martes, 28 de abril de 2026

Cocina andalusí para nuestro tiempo (II): las bases

(Un reportaje de Francisco Abad Alegría en el Heraldo de Aragón del 2 de febrero de 2019)

Insisten las fuentes andalusíes, de neta órbita médica galenista, en las cualidades frío-calor y sequedad-humedad de los alimentos, derivados de la experiencia dietético-médica y no pocas veces de la deducción observacional de las características físicas organolépticas. Así, las carnes son calientes y húmedas en diverso grado, la pimienta, seca y muy caliente, la calabaza, fría y húmeda, la sepia, húmeda y muy fría, etcétera. Todo esto tiene interés a la hora de planificar los platos, que deben ser nutritivos y apetitosos, aunque a veces no se ajusten a lo óptimo para la salud, según la medicina de la época. Por eso el especiado, que ahora nos parece solo aroma o color, es prácticamente una exigencia de las comidas más civilizadas. «En las especias está la salud y el aprovechamiento de la comida», dice Avenzoar, porque cantidades modestas de determinadas especias son capaces de corregir (enderezar, de ahí 'aderezar') el plato completo, haciéndolo sano al tiempo que apetitoso. Convengamos, por tanto, en que el especiado no es un capricho ni una adición lujosa en las comidas andalusíes, sino un requerimiento para que los alimentos beneficien la salud; por eso prescindir de él es falsear las recetas originales, quitarles su espíritu, inventar.

La pericia culinaria permite asociar aromas diversos, pero tal procedimiento está condicionado por una profunda sabiduría del cocinero, que sólo tras largos años de práctica y estudio se transmitirá a un reducido discipulado. Por eso, muy pronto se establecieron mezclas fijas de especias, cuyas derivaciones vemos luego ampliadas, reflejadas en las cocinas clásicas medievales y renacentistas de toda Europa; el 'ras el hanout' magrebí es un resto de tales mezclas. Otras especias complejas o simples tenían un papel preponderante. Así el 'almorí' (murri), una especie de garum romano a base de cereales en lugar de entrañas de caballa. El azúcar, que estrictamente no es una especia, pero como tal se emplea en gran cantidad de recetas y que llega a la Península a través de los invasores hacia el siglo IX. La canela es una especia ya mencionada hace 35 siglos en las tabletas mesopotámicas de la universidad de Yale; de aroma sutil y satisfactorio, se presta a la incorporación a numerosos preparados.

El azafrán es la especia genuinamente europea en sentido amplio, cuyos orígenes se detectan ya en la cultura micénica, hace más de 40 siglos, en la Grecia insular y Asia Menor. La cocina andalusí usa y abusa de esta especia, por su aroma y capacidad colorante.

Gran cantidad de vinagre se emplea en recetas andalusíes, pasando a las cocinas renacentistas europeas, sus herederas en parte. Ahora nos resulta casi incomprensible que platos de carne, de pescado, de volatería, de caza, tortas, guisados complejos, se aderecen con vinagre e incluso se anote en la receta con frecuencia la expresión «que sepa bien a vinagre».

Los cereales reducidos a harina se entienden perfectamente en la actualidad, aunque los procedimientos de molturación antiguos eran muy imperfectos. Las harinas eran bastas y en el cernido quedaban partes sustanciales de salvado o los granos resultantes eran gruesos, de modo que existían diversos tipos de harina: la integral, que contenía todo el salvado, el llamado acemite, de grano algo más fino que la sémola, de grano relativamente grueso, y la flor de harina, de grano impalpable, como la actual harina fina.

Aunque se sometían a molienda casi todos los cereales, el trigo era considerado por los antiguos dietistas como el mejor de los cereales «porque genera una sangre equilibrada y excelente, superior a la producida por los demás cereales», dice Al-Arbulí.

Los antiguos inventaron algunos procedimientos para aprovechar los cereales al molerlos o simplemente romperlos. El 'bulgur' es un quebrado de tamaño intermedio de grano de trigo humedecido y a punto de germinación, luego desecado y molido someramente. En la misma línea estaría la 'adárgama', mencionada profusamente en los textos andalusíes y que consiste en trigo mojado, quebrado, desecado y luego desprovisto del salvado, que se acaba de moler para dar una sémola relativamente fina. En la práctica, cuando nos refiramos a harina emplearemos harina convencional.

Respecto al pan, dice Avenzoar: «El mejor pan es el de trigo, fermentado y cocido en el atanor y, tras él, el que se cuece en el horno. El de más calidad es el que se amasa con mucha agua y, al cocerlo, se asemeja a las esponjas marinas, por lo ojos que presenta». Se afirma con frecuencia que el pan tradicional de los pueblos musulmanes es el ácimo, pero el más apreciado y producido, aunque sea en forma de torta, es el fermentado. AlArbulí dice que «el pan fermentado es el mejor, si se amasa con sal y agua adecuadamente proporcionadas se cuece bien en fuego moderado en el tannur o el horno, habiendo escogido una harina de trigo de fina contextura y pesada, sin quitarle excesivamente el cascabillo». El pan ácimo es mucho menos apreciado en la cocina andalusí, salvo para la preparación de alcorzas que se van a triturar como prerrequisito para algunas preparaciones (que sobreviven en los gazpachos extremeños, por ejemplo).

ACEITE Y QUESO. El aceite por antonomasia en la tradición andalusí es el de oliva (aceituna, 'azzaitun'). Dice Avenzoar que «de los aceites el mejor es el de oliva, extraído de las aceitunas maduras sin ningún añadido de sal ni de otros elementos». El aceite virgen de presión en frío es producto de la cuenca mediterránea y tan apreciado por los musulmanes de nueva y vieja raíz como por los romanos, que de él hicieron casi culto.

El queso se emplea en muchas recetas andalusíes. Pero hay que tener en cuenta que el más utilizado es el fresco o semicurado; incluso en algunas recetas queda claro que lo que se denomina queso es una cuajada reciente, desuerada parcialmente a través de un tejido tipo estameña. Está claro que los andalusíes no disfrutaron, por motivos dietéticos, de los maravillosos quesos manchegos o roncaleses bien curados, con su punto de picor y aroma complejo. Al emplear queso fresco se advierte (alArbuli) que la corrección de su humedad y frialdad se corrige con compota de miel y pasas.

PROCEDIMIENTOS CULINARIOS. Explican los autores andalusíes que los mejores recipientes para cocinar son los de oro y plata, pero «el Libro» los prohíbe, por lo que hay que contentarse con los que produce el trabajo del alfarero a partir de arcilla: «Las vasijas de cerámica vidriada y de barro cocido son las mejores en que se puede cocinar, pero en los recipientes de barro cocido no debe guisarse más de una sola vez. En cuanto a los recipientes de cerámica vidriada, no debe cocinarse en ellos más de cinco veces» (Al-Arbuli). Estas afirmaciones no son arbitrarias: los recipientes de barro cocido sin vidriar, de paredes similares a un botijo actual, trasudan parte del líquido que contienen y al tiempo de él se impregnan, con lo que fijan sabores de la cocción que pueden estropear otros guisos posteriores. Por lo que se refiere a los recipientes vidriados para cocinar, es sensato limitar su empleo a unas cuantas cocciones. Antiguamente, para vidriar al fuego las vasijas, se empleaba el 'alcohol de alfarero', una papilla de galena molida y agua. Como uno de los componentes de la galena, además de la plata, es el plomo y, según las variedades, el estafio, el empleo prolongado de recipientes así vidriados con este mineral produce una intoxicación crónica acumulativa de metales pesados (saturnismo).

Los autores andalusíes admiten el cobre en los recipientes para cocinar a condición de que este adecuadamente estañado, para evitar la mortal intoxicación por cardenillo (acetato y óxido de cobre), aunque es posible emplear recipientes de cobre puro siempre que estén rigurosamente limpios y se empleen exclusivamente para la confección de dulces, que no contienen ácido acético ni agua. También dicen que el empleo de vasijas culinarias de hierro fundido es aceptable.

Los productos semisólidos, especialmente masas cereales, se cuecen en recipientes que no tienen limitada su cavidad por paredes de contención. El más popular y mencionado en las recetas andalusíes es el atanor o 'tannur': una gran vasija cerámica similar a una amplia tinaja. En su fondo se dispone combustible vegetal; que arde calentando fuertemente las paredes del recipiente; si se ocluye la boca del atanor cuando el fuego ha calentado el artilugio, pueden obtenerse temperaturas de hasta 500 ºC. Con el atanor se puede cocinar pan, moldeado en forma de planchas adheridas a las paredes altas de la vasija por estampado por presión sirviéndose de una almohadilla de tela. El pan cuece rápidamente, produciéndose una torta de masa fermentada con hermosas burbujas irregulares. Otra forma de cocinar en el atanor es el depósito de largas brochetas metálicas con carne ensartada en ellas.

Cuando no se dispone de atanor o las piezas por asar son voluminosas y pesadas, se puede emplear el horno, que no son los grandes hornos de obra propios de las panaderías tradicionales, sino que pueden ser pequeños homos portátiles de cerámica, similares al clíbano romano; en este caso, la vasija es una especie de plato grueso y amplio, que puede asentar sobre un lecho de brasa o un anafre también portátil, calentándose, provisto de una cobertera a modo de bóveda, que tiene rebordes en la parte superior, de modo que se contengan las brasas que se depositan sobre ella, para cocer así «entre dos fuegos». El horno de obra, abovedado, en cuyo interior se hace fuego para calentarlo fuertemente, cediendo después tal calor para asar, es menos empleado y esa tradición ha llegado en ámbitos rurales de nuestras tierras hasta el mismo siglo XX, de modo que la mayoría de las casas no disponían de horno propio, sino que había uno comunal donde se cocía el pan de la semana, algunos dulces y tortas y, cuando repicaban fuerte, el cochinillo o el cordero pascual.

PLANCHAS Y ASADOS. El empleo de planchas de material cerámico, o a veces metálico, sigue vigente aún en ámbitos tan lejanos como zonas rurales de Hispanoamérica, denominándose allí 'comal'. Una plancha de barro cocido y bruñido con piedra, de unos 50 centímetros de diámetro y un espesor de entre 5 y 6 centímetros, se calienta sobre brasas y sirve para hacer sobre ella panes (tipo 'pitta') y, especialmente, alcorzas de pan ácimo. Una forma especial de plancha, de reducidas dimensiones, es la cazuela con huecos a punta de dedo para hacer 'qata'if, que equivaldría a un intermedio entre los gofres y las crepes.

Resta decir que el asado al espetón o sobre parrillas también se da en la cocina que estamos considerando, aunque se limita a piezas grandes o a la preparación parcial de algunos platos en los que al somero asado sigue la fritura o la cocción tras despiece.

viernes, 24 de abril de 2026

Cocina andalusí para nuestro tiempo (I)

(Un reportaje de Francisco Abad Alegría en el Heraldo de Aragón del 26 de enero de 2019)

Ya hace tiempo que los moros ('mauri', en la terminología clásica 'de Mauritania Tingitania', en absoluto despectiva) se metieron por aquí y no como súbditos más o menos infiltrados o asimilados, sino como amos y señores. Desde el año 711 hasta 1492, el Islam se adueñó de la Hispania estructurada por Roma y consolidada por los visigodos, dejando profunda huella en todos los ámbitos de la vida, de los que la cocina es un elemento en la trinidad cultural: lengua, cocina y arte. Las guerras que agrupamos en la práctica en el concepto de Reconquista fueron el elemento dialéctico que acabó de conformarnos como un ente nacional, polimorfo y cronológicamente deslizante a lo largo de casi ocho siglos. El dominio musulmán, con avances y retrocesos e intrainvasiones de peculiares rasgos ideológicos y políticos, fue importante y determinante en la historia que nos conforma y, por tanto, también en la vertiente culinaria que aquí nos ocupa. Desde hoy, hablaremos de una cocina que la historia ha hecho nuestra: la andalusí. Sin olvidar que buena parte de sus presuntos exotismos no son otra cosa que la adaptación de cocinas clásicas greco romanas, que ya habían influido en la cultura general y culinaria de la Hispania preislámica.

CRITERIOS. No vamos a repetir eruditas exposiciones de los científicos sobre la cocina andalusí, plagiando saberes ajenos; solo se hará una incursión en los aspectos fundamentales de esa cocina y también una exposición detallada de algunos pocos de sus principales platos para entender mejor su significado y poderlos confeccionar en la actualidad. La selección de recetas es estrictamente personal, aunque sin arbitrariedad y buscando una razonable objetividad y, al tiempo, motivar al amable lector para que ame y descubra una parte de nuestra importante cultura culinaria, hasta ahora recluida en los escasos textos especializados que manejan los sabios y muy a menudo ya completamente asimilada o subsumida en la cocina clásica española, con desconocimiento de su origen hispanoárabe.

Los criterios generales de preparación, especiado, determinados componentes y modos de cocinado, también tienen gran interés a la hora de entender esta nuestra pretérita cocina, y por eso se detallarán, en la segunda entrega, como introducción al estricto recetario. Por otra parte, tiene que quedar claro que se ha prescindido de algunas recetas o formas generales de confección, totalmente ajenas a nuestros gustos actuales o de imposible preparación con los medios culinarios convencionales, como los encostrados de carne o pescados, el dulce espeso almohade, la 'isfiriya del zoco', el cordero entero relleno o el 'rasmaymún' cocido en olla de barro que se quiebra para sacar el jugoso 'balón' comestible.

Tampoco reincidiré en materias que el amable lector encontrará fácilmente en las páginas de este periódico y alguna fuente muy accesible, para no hacer interminable el serial, y que son las siguientes:

Alcuzcuz (cuscus), en la página 8 de 'Con Mucho Gusto' del3 de enero de 2015, y 'Cuscus' (Certeza, Zaragoza,2000 ).

Escabeches (muhallal, sikbaj, zirbaya), en el número 60 de 'Sabor de Aragón' (2007) y en las páginas 2 y 3 de 'Con Mucho Gusto' del 18 de octubre de 2014.

Gachas diversas, en la página 8 de 'Con Mucho Gusto' del 20 de septiembre de 2014.

Panes diversos: sirve plenamente lo que anota san Isidoro de Sevilla en sus 'Etimologías' (siglo VII) al respecto, con mínimas variaciones, ya que las aportaciones musulmanas al conocimiento grecoromano son de mero detalle.

Sinhayi o sanhagi, en la página 8 de 'Con Mucho Gusto' del 6 de diciembre de 2014 y en 'Temas de Antropología Aragonesa', páginas 57 a 82 del volumen 21…

Tharid, ensopados y migas, en la página 8 de 'Con Mucho Gusto' del 22 de enero de 2014 y en Editorial Certeza (Zaragoza, 2005).

FUENTES. Los datos sobre cocina andalusí se encuentran básicamente en diversos textos científicos, que cito a continuación para dejar constancia de mi deuda de agradecido reconocimiento: 'AlArbulí' (s. XIV), traducido por A. Díaz García (Almería, 2000); 'AlSaqati' (s. XIII), traducido por P. Chalmeta Gendrón (Madrid, 196768); 'Anónimo almohade' (s. XIII), traducido por A. Huici Miranda (Valencia, 1966 y Gijón, 2005); 'Avenzoar' (s. XII), traducido por E. García Sánchez (Madrid, 1992); García Sánchez, E., Sevilla, 1983 y 1986: 'Ibn Razin alTugibi’ (s. XIII), traducido por M. Marina Niño (Gijón, 2007).

Las recetas se anotarán unificando su confección, según técnicas culinarias actuales, sin citar pormenorizadamente las fuentes bibliográficas, puesto que el entrecruzamiento documental es amplísimo y los principios de autoría y propiedad intelectual de los autores consultados nada tienen que ver con los actuales; pueden encontrarse fórmulas literalmente copiadas por algunos autores de otros (tampoco el criterio de 'autor' corresponde al que actualmente tenemos) en algunas obras, recetas perfiladas reducidas de otras similares o referencias indirectas en los tratados de bromatología o normativa legal ('hisba') de algunas preparaciones.

Al faltar el contexto cultural del momento en que se redactaron las obras, forzosamente se comete una cierta traición al criterio de autenticidad y 'tradición'. También las técnicas culinarias y la tecnología empleada en ellas varían en distinta medida respecto a las fórmulas originales, aunque se intentará respetar al máximo la autenticidad de las recetas. Prometo solemnemente no aburrir al lector con nuevas citas en la serie de escritos; si tiene especial interés, ya le he dado algunos datos sobre los que trabajar.

martes, 21 de abril de 2026

No toda la cocina de judíos sefardíes es sefardí

(Un reportaje publicado en el Heraldo de Aragón del 6 de abril de 2019 a raíz de un libro publicado sobre cocina sefardita. No está firmado, pero si tuviera que adivinar, pensaría en Francisco Abad Alegría como el autor)

Convengamos en que `sefardí' designa a los judíos de Sefarad, es decir, España, y que, a partir de 1492, si no se convierten al catolicismo quedan expatriados por disposición real.

Esa invención de la 'España de las tres culturas', fruto de una interpretación benignamente ignorante o descaradamente falsa, movida por intencionados intereses políticos, acaba cuando se asume que las famosas 'tres culturas' más coexistieron que convivieron y, además, de forma muy heterogénea. Los musulmanes, conquistadores de la España visigoda desde el año 711, se hicieron señores de la vieja tierra, llamándola al-Andalus, sometiendo a práctico vasallaje a la población general. Utilizaron como apoyo a los judíos, que ya desde Leovigildo se la tenían jurada a la población cristiana y más con Sisebuto y Recaredo II, haciéndoles policía fiscal hasta que los nuevos amos agarenos acabaron también sometiéndolos a ellos.

PRIMERAS REFERENCIAS DE COCINA SEFARDÍ.

Con el duro esfuerzo del profesor navarro Ambrosio Huici Miranda, represaliado por ‘el Régimen', aparece por vez primera en Valencia una corta edición (1966) subvencionada por la municipalidad, de un manual de cocina andalusí almohade, en el que ya se mencionan cerca de una decena de platos considerados como característicamente judíos (la editorial Trea, de Gijón, en 2005, reeditó el libro).

Pero luego, salvo esporádicas manifestaciones a favor de la historia del sefardismo emigrado (como la del doctor Ángel Pulido, reeditado por Certeza, Zaragoza, 2016), el silencio se cierne sobre la cultura del llamado durante siglos 'pueblo deicida', que, además, acumulaba dura carga de sospechas de falsa conversión y ocultos manejos económicos.

Una de las manifestaciones culturales del sefardismo es el ‘modo judaico' de cocinar, lo que tiene notable interés. Por una parte, salvo las contadas aportaciones sefardíes a la culinaria española, sí que existen numerosas adaptaciones de cocinas cristianas y musulmanas contemporáneas de los judíos de nacionalidad española, que pulieron platos de todo origen para hacerlos compatibles con la rigidez legal de su religión. Pero el desquite de tan largo silencio adaptativo ha llegado al cabo de los siglos y ahora nos encontramos con un fenómeno de obvia apropiación indebida de confecciones claramente no judías ni estrictamente sefardíes.

OBRAS DE COCINA SEFARDÍ.

Uno de los primeros textos sobre cocina sefardí fue publicado por entregas en la revista sefardí ‘Aki Ierushalaim' y luego editado en lengua ladina (el viejo judeoespañol de los sefardíes, anterior al decreto de expulsión de los Reyes Católicos) en el año 1995 (Ibercaja) y reeditado en 1997 (Certeza), en los dos casos en Zaragoza, con el título de 'El guizado sefaradí'.

Ávidos por conocer sistematizada una cocina que es también patrimonio español, aparte retazos de sopas azafranadas, adafina o perdiz judía, desperdigados en compilaciones clásicas españolas, nos lanzamos a la aventura de leer y anotar. Encontramos un recetario de 176 platos, de los que no pueden ser sefardíes en sentido estricto 37 (21%) porque incluyen como componentes nucleares productos llegados del Nuevo Mundo, cuando los sefardíes ya no estaban por estas tierras o se habían integrado en la sociedad cristiana.

Del resto de recetas, vimos que eran propias del entorno común al resto de pobladores españoles, sin peculiaridades judaicas, 86; que 14 eran estrictamente sefardíes; y que otras tantas eran copia literal de platos musulmanes, incluso del Lejano Oriente.

Y, claro, si el título hubiera rezado 'El guizado de los sefaradíes' no habría nada que objetar, porque hay muchos sefardíes de origen y cultura habitantes en Israel, Turquía y Países Bajos, fundamentalmente, y su cocina, como el resto de su cultura, ha evolucionado con el paso de los siglos, pero adjetivo y posesivo discordaban.

SEFARAD, ISRAEL; LA CONFUSIÓN.

Con la sospecha de que algo raro está pasando, nos lanzamos a la búsqueda de platos típicamente israelíes, es decir, la nación proclamada como tal por Ben Gurión en 1948, al amparo del 'Informe Balfour' de 1917.

Al margen de la tumultuosa historia de Israel, cabría esperar que los ciudadanos del nuevo Estado aportasen fórmulas de la cultura culinaria de sus países de procedencia y, con el tiempo, acabasen por elaborar una cocina, si no originariamente israelí, al menos de estilo claramente judío.

Y viendo la actual cocina autoproclamada como típicamente israelí, nos encontramos con algunos platos sefardíes, que en realidad son evolucionados de los originales, bastantes de origen ashkenazí, lógicos en quienes proceden de las grandes agrupaciones rusas y centroeuropeas del judaísmo cultural y, para colmo, con la apropiación israelí de algunas confecciones secularmente acreditadas como propias de los habitantes medioorientales (por ejemplo falafel, hummus, mutabal, etcétera), muy anteriores al establecimiento del nuevo Estado; y eso tiene una calificación nada positiva.

Por supuesto, las protestas de sirios, palestinos y libaneses no han modificado la usurpación israelí ni un ápice. A mayor abundamiento, el más extenso libro de cocina judía, publicado por la egipcia de origen judío Claudia Roden (‘The book of jewish food', Penguin, Londres, 1996) recoge 337 recetas presuntamente propias de los judíos del mundo, ashkenazíes y sefardíes (estas últimas 183, dos tercios de la referenciadas en el libro).

Pues bien, la señora Roden cita como típicamente sefardíes un 20% de sus recetas, que en realidad son de origen sirio-palestino o incorporan de forma nuclear productos llegados del Nuevo Mundo, pero lo hace con el descaro de explicar detalladamente que son típicamente judías, no propias de los 'actuales' sefardíes; tampoco se priva de asumir como sefardíes, en el sentido explicado, un cuarto de las otras recetas que cita como tales. Ya saben: si buscan información seria, no gasten tiempo ni dinero en la obra referenciada y recuerden que no es 'antisemitismo' rechazar falsificaciones.

DOS EDITORES ESPAÑOLES ARREGLAN EL DESAGUISADO.

Los estudiosos L. Jacinto García y Rosa Tovar Larrucea publicaron en Ediciones Trea (Gijón, septiembre de 2007) una obra que señala el camino correcto para conocer la auténtica cocina sefardí: 'Un banquete por Sefarad. Cocina y costumbres de los judíos españoles (La comida de la vida)'.

Este libro recoge un total de 96 recetas genuinamente sefardíes o de confección 'al modo judaico', excluyendo productos del Nuevo Mundo, llegados después del descubrimiento, en 1492.

Tras detallada y sustanciosa introducción sobre modos de cocinar sefardíes, fiestas que celebraban y la excusa de algunos inquisidores (prácticamente todos judeoconversos, como demuestra Américo Castro; da que pensar) para fastidiar a otros judíos poderosos con la excusa de judaizar en la observancia alimentaria, se expone el recetario, que corre a cargo de la escritora y profesora de cocina Rosa Tovar.

Es importante señalar que los autores, intelectual y culinario, de esta publicación detallan el origen judío, cristiano o musulmán de las distintas recetas adaptadas a la ortodoxia de la comida sefardí, ocasionalmente señalan como fuente algún escrito inquisitorial y no incluyen ni una sola receta añadida por los actuales sefardíes, ya que el libro habla de Sefarad, no de los sefarditas.

UN LIBRO REVELADOR.

El profesor y teólogo aragonés Álvaro López Asensio, investigador del acontecer judío en Aragón, asunto del que ya había editado seis libros con anterioridad, apoyado por el editor Vicente Zalaya (Certeza-Riopiedras, Zaragoza), logró sacar a la luz, a finales de 2018, el monumental libro titulado 'La cocina de los judíos de Sefarad en la Edad Media'.

Alguien podría decir que este libro lo que hace es insistir en lo antedicho, pero no es así, porque la totalidad de las recetas que expone (sesenta y un par de aderezos acompañantes en los platos) procede de actas de juicios inquisitoriales contra conversos acusados de judaizar secretamente. Todo está documentado al detalle -muchos de estos casos tuvieron lugar en Calatayud- y eso le da una fuerza extraordinaria al trabajo y lo hace único.

En algunas ocasiones, he disentido con Álvaro, desde mi óptica de diletante, sobre el origen judío o bereber del cocido, las torrijas de Apicio como antecedentes de los arrucaques o las berenjenas, hipermusulmanas pero utilizadas como indicio de judaización contra los conversos. Y dudo que nos vayamos a poner pronto de acuerdo.

Lo que sí puedo asegurar es que la obra del profesor Álvaro López Asensio es un documento valiosísimo y único sobre la cocina sefardí, cuyas páginas me han enseñado muchísimo. Es una obra que debería estar en sus bibliotecas.

Free counter and web stats