodeaba la Facultad de Medicina y Ciencias de mi querida Universidad de Navarra, ya hace casi medio siglo. Eran zumaques.

En la España clásica, el zumaque era de uso casi exclusivo como curtiente: era el agente curtidor más empleado por los zurradores, trabajadores de las tenerías en que se elaboraban cueros resistentes, finos y delicadas badanas, aunque su prensado y dilución en agua daba un olor tan desagradable que ya Cobarrubias (1611) afirma que «es como el de sentina de barco», originando ordenanzas de aislamiento muy estrictas. La plaza de Tenerías de Zaragoza se encuentra al lado del río y en el vértice virtual de la antigua judería cesaraugustana, donde laboraban numerosos zapateros y guarnicioneros. Me llamó la atención encontrar en la monumental ‘Historia de la economía política de Aragón’ (Asso, 1798), referencias al zumaque, lo que me hizo reflexionar sobre la secular y aún viva zona zapatera de la comarca del Aranda (Brea, Illueca). En Teruel, declinó el gremio de zurradores de tenería, de modo que hubo que importar cueros de Cataluña y al tiempo aumentó el mercado de los cordobanes de cabra de Priego de Córdoba.

La introducción del cultivo del zumaque en la España invadida se rastrea ya en el ‘Calendario de Córdoba’, del siglo X, aunque ya se daba una subespecie espontánea en nuestras tierras, como en Asia Menor y Sicilia; su cultivo como agente de curtiembre se extendió muy pronto por la Península, especialmente por terrenos de Guadalajara, Cuenca y zonas de Andalucía, y llegó a tributar como el vino y el aceite desde el siglo XV hasta finales del XVIII. Su empleo no se limitaba a las tenerías, sino que incluso se ampliaba a la tinción de tejidos, la cosmética (especialmente del cabello), la medicina y, según recientes estudios, el perfeccionamiento de algunos vinos (Jumilla) como ha sido estudiado por la doctora Zalacaín (tesis doctoral dirigida por los catedráticos y amigos Dr. Gonzalo Alonso y Dra. Rosario Salinas, en 2001). La progresiva irrupción de las tóxicas pero más baratas sales de cromo en la curtiduría ha hecho desaparecer prácticamente el cultivo de esta planta, ya marginalmente ornamental.

MEDICINA Y COLOR. Ampliando algo de lo que cita la doctora Zalacaín, se puede decir que el zumaque tenía restringido empleo en medicina, por su toxicidad, que no permitía descuidos o excesos en su dosificación. Se utilizaba como astringente en diarreas graves, infecciones rebeldes de la piel, heridas con sangrado persistente y como antidiabético, por su demostrado efecto hipoglucemiante.

La capacidad colorante de los frutos y vainas frutales del zumaque se ha empleado desde viejos tiempos con dos fines: colorear el atuendo humano y simular cromáticamente el imposible retorno juvenil. En el primer caso, es bien conocido el término de ‘cordobán’, que remite a la confección en regiones cordobesas de una forma de curtido de pieles finas de cabra tratadas con una mezcla de taninos de hojas de zumaque y de extractos tintóreos de sus capítulos florales, obteniendo un color rojizo elegante y llamativo, muy imperfectamente imitado en las pieles curtidas magrebíes teñidas con cártamo. Algunos tejidos admitían la roja tinción de los capítulos florales, tanto algodón como lana o seda, en asociación con sal y alumbre. Por fin, el extracto en caliente de los frutos del zumaque servía para ennegrecer (no enrojecer) los cabellos que ya blanqueaban, en un baño complejo de sulfato de cobre y alumbre, como atestiguan documentos cedidos por Hernando Colón, hijo del descubridor.

ZUMAQUE EN LA COCINA. Salvo en zonas de Oriente Medio, donde se emplea como mero complemento de segundo orden, con alguna excepción, el zumaque viaja desde allí, de forma casi anecdótica, a la Grecia y Roma clásicas. En el área mesopotámica se empleaban los frutos maduros, secos y pulverizados, para colorear y saborizar kebabs y platos de cereales ya hace unos 35 siglos y se generalizó, siempre como especia no dominante, en las zonas de Siria, Líbano, Iraq y Turquía con la misma forma de utilización hasta nuestros días. Difundió desde allá muy discretamente a la Grecia antigua e incluso quedó de modo casi testimonial en la Roma imperial.

Cuando llegó a la España ya invadida, lo hizo mucho más como agente de curtición que como especia; ni Ruperto de Nola (siglo XVI), ni Martínez Montiño (siglo XVII), ni Juan de la Mata (siglo XVIII) ni confiteros aragoneses del siglo XIX mencionan el empleo de zumaque en sus preparaciones.

Se dice que en la Grecia clásica los frutos inmaduros se encurtían como las alcaparras, pero no he logrado confirmar el dato ni en Ateneo. Sin embargo, en textos griegos del siglo IV a.C., como los de los comediógrafos Alexis y Antífanes, el zumaque se cita entre una veintena de especias importantes para la cocina, sin especificar su empleo.

Tampoco he encontrado en Apicio (siglo I) datos de frutos de zumaque encurtidos como alcaparras, que tampoco he conseguido hallar. Sí he encontrado dos únicas salsas para pescados que contienen zumaque, utilizadas para la morena y la anguila (libro X, apartado II) entre las 438 recetas totales del ‘De re coquinaria’, que en realidad son idénticas; está clara la irrelevancia de la especia en la cocina clásica romana. En la España musulmana ocurre lo propio, de modo que el zumaque es un complemento de segunda división. Por ejemplo, el murciano Ibn Razin allfugibi menciona de pasada un par de veces el zumaque, junto con el cardamomo, ajedrea, galanga y laurel.

Pero dos confecciones con zumaque perviven con fuerza en la tradición mediooriental y se van introduciendo paulatinamente en las cocinas exóticas que van permeando nuestro panorama gastronómico: el ‘zaatar’ y la ‘summaqiyya’ palestina, que culturalmente son próximas a nuestros gustos.

El ‘zaatar’ se cita en escasos textos sueltos andalusíes induciendo a confusión, puesto que su base es el empleo de aromáticas labiadas como el orégano o a la ajedrea, mas la fórmula actual siria se basa en el tomillo. A veces la preparo para sazonar algunos kebabs o espolvorear tortas de pan ácimo hechas al horno, con las que acompañar un ternasco aragonés asado. Se tuesta ligeramente una parte de semillas de sésamo, añadiendo otro tanto de zumaque en polvo y tras unos segundos de calor, se incorporan tres partes de tomillo seco, se deja todo a calor suave unos segundos, se enfría y luego se muele con mortero o con un molinillo antiguo de café destinado a las especias. Debe predominar el aroma del tomillo y el color y leve acidez del zumaque matizará el conjunto.

UNA SALSA. Otra fórmula en la que el zumaque tiene relieve, aunque no protagonismo, es la ‘summaqiyya’ palestina, que se sigue confeccionando también en Siria, Líbano y Egipto. Su traducción sería ‘enzumacado’ y alude a la salsa que impregna el guiso final: un finísimo desmigado de pan leudo humedecido teñido con generosa cantidad de polvo de semillas de zumaque, que se deja reposar. Previamente, se hará un estofado de carne de cordero un poco grasa, por ejemplo tajo bajo, previamente dorado y cocido con abundantes puerros picados, sal, avellanas molidas y, finalmente, tiras de berenjena frita, de modo que quede el conjunto poco caldoso; de esta forma admitirá el salseado denso del pan con zumaque. Está cercano al ‘tharid’, antecedente de las migas.

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