(Un reportaje de Francisco Abad
Alegría en el Heraldo de Aragón del 2 de febrero de 2019)
Insisten las fuentes andalusíes, de neta órbita médica
galenista, en las cualidades frío-calor y sequedad-humedad de los alimentos,
derivados de la experiencia dietético-médica y no
pocas veces de la deducción observacional de las características físicas
organolépticas. Así, las carnes son calientes y húmedas en diverso grado, la
pimienta, seca y muy caliente, la calabaza, fría y húmeda, la sepia, húmeda y
muy fría, etcétera. Todo esto tiene interés a la hora de planificar los platos,
que deben ser nutritivos y apetitosos, aunque a veces no se ajusten a lo óptimo
para la salud, según la medicina de la época. Por eso el especiado, que ahora
nos parece solo aroma o color, es prácticamente una exigencia de las comidas
más civilizadas. «En las especias está la salud y el aprovechamiento de la
comida», dice Avenzoar, porque cantidades modestas de determinadas especias son
capaces de corregir (enderezar, de ahí 'aderezar')
el plato completo, haciéndolo sano al tiempo que apetitoso. Convengamos, por
tanto, en que el especiado no es un capricho ni una adición lujosa en las
comidas andalusíes, sino un requerimiento para que los alimentos beneficien la
salud; por eso prescindir de él es falsear las recetas originales, quitarles su
espíritu, inventar.
La pericia culinaria permite asociar aromas diversos, pero tal procedimiento está condicionado por una profunda sabiduría
del cocinero, que sólo tras largos años de práctica y estudio se transmitirá a
un reducido discipulado. Por eso, muy pronto se establecieron mezclas fijas de
especias, cuyas derivaciones vemos luego ampliadas, reflejadas en las cocinas
clásicas medievales y renacentistas de toda Europa; el 'ras el hanout' magrebí
es un resto de tales mezclas. Otras especias complejas o simples tenían un papel
preponderante. Así el 'almorí' (murri), una especie de garum romano a base de
cereales en lugar de entrañas de caballa. El azúcar, que estrictamente no es
una especia, pero como tal se emplea en gran cantidad de recetas y que llega a
la Península a través de los invasores hacia el siglo IX. La canela es una
especia ya mencionada hace 35 siglos en las tabletas mesopotámicas de la
universidad de Yale; de aroma sutil y satisfactorio, se presta a la
incorporación a numerosos preparados.
El azafrán es la especia genuinamente europea en sentido
amplio, cuyos orígenes se detectan ya en la cultura micénica, hace más de 40
siglos, en la Grecia insular y Asia Menor. La cocina andalusí usa y abusa de
esta especia, por su aroma y capacidad colorante.
Gran cantidad de vinagre se emplea en recetas andalusíes,
pasando a las cocinas renacentistas europeas, sus herederas en parte. Ahora nos
resulta casi incomprensible que platos de carne, de pescado, de volatería, de
caza, tortas, guisados complejos, se aderecen con vinagre e incluso se anote en
la receta con frecuencia la expresión «que sepa bien a vinagre».
Los cereales reducidos a harina se entienden perfectamente
en la actualidad, aunque los procedimientos de molturación antiguos eran muy
imperfectos. Las harinas eran bastas y en el cernido quedaban partes
sustanciales de salvado o los granos resultantes eran gruesos, de modo que
existían diversos tipos de harina: la integral, que contenía todo el salvado,
el llamado acemite, de grano algo más fino que la sémola, de grano
relativamente grueso, y la flor de harina, de grano impalpable, como la actual
harina fina.
Aunque se sometían a molienda casi todos los cereales, el
trigo era considerado por los antiguos dietistas como el mejor de los cereales
«porque genera una sangre equilibrada y excelente, superior a la producida por
los demás cereales», dice Al-Arbulí.
Los antiguos inventaron algunos procedimientos para
aprovechar los cereales al molerlos o simplemente romperlos. El 'bulgur' es un
quebrado de tamaño intermedio de grano de trigo humedecido y a punto de
germinación, luego desecado y molido someramente. En la misma línea estaría la
'adárgama', mencionada profusamente en los textos andalusíes y que consiste en
trigo mojado, quebrado, desecado y luego desprovisto del salvado, que se acaba
de moler para dar una sémola relativamente fina. En la práctica, cuando nos
refiramos a harina emplearemos harina convencional.
Respecto al pan, dice Avenzoar: «El mejor pan es el de
trigo, fermentado y cocido en el atanor y, tras él,
el que se cuece en el horno. El de más calidad es el que se amasa con mucha
agua y, al cocerlo, se asemeja a las
esponjas marinas, por lo ojos que presenta». Se afirma con frecuencia que el
pan tradicional de los pueblos musulmanes es el ácimo, pero el más apreciado y
producido, aunque sea en forma de torta, es el fermentado. AlArbulí dice que
«el pan fermentado es el mejor, si se amasa con sal y agua adecuadamente
proporcionadas y se cuece bien en fuego moderado
en el tannur o el horno, habiendo escogido una harina de trigo de fina
contextura y pesada, sin quitarle excesivamente el cascabillo». El pan ácimo es
mucho menos apreciado en la cocina andalusí, salvo para la preparación de
alcorzas que se van a triturar como prerrequisito para algunas preparaciones
(que sobreviven en los gazpachos extremeños, por ejemplo).
ACEITE Y QUESO. El aceite por antonomasia en la tradición andalusí es el de
oliva (aceituna, 'azzaitun'). Dice Avenzoar que «de los aceites el mejor es el
de oliva, extraído de las aceitunas maduras sin ningún añadido de sal ni de
otros elementos». El aceite virgen de presión en frío es producto de la cuenca
mediterránea y tan apreciado por los musulmanes de nueva y vieja raíz como por
los romanos, que de él hicieron casi culto.
El queso se emplea en muchas recetas andalusíes. Pero hay
que tener en cuenta que el más utilizado es el fresco o semicurado; incluso en
algunas recetas queda claro que lo que se denomina queso es una cuajada
reciente, desuerada parcialmente a través de un tejido tipo estameña. Está claro que los
andalusíes no disfrutaron, por motivos dietéticos, de los maravillosos quesos
manchegos o roncaleses bien curados, con su punto de picor y aroma complejo. Al
emplear queso fresco se advierte (alArbuli) que la corrección de su humedad y
frialdad se corrige con compota de miel y pasas.
PROCEDIMIENTOS CULINARIOS. Explican los autores andalusíes que los mejores recipientes
para cocinar son los de oro y plata, pero «el Libro» los prohíbe, por lo que
hay que contentarse con los que produce el trabajo del alfarero a partir de
arcilla: «Las vasijas de cerámica vidriada y de barro cocido son las mejores en
que se puede cocinar, pero en los recipientes de barro cocido no debe guisarse
más de una sola vez. En cuanto a los recipientes de cerámica vidriada, no debe
cocinarse en ellos más de cinco veces» (Al-Arbuli). Estas afirmaciones no son
arbitrarias: los recipientes de barro cocido sin vidriar, de paredes similares
a un botijo actual, trasudan parte del líquido que contienen y al tiempo de él
se impregnan, con lo que fijan sabores de la cocción que pueden estropear otros
guisos posteriores. Por lo que se refiere a los recipientes vidriados para
cocinar, es sensato limitar su empleo a unas cuantas cocciones. Antiguamente,
para vidriar al fuego las vasijas, se empleaba el 'alcohol de alfarero', una
papilla de galena molida y agua. Como uno de los componentes de la galena,
además de la plata, es el plomo y, según las variedades,
el estafio, el empleo prolongado de recipientes así vidriados con este mineral
produce una intoxicación crónica acumulativa de metales pesados (saturnismo).
Los autores andalusíes admiten el cobre en los recipientes
para cocinar a condición de que este adecuadamente estañado, para evitar la
mortal intoxicación por cardenillo (acetato y óxido de cobre), aunque es
posible emplear recipientes de cobre puro siempre que estén rigurosamente
limpios y se empleen exclusivamente para la confección de dulces, que no
contienen ácido acético ni agua. También dicen que el empleo de vasijas
culinarias de hierro fundido es aceptable.
Los productos semisólidos, especialmente masas cereales, se
cuecen en recipientes que no tienen limitada su cavidad por paredes de
contención. El más popular y mencionado en las recetas andalusíes es el atanor o 'tannur': una gran vasija cerámica similar a una amplia
tinaja. En su fondo se dispone combustible vegetal; que arde calentando
fuertemente las paredes del recipiente; si se ocluye la boca del atanor cuando el fuego ha calentado el artilugio, pueden obtenerse
temperaturas de hasta 500 ºC. Con el atanor se puede cocinar pan, moldeado en
forma de planchas adheridas a las paredes altas de la vasija por estampado por
presión sirviéndose de una almohadilla de tela. El pan cuece rápidamente,
produciéndose una torta de masa fermentada con hermosas burbujas irregulares.
Otra forma de cocinar en el atanor es el depósito de largas
brochetas metálicas con carne ensartada en ellas.
Cuando no se dispone de atanor o las piezas por asar son
voluminosas y pesadas, se puede emplear el horno, que no son los grandes hornos
de obra propios de las panaderías tradicionales, sino que pueden ser pequeños
homos portátiles de cerámica, similares al clíbano romano; en este caso, la
vasija es una especie de plato grueso y amplio, que puede asentar sobre un
lecho de brasa o un anafre también portátil, calentándose, provisto de una
cobertera a modo de bóveda, que tiene rebordes en la parte superior, de modo
que se contengan las brasas que se depositan sobre ella, para cocer así «entre
dos fuegos». El horno de obra, abovedado, en cuyo interior se hace fuego para
calentarlo fuertemente, cediendo después tal calor para asar, es menos empleado
y esa tradición ha llegado en ámbitos rurales de nuestras tierras hasta el
mismo siglo XX, de modo que la mayoría de las casas no disponían de horno
propio, sino que había uno comunal donde se cocía el pan de la semana, algunos
dulces y tortas y, cuando repicaban fuerte, el cochinillo o el cordero pascual.
PLANCHAS Y ASADOS. El empleo de planchas de material cerámico, o a veces metálico,
sigue vigente aún en ámbitos tan lejanos como zonas rurales de Hispanoamérica, denominándose
allí 'comal'. Una plancha de barro cocido y bruñido con piedra, de unos 50 centímetros
de diámetro y un espesor de entre 5 y 6 centímetros, se calienta sobre brasas y
sirve para hacer sobre ella panes (tipo 'pitta') y, especialmente, alcorzas de
pan ácimo. Una forma especial de plancha, de reducidas dimensiones, es la
cazuela con huecos a punta de dedo para hacer 'qata'if, que equivaldría a un
intermedio entre los gofres y las crepes.
Resta decir que el asado al espetón o sobre parrillas también
se da en la cocina que estamos considerando, aunque se limita a piezas grandes
o a la preparación parcial de algunos platos en los que al somero asado sigue
la fritura o la cocción tras despiece.