viernes, 12 de junio de 2026

Tabúes alimenticios: porqué los musulmanes no comen cerdo ni nosotros perro

(Un texto de Miguel Ángel Sabadell en la revista Muy Interesante del 28 de abril de 2023)

Los norteamericanos no comen carne de caballo, los nórdicos no soportan los calamares en su tinta, nosotros no comemos perro y los judíos no prueban el cerdo. ¿De dónde vienen todos esos tabúes alimenticios?

Se cuenta que durante una recepción en la residencia del embajador británico en Pekín el ministro de Asuntos Exteriores chino expresó una gran admiración por la hembra de spaniel del embajador. Estaba embarazada y el embajador inglés le dice al ministro chino que se sentiría muy honrado si aceptara uno o dos cachorros como regalo. Cuatro meses más tarde dos juguetones cachorrillos llegan a la residencia del ministro. Semanas más tarde ambos hombres vuelven a coincidir en un acto oficial.

- ¿Qué le parecieron los cachorros?, preguntó el embajador.

- Estaban deliciosos, contestó el ministro.

A muchos de nosotros, y sobre todo a los amantes de los perros, les puede parecer repugnante comerse un perro. La razón, apunta el antropólogo Marvin Harris, no se encuentra en que sea nuestra mascota favorita, sino porque al ser carnívoros constituyen una fuente de carne ineficaz; los occidentales disponemos de toda una variedad de fuentes alternativas de alimentos de origen animal y los perros prestan numerosos servicios que tienen muchísimo más valor que su carne. Sin embargo, en culturas como la china, donde las fuentes de alimento animal no son muy variadas, el servicio de los perros no compensa el que hacen cuando se sirven cocinados junto a un tazón de arroz. Y según un restaurante pekinés, debe ser un plato exquisito: empleaba en la elaboración de sus platos del orden de 30 perros diarios.

En la Polinesia, y antes de la llegada de los europeos, los tahitianos, los hawaianos y los maoríes de Nueva Zelanda poseían perros que prácticamente acababan formando parte de la gastronomía típica de las islas. Los polinesios alojaban a algunos de sus perros en cabañas rodeadas de una cerca o bajo un árbol. A la mayor parte de ellos se les dejaba buscar su sustento entre los desperdicios mientras que unos pocos afortunados eran cebados con verduras y sobras de pescado. Incluso se les alimentaba a la fuerza sujetándolos boca arriba.

Delicatessen perruna

Estos perros alimentados con verduras eran para los polinesios una delicatessen, como para nosotros puede ser el cerdo alimentado sólo con bellota. La matanza del perro era muy parecida a la del cerdo en nuestros pueblos. Lo ataban por el hocico y lo estrangulaban con las manos o con un palo. Después lo destripaban, lo socarraban para quitarle el pelo, lo untaban con su sangre y lo metían en el horno. Eran tan buenos que las gentes de las islas debían compartirlo con sus dioses y los hawaianos pagaban sueldos, rentas e impuestos con canes. Y para los jefes maoríes, los mantos de piel canina eran los bienes hereditarios más preciados.

En circunstancias normales sólo los sacerdotes y nobles hawaianos y haitianos podían comer perro. Ni las mujeres ni los niños podían hacerlo, aunque los plebeyos tahitianos, tras un sacrificio, llevaban las sobras a su familia en secreto. Ahora bien, si una mujer maorí estaba embarazada y su antojo era carne de perro, el marido estaba en la obligación de proporcionársela.

Lamento que algún amante de los canes pueda haberse quedado horrorizado al imaginar que su querido compañero pudiera acabar en un plato rodeado de patatas asadas, pero esto nos demuestra que el motivo de nuestros amores no es, como diría Kant, un categórico universal.

Prohibido comer cerdo

La misma cara de horror pondrían los judíos si les colocamos ante un plato de jamón, una mariscada o, simplemente, un entrecot al roquefort. En el caso anterior nos parece horrible comernos a un perro porque nadie se come a su mascota –de igual modo, para los norteamericanos es impensable comer carne de caballo-. Pero en este caso la razón es religiosa. ¿Pero de dónde viene?

Esa ley divina contra el cerdo resulta sorprendente si tenemos en cuenta, como dice la sabiduría popular, que de tan porcino animal se aprovecha todo. Sin embargo, durante miles de años los rabinos han proporcionado las más variopintas justificaciones a las leyes alimentarias, a cada cual más ingeniosa. Por ejemplo, Aristea, en el siglo I a.C., decía que “las leyes dietéticas son éticas en su propósito, ya que abstenerse de comer sangre domina el instinto que lleva al hombre a la violencia… el mandamiento de no consumir aves de presa estaba destinado a demostrar que el hombre no debe atacar a otros hombres”. Curiosamente, muchos vegetarianos de hoy en día argumentan lo mismo.

Isaac Ben Moses Arama decía que “la razón que se halla detrás de todas las prohibiciones dietéticas no es que se pueda causar algún daño al cuerpo, sino que estos alimentos mancillan y contaminan el alma y turban las facultades intelectuales”. Maimónides escribió que “la razón por la cual la Ley prohíbe la carne de cerdo se halla tanto en los hábitos como aquello que come el animal, que son cosas muy sucias y repugnantes”. Incluso muchos judíos de hoy en día piensan que se promulgaron como medida de salud pública para prevenir la triquinosis.

¿Mandato divino o prevención de enfermedades?

Pero como señala el antropólogo Marvin Harris en su excelente libro Bueno para comer, bastaba con que la Ley previniera en contra de una cocción insuficiente de la carne. Además, la carne de vacuno más cocinada transmite con frecuencia la tenia y tanto éste como el ovino y el caprino transmiten la brucelosis y el ántrax. Para Harris esta prohibición entronca más bien en que judíos y musulmanes son tribus de desierto y los cerdos son animales de bosque. En un entorno de escasez de frutos secos, verduras y frutas sería de locos alimentar a un animal con lo que es tu propia comida: mejor apañarse con cabras y ovejas que subsisten con las pocas plantas que pueden encontrar en el desierto. Claro que esta hipótesis de Harris no lo explica todo: en las tórridas arenas de Judea y Palestina difícilmente se puede poner uno a pescar ostras y mejillones, que también está prohibidos.

Por su parte, el psicólogo Steven Pinker es un poco más cínico. Su punto de vista parte de la observación obvia de que los tabúes alimentarios son marcadores étnicos. De ahí se sigue que si no puedo comer con alguien, entonces no puedo ser su amigo. Es más, teniendo en cuenta que si eliminas un alimento de la dieta éste puede llegar a convertirse en repugnante, el grupo se protege de posibles desertores. “¿A dónde voy a ir si los de al lado comen cosas tan asquerosas como saltamontes y hormigas?”. Convertir la ausencia en aversión disuade al más pintado a intimar con el enemigo. Romeo y Julieta no se habrían enamorado si los hábitos alimenticios de Montesco y Capuletos hubieran sido totalmente diferentes…

martes, 9 de junio de 2026

Oda al poloflash, poloflán, flash o como se diga en tu pueblo

(Un artículo de Carlos Doncel en El Comidista de El País publicado el 22 de julio de 2022)

Desde que José Nortes comenzara a comercializarlo en los setenta, este sencillo helado de hielo forma parte de la infancia de muchos españoles. Le rendimos merecido homenaje al polo de los mil nombres.

Si hay algo que nos diferencia a Antonio Machado y a mí es que él recuerda su infancia bajo la sombra de un limonero y yo hartándome de poloflanes. Porque los veranos culinarios de mi niñez son bocados a un hielo de colores, churretones fluorescentes en las camisetas, paletas casi rotas de abrir los plastiquetes. En las eternas tardes que se viven cuando crío siempre estaba ese helado sencillo, barato, con ingredientes en los que aparece la E más que en un libro en francés, para refrescar y pintarme la lengua de su sabor de mentirijilla.

No solo en mis vacaciones escolares tuvo el poloflash un papel especial. Mi amiga y editora jefa comidister Mònica Escudero tiene algunos años más que yo y es de la otra esquina de España, pero también disfrutó en su día de sus golosas y congeladas virtudes: “En los ochenta, esa ambrosía plastificada se parecía bien poco a la de ahora: su característica principal era que podías chupar el sabor y quedaba el hielo -algo que también pasaba con los polos buenos, como el Frigurón-, que tenía textura como de estalactita y se deshacía en capas”. “Los sabores y colores”, rememora Mònica, “iban del verde flúor del lima-limón al marrón cacafuti del de Coca Cola, pasando por el lila de la mora, el amarillo del limón y el rosa de la fresa”.

No quiero caer en la nostalgia solipsista, pero seamos claros: no es lo mismo crecer pidiéndole a tus padres poloflanes que yogures helados con varios toppings. Uno te acostumbra a ver la vida sin esperar sorpresas, a que lo bueno es lo que te gusta aunque sea barato; el otro te incita a pensar que a lo que odias hay que echarle algo para que te convenza -porque solo no te comes ni una cucharada-, tiene ínfulas de gourmet, sus propios locales de venta, su mundo de yupi y sus tonterías. “El Señor dirige en la justicia a los humildes, y les enseña su camino”, se lee en la Biblia. Ahí estaremos, junto a Dios, los que tomamos en su día el sendero llano y modesto: el de los poloflashes.

Al igual que Douglas Engelbart, inventor del ratón del ordenador, o Alfred Fielding y Marc Chavannes, del plástico de burbujas, José Nortes también creó algo revolucionario aunque su nombre no nos suene. Este empresario de origen murciano fundó a principios de los setenta en Lora del Río (Sevilla) la marca Flaggolosina, “pionera en la fabricación y venta de ‘la golosina helado’”, tal y como explica la historiadora gastronómica Ana Vega Biscayenne en este artículo.

Nortes se dedicaba a comercializar pimentón e infusiones, pero quiso Dios que un bendito día se le ocurriera desarrollar estos polos basándose en un invento estadounidense anterior. Aquello fue un auténtico pelotazo, y muchos chiquillos se aficionaron a chupar los hielos de sabores que José fabricaba en el citado pueblo sevillano. Poco después, Emilio Burgueño Martín creó en Talarrubias, en la Siberia extremeña, Burmar Flax, la otra gran marca de poloflanes de la época. Como Flaggolosina, esta empresa pacense fue un éxito, porque la cantidad de críos bajos de azúcar y muertos de calor sería muy grande en aquellos tiempos, imagino.

El ojo a ojo de ver a otros chavales comiéndolo no les pareció suficiente a estos emprendedores, que decidieron publicitarse en televisión. Algún talludito lo sabrá de sobra, pero conviene recordar que los anuncios que lo petaban entonces hoy nos suenan más irritantes que un niño aprendiendo a tocar la flauta dulce. “Ya verás qué bueno, toma Burmar Flax, que sabe de miedo y es fenomenal. Burmar Flax es esto, pruébalo y verás”, se oía en la canción del spot de 1980 mientras en pantalla aparecía un superhéroe con las cejas de Zapatero recogiendo poloflashes con su nave espacial y trayéndolos a la Tierra. De todo esto deducimos que estos helados lo petaron incluso allende la atmósfera -lo que confiere a la figura de José Nortes una dimensión galáctica- y que el letrista de la melodía se parece a Machado incluso más que yo.

El anuncio de finales de los setenta de Flaggolosina también incluía, cómo no, una cancioncilla con la que te entran ganas de pedir una Black and Decker para taladrarte el tímpano. En su caso los niños aparecían dibujados con unas enormes pupilas negras, por lo que no se descarta que además de azúcar llevara otros aditivos. “Flaggolosina, mi rico helado, del congelador, lo saco congelado”, cantaban. Otro poeta.

Partamos de la base de que este helado tiene más nombres que un aristócrata. Dos de ellos, como ocurre con el papel albal, el típex, el betadine o los clínex, provienen de la lexicalización de la marca, esto es, de referirnos a un objeto con el nombre de la empresa que lo fabrica. Así, hay quien los llama flagolosina o flax por las dos compañías que empezaron a comercializarlo en España.

Tal debate hay con la infinidad de denominaciones que adquiere, que hasta la mismísima Real Academia Española de la Lengua publicó un tuit hace más de dos años en el que pedía a los usuarios que comentaran cómo llamaban a este helado. Entre las respuestas, frigolosina, flash, flas, flá, poloflash, poloflán o flan congelado. Y ya en América Latina llega la magia: boli, esquimalito, chupete, congeladas, marciano, chupi-chupi o vikingo. Mis favoritos están entre el minimalista flá y la fantasía chupi-chupi, obviamente.

Debo reconocer que hace unas semanas, cuando el calor empezaba a asomarse, antes incluso de saber que escribiría este artículo, compré en el supermercado una bolsa de poloflashes. Cuando ya estaban congelados, abrí uno esperando reencontrarme conmigo mismo sin necesidad de ir a la India, pero qué va: me supo empalagosísimo, imposible de soportar más de dos bocados. Quizá fuera porque los pillé de marca blanca o porque, como la mayoría, tengo idealizada mi infancia: aquellos veranos en los que mis tardes eran de hielo y limón de mentira.

viernes, 5 de junio de 2026

Almorí, el condimento andalusí

(Un texto de Miriam García Martínez en El País del 23 de junio de 2023)

El sazonador se añadía a una gran cantidad de platos en la cocina árabe medieval. Hay muchas versiones, aunque nosotros nos decantamos por una sencilla en la que los ingredientes se tuestan a baja temperatura

Queridos niños, hoy vengo a hablaros del almorí o, mejor dicho, de los almoríes. ¿Lo qué? El almorí o almoríes, que de muchas clases los había, eran una familia de condimentos de variada factura empleados en la cocina árabe medieval. Este curioso ingrediente se menciona en los dos manuscritos árabes andalusíes de tema culinario que se conservan, uno de título La cocina hispano-magrebí en el periodo almohade y autor o autores anónimos (traducido por Ambrosio Huici Miranda), y otro de título Relieves de las mesas, acerca de las delicias de la comida y los diferentes platos, de Ibn Razin al-Tugibi, ambos del siglo XIII. En el primero llama la atención la ubicuidad de este condimento o sazonador, un ingrediente de peculiar composición que en la cocina árabe medieval de Córdoba a Bagdad se añadía a multitud de platos, de forma similar a la salsa de soja o la de pescado en algunas cocinas del Lejano Oriente.

Sobre el tal almorí dice el escritor medieval anónimo lo siguiente: “El almorí no conviene usarlo sino macerado solamente, por lo que tiene de penetrante y de provechoso; le sigue el almorí hecho de zumo preparado de uva con aromas sin pan rallado. El almorí que hace el pueblo de miel tostada y pan y otras cosas, no conviene usarlo en absoluto, porque tiende a hacerse negro y no tiene provecho y sabor penetrante”. Debía ser un ingrediente tan común y conocido que en este recetario anónimo no se proporciona ninguna receta del tal almorí, ni macerado ni sin macerar. Por el contrario, en el otro recetario el señor Ibn Razin nos proporciona un capítulo entero dedicado al almorí, con trece recetas diferentes nada menos.

En un interesante artículo sobre las especias y condimentos en la cocina arábigo-andalusí de Expiración García Sánchez nos comenta acerca del almorí: “Este es uno de los condimentos más frecuentes en la cocina islámica medieval, aunque se ha traducido, incorrectamente, bien por salmuera, bien por garo. Aunque en al-Ándalus se conocían diversas variantes, había dos básicas: murrîal-hût, de pescado, y murrîal-naqîà, literalmente ‘almorí de maceración’, elaborado con cereales. El primero se asemeja, efectivamente, al garo. El segundo, casi el único citado en los dos recetarios andalusíes, era en su origen una especie de medicamento utilizado por los caldeos y los coptos. […] Resulta extraño que no haya perdurado en la cocina andaluza, que haya desaparecido totalmente y no haya quedado huella alguna de este condimento”.

El historiador estadounidense Charles Perry hizo la prueba de elaborar almorí del siglo X al estilo iraquí -la fórmula más elaborada de las trece del Relieve de las mesas es muy similar-, con una masa de harina de cebada envuelta en hojas de higuera que se deja pudrir y fermentar durante al menos 40 días para que proliferen todo tipo de microorganismos, y luego se seca. El residuo seco se deja remojando en agua otros 10 días y el conjunto se cuela para separar el líquido, que es el almorí. Si se procede correctamente en todo el proceso, el residuo líquido de toda esta transformación cuenta el señor Perry que se parece sobremanera a la salsa de soja. Como persona desequilibrada que ha hecho intentos de preparar salsa de soja en casa, confirmo que el proceso es parecidísimo; al fin y al cabo y según la zona, la salsa de soja lleva cereal igualmente.

No me he atrevido a emular al señor Perry replicando la receta elaborada del almorí andalusí, entre otras cosas porque no sabemos cuántos árabes morirían en su momento preparando esta salsa de base podrida y fermentada, ejem. Me he decantado por seguir la receta más sencilla de las que consigna el señor Ibn Razin, sin maceración de pan ni cereales y con base de miel, que se retuesta en el horno a baja temperatura un tiempo prolongado. Este almorí es probablemente del tipo al que despreciativamente alude el autor anónimo como “que hace el pueblo”. Seamos pueblo, entonces: vamos con el almorí rápido sin cereales y sin gluten.

Tiempo: 360 minutos

Dificultad: Ninguna

Ingredientes

150 g de miel

1 cebolla

20 g de sal

20 g de agua

Instrucciones

1. Poner en una cazuela para horno la miel con la sal y el agua. Mezclar.

2. Agregar a la cazuela la cebolla partida en gajos finos.

3. Meter la cazuela en el horno suave, alrededor de 120 °C, durante seis horas o hasta que la cosa esté muy espesa y la cebolla muy tostada, reducida y caramelizada (si tenéis freidora de aire os resultará energéticamente un poco más favorable, a 100 °C).

4. Escurrir el líquido en un colador, apretando bien, y descartar los sólidos. Listo para nuestros platos andalusíes.

martes, 2 de junio de 2026

Vender vino en Suecia y Noruega

(Extraído de un texto de Alejandro Toquero en el Heraldo de Aragón del 17 de enero de 2026 y complementado con información de DAP. Supongo que en Finlandia será parecido -todo lo que supere 5% de alcohol lo venden en tiendas estatales-)

El peculiar sistema de distribución y venta de alcohol en Suecia y Noruega, mercados maduros regidos por monopolios, complica el acceso al mercado de las marcas extranjeras.

A los noruegos, con un consumo similar al de España, también les gusta el vino, y no les queda otra que importarlo. Acceder al mercado noruego no es sin embargo nada fácil para las bodegas extranjeras, pero hay una española que no solo ha logrado superar la odisea de vender allí: su vino es el más vendido del mundo del país nórdico. Un vino aragonés, para más señas, de Calatayud: Marqués de Nombrevilla.

Pero si ha triunfado en Noruega no ha sido solo por sus cualidades.

Vender vino en el país escandinavo no es nada fácil, porque su mercado funciona a través de un monopolio estatal, el Vinmonopolet, que controla la distribución y venta minorista de todas las bebidas alcohólicas de más de 4,7% vol. Es decir, es este organismo el que decide qué bebidas alcohólicas se pueden vender, dónde y cómo. 

Para poder acceder al mercado es preciso pasar por un sistema de licitación pública que convoca el propio Vinmonopolet, el cual nunca compra vino directamente por libre. Estos concursos especifican requisitos muy concretos, que incluyen desde el tipo, origen, tipo de uva o formato de venta, hasta cuestiones de producción y sostenibilidad. Si se supera el concurso, el vino puede entrar en el surtido nacional legal para su venta en tiendas autorizadas.

Ahora bien, también Vinmonopolet decide cuánto volumen de un vino entra en el país y cómo se distribuye, pues no siempre se autorizan las mismas cantidades a las marcas, a pesar de haber ganado el concurso. Además, los importadores deben contar con que sus precios estarán fuertemente gravados por los impuestos, y que el consumidor noruego prefiere vinos con buena relación calidad-precio, nada de botellas exclusivas disparadas.  

Bodegas San Alejandro se presentó a un concurso de estos hace más de veinte años y desde entonces ha consolidado su presencia en Noruega -se ha seguido presentando-.

El vino de la variedad garnacha que ha ganado estos concursos se presenta en la variedad bag in box (vino embolsado dentro de cajas de cartón, de tres litros) y pouch (similar al anterior, pero más pequeño, de litro y medio, similar a una bolsa con asas). Así, se facilita el transporte y la conservación, gracias a su cierre hermético -minimiza la entrada de oxígeno-. Además, tanto el cartón como la bolsa son totalmente reciclables.

 

 

viernes, 29 de mayo de 2026

Furikake: el condimento japonés que realza el sabor

(Leído en comerjapones.com y en https://aceitesmaeva.com/furikake-sabor-umame/)

El furikake es un condimento japonés muy popular, utilizado para espolvorear sobre arroz, sopas, pastas e incluso sobre las famosas bolas de arroz onigiri. Su nombre proviene del verbo japonés furikakeru, que significa «espolvorear», lo que refleja perfectamente su función en la cocina japonesa (reflejando su uso común al espolvorear sobre arroz).

Principalmente es una combinación de diversos ingredientes, y presenta múltiples variantes, aunque su esencia generalmente consiste en una mezcla molida de algas nori, katsuobushi (escamas de bonito seco) y semillas de sésamo. Este condimento se espolvorea sobre el arroz caliente y se usa para intensificar los sabores!

El furikake es una mezcla de ingredientes deshidratados que varía según la región y el gusto. Algunas de las versiones más conocidas incluyen:

  • Furikake de shiso con sal, elaborado con hojas de perilla roja deshidratadas. Recibe el nombre comercial de yukari.
  • Furikake de wasabi, sésamo y katsuobushi, con un toque picante y umami.
  • Furikake de algas con huevo o de algas con bonito, ideales para realzar el sabor de platos sencillos.
  • Furikake de verduras o incluso nattō deshidratado, opciones menos comunes pero igualmente deliciosas.

El Sabor Umami: Un Elemento Esencial
El furikake es conocido por su capacidad para realzar el «umami», el quinto sabor básico que se describe como sabroso, profundo y satisfactorio. Este sabor, descubierto por los científicos japoneses, se encuentra en alimentos como el alga nori, los champiñones y el pescado. El furikake, al combinar ingredientes ricos en umami, intensifica el sabor de los platos de manera inigualable.

Aplicaciones en la Cocina: Más Allá del Arroz Mientras que el furikake es un compañero perfecto para el arroz, sus aplicaciones en la cocina son infinitas. Úsalo para realzar sopas, ensaladas, guisos e incluso platos de pasta. Experimente con sus propias creaciones, ¡el furikake es su lienzo culinario!

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