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martes, 21 de abril de 2026

No toda la cocina de judíos sefardíes es sefardí

(Un reportaje publicado en el Heraldo de Aragón del 6 de abril de 2019 a raíz de un libro publicado sobre cocina sefardita. No está firmado, pero si tuviera que adivinar, pensaría en Francisco Abad Alegría como el autor)

Convengamos en que `sefardí' designa a los judíos de Sefarad, es decir, España, y que, a partir de 1492, si no se convierten al catolicismo quedan expatriados por disposición real.

Esa invención de la 'España de las tres culturas', fruto de una interpretación benignamente ignorante o descaradamente falsa, movida por intencionados intereses políticos, acaba cuando se asume que las famosas 'tres culturas' más coexistieron que convivieron y, además, de forma muy heterogénea. Los musulmanes, conquistadores de la España visigoda desde el año 711, se hicieron señores de la vieja tierra, llamándola al-Andalus, sometiendo a práctico vasallaje a la población general. Utilizaron como apoyo a los judíos, que ya desde Leovigildo se la tenían jurada a la población cristiana y más con Sisebuto y Recaredo II, haciéndoles policía fiscal hasta que los nuevos amos agarenos acabaron también sometiéndolos a ellos.

PRIMERAS REFERENCIAS DE COCINA SEFARDÍ.

Con el duro esfuerzo del profesor navarro Ambrosio Huici Miranda, represaliado por ‘el Régimen', aparece por vez primera en Valencia una corta edición (1966) subvencionada por la municipalidad, de un manual de cocina andalusí almohade, en el que ya se mencionan cerca de una decena de platos considerados como característicamente judíos (la editorial Trea, de Gijón, en 2005, reeditó el libro).

Pero luego, salvo esporádicas manifestaciones a favor de la historia del sefardismo emigrado (como la del doctor Ángel Pulido, reeditado por Certeza, Zaragoza, 2016), el silencio se cierne sobre la cultura del llamado durante siglos 'pueblo deicida', que, además, acumulaba dura carga de sospechas de falsa conversión y ocultos manejos económicos.

Una de las manifestaciones culturales del sefardismo es el ‘modo judaico' de cocinar, lo que tiene notable interés. Por una parte, salvo las contadas aportaciones sefardíes a la culinaria española, sí que existen numerosas adaptaciones de cocinas cristianas y musulmanas contemporáneas de los judíos de nacionalidad española, que pulieron platos de todo origen para hacerlos compatibles con la rigidez legal de su religión. Pero el desquite de tan largo silencio adaptativo ha llegado al cabo de los siglos y ahora nos encontramos con un fenómeno de obvia apropiación indebida de confecciones claramente no judías ni estrictamente sefardíes.

OBRAS DE COCINA SEFARDÍ.

Uno de los primeros textos sobre cocina sefardí fue publicado por entregas en la revista sefardí ‘Aki Ierushalaim' y luego editado en lengua ladina (el viejo judeoespañol de los sefardíes, anterior al decreto de expulsión de los Reyes Católicos) en el año 1995 (Ibercaja) y reeditado en 1997 (Certeza), en los dos casos en Zaragoza, con el título de 'El guizado sefaradí'.

Ávidos por conocer sistematizada una cocina que es también patrimonio español, aparte retazos de sopas azafranadas, adafina o perdiz judía, desperdigados en compilaciones clásicas españolas, nos lanzamos a la aventura de leer y anotar. Encontramos un recetario de 176 platos, de los que no pueden ser sefardíes en sentido estricto 37 (21%) porque incluyen como componentes nucleares productos llegados del Nuevo Mundo, cuando los sefardíes ya no estaban por estas tierras o se habían integrado en la sociedad cristiana.

Del resto de recetas, vimos que eran propias del entorno común al resto de pobladores españoles, sin peculiaridades judaicas, 86; que 14 eran estrictamente sefardíes; y que otras tantas eran copia literal de platos musulmanes, incluso del Lejano Oriente.

Y, claro, si el título hubiera rezado 'El guizado de los sefaradíes' no habría nada que objetar, porque hay muchos sefardíes de origen y cultura habitantes en Israel, Turquía y Países Bajos, fundamentalmente, y su cocina, como el resto de su cultura, ha evolucionado con el paso de los siglos, pero adjetivo y posesivo discordaban.

SEFARAD, ISRAEL; LA CONFUSIÓN.

Con la sospecha de que algo raro está pasando, nos lanzamos a la búsqueda de platos típicamente israelíes, es decir, la nación proclamada como tal por Ben Gurión en 1948, al amparo del 'Informe Balfour' de 1917.

Al margen de la tumultuosa historia de Israel, cabría esperar que los ciudadanos del nuevo Estado aportasen fórmulas de la cultura culinaria de sus países de procedencia y, con el tiempo, acabasen por elaborar una cocina, si no originariamente israelí, al menos de estilo claramente judío.

Y viendo la actual cocina autoproclamada como típicamente israelí, nos encontramos con algunos platos sefardíes, que en realidad son evolucionados de los originales, bastantes de origen ashkenazí, lógicos en quienes proceden de las grandes agrupaciones rusas y centroeuropeas del judaísmo cultural y, para colmo, con la apropiación israelí de algunas confecciones secularmente acreditadas como propias de los habitantes medioorientales (por ejemplo falafel, hummus, mutabal, etcétera), muy anteriores al establecimiento del nuevo Estado; y eso tiene una calificación nada positiva.

Por supuesto, las protestas de sirios, palestinos y libaneses no han modificado la usurpación israelí ni un ápice. A mayor abundamiento, el más extenso libro de cocina judía, publicado por la egipcia de origen judío Claudia Roden (‘The book of jewish food', Penguin, Londres, 1996) recoge 337 recetas presuntamente propias de los judíos del mundo, ashkenazíes y sefardíes (estas últimas 183, dos tercios de la referenciadas en el libro).

Pues bien, la señora Roden cita como típicamente sefardíes un 20% de sus recetas, que en realidad son de origen sirio-palestino o incorporan de forma nuclear productos llegados del Nuevo Mundo, pero lo hace con el descaro de explicar detalladamente que son típicamente judías, no propias de los 'actuales' sefardíes; tampoco se priva de asumir como sefardíes, en el sentido explicado, un cuarto de las otras recetas que cita como tales. Ya saben: si buscan información seria, no gasten tiempo ni dinero en la obra referenciada y recuerden que no es 'antisemitismo' rechazar falsificaciones.

DOS EDITORES ESPAÑOLES ARREGLAN EL DESAGUISADO.

Los estudiosos L. Jacinto García y Rosa Tovar Larrucea publicaron en Ediciones Trea (Gijón, septiembre de 2007) una obra que señala el camino correcto para conocer la auténtica cocina sefardí: 'Un banquete por Sefarad. Cocina y costumbres de los judíos españoles (La comida de la vida)'.

Este libro recoge un total de 96 recetas genuinamente sefardíes o de confección 'al modo judaico', excluyendo productos del Nuevo Mundo, llegados después del descubrimiento, en 1492.

Tras detallada y sustanciosa introducción sobre modos de cocinar sefardíes, fiestas que celebraban y la excusa de algunos inquisidores (prácticamente todos judeoconversos, como demuestra Américo Castro; da que pensar) para fastidiar a otros judíos poderosos con la excusa de judaizar en la observancia alimentaria, se expone el recetario, que corre a cargo de la escritora y profesora de cocina Rosa Tovar.

Es importante señalar que los autores, intelectual y culinario, de esta publicación detallan el origen judío, cristiano o musulmán de las distintas recetas adaptadas a la ortodoxia de la comida sefardí, ocasionalmente señalan como fuente algún escrito inquisitorial y no incluyen ni una sola receta añadida por los actuales sefardíes, ya que el libro habla de Sefarad, no de los sefarditas.

UN LIBRO REVELADOR.

El profesor y teólogo aragonés Álvaro López Asensio, investigador del acontecer judío en Aragón, asunto del que ya había editado seis libros con anterioridad, apoyado por el editor Vicente Zalaya (Certeza-Riopiedras, Zaragoza), logró sacar a la luz, a finales de 2018, el monumental libro titulado 'La cocina de los judíos de Sefarad en la Edad Media'.

Alguien podría decir que este libro lo que hace es insistir en lo antedicho, pero no es así, porque la totalidad de las recetas que expone (sesenta y un par de aderezos acompañantes en los platos) procede de actas de juicios inquisitoriales contra conversos acusados de judaizar secretamente. Todo está documentado al detalle -muchos de estos casos tuvieron lugar en Calatayud- y eso le da una fuerza extraordinaria al trabajo y lo hace único.

En algunas ocasiones, he disentido con Álvaro, desde mi óptica de diletante, sobre el origen judío o bereber del cocido, las torrijas de Apicio como antecedentes de los arrucaques o las berenjenas, hipermusulmanas pero utilizadas como indicio de judaización contra los conversos. Y dudo que nos vayamos a poner pronto de acuerdo.

Lo que sí puedo asegurar es que la obra del profesor Álvaro López Asensio es un documento valiosísimo y único sobre la cocina sefardí, cuyas páginas me han enseñado muchísimo. Es una obra que debería estar en sus bibliotecas.

martes, 14 de abril de 2026

El italiano que se llevó la gloria tomatera

(Un artículo de Ana Vega Pérez de Arlucea en el Heraldo de Aragón del 19 de septiembre de 2020)

Uno de los recetarios más ilustres de la gastronomía italiana fue publicado en dos volúmenes separados por dos años. El primero, dedicado en su mayor parte a los platos permitidos en días de carne o grosura, se publicó en Nápoles en 1692 y el segundo, algo más breve y centrado en las recetas de abstinencia, vio la luz en la misma ciudad en 1694. Ambas partes de 'Lo scalco alla moderna' ('El mayordomo moderno') aparecieron en un espacio de tiempo relativamente breve, pero entre una y otra pasó algo muy importante en la vida de su autor, algo que prueba que hace más de tres siglos ya era posible subir a lo más alto del escalafón social gracias al talento para guisar.

Este acontecimiento se reflejó de manera sutil en la edición del segundo volumen, de manera que si fueran ustedes afortunados poseedores de los dos libros de los que hablo podríamos jugar a encontrar las siete diferencias que distinguen los retratos que del artífice del Scalco, Antonio Latini (16421696), aparecen en la primera página de cada uno. En el de 1692 y a la edad de 45 años aparece serio, elegante, con una pomposa peluca e identificado en latín como «Antonius Latinus de Colle Amato» o Collamato, el pueblo de Ancona en el que nació. En el retrato incluido en la siguiente parte de su libro parece mayor y, sobre todo, más digno.

La peluca tiene más volumen, en el brazo izquierdo luce una cruz de Malta y enseña orgulloso su propia obra entre sus manos. Lo importante está sin embargo en la leyenda que rodea su efigie: además de Antonio Latini de Collamato, ahora es caballero de la espuela de oro y conde del sagrado palacio apostólico de Letrán. Caballero, nada menos. ¡Y conde, un simple cocinero!

Latini fue uno de los primeros cocineros-celebridad de la historia, y también uno de los primeros tanto en recibir una distinción nobiliaria como en escribir su propia autobiografía. En torno a 1690 'il signore' Antonio envió a su paisano Francesco Maria Nicolini, clérigo de Collamato que estaba estudiando la historia de su pueblo, un resumen de su apasionante vida. Inédita hasta 1992, la autobiografía de Latini nos descubre a una persona cuyo destino cambió radicalmente merced a su trabajo y esfuerzo en los fogones. De niño huérfano mendigando pan pasó a ser delincuente juvenil en potencia y luego aprendiz rehabilitado, gracias a la confianza de una familia noble en cuya casa entró a servir. Allí aprendió a leer, escribir y cocinar, pero su ansia de aventuras le llevó a buscarse la vida en Roma con apenas 16 años.

En la capital papal supo abrirse camino sirviendo a grandes señores y prelados como el cardenal Antonio Barberini. De ayudante de cocina o camarero pasó poco a poco a puestos de mayor responsabilidad y consiguió finalmente ser 'scalco' o mayordomo, que era quien se encargaba de dirigir el funcionamiento general del servicio de mesa, las cocinas, el abastecimiento de despensa y la organización de banquetes. Por eso su obra se tituló 'El mayordomo moderno o arte de disponer bien los convites, con las reglas más escogidas del oficio enseñadas y puestas en práctica a beneficio de profesores y otros estudiosos', y por eso además de recetas sus 900 páginas incluyen menús, propuestas para decorar las mesas y otros consejos dedicados a quien tuviera una labor tan difícil como la suya: satisfacer a las exigentes élites de su tiempo.

En 1682 nuestro protagonista viaja al sur para entrar a trabajar como mayordomo del español Esteban Carrillo de Salcedo. Era éste miembro destacadísimo del gobierno de Nápoles, regente y decano de su Consejo Colateral, el más alto órgano administrativo y judicial del virreinato napolitano que, no lo olvidemos, entonces formaba parte de la corona española. En el palacio de don Esteban, Latini atiende exquisitamente a su señor y a sus invitados: nobles, altos funcionarios, príncipes, cardenales... incluso al mismo virrey de Nápoles, Francisco de Benavides, conde de Santisteban. Para dar gusto a aquella jerarquía hispanonapolitana el mayordomo tuvo que aprender los usos y costumbres de la mejor gastronomía española, razón por la cual en su recetario figuran innumerables referencias a productos, platos o ademanes 'alla spagnola'.

Con esa misma coletilla aparece en el Scalco la que sin duda es su fórmula más famosa, una 'salsa di pomadoro alla spagnola' que tiene el honor de ser la primera receta conocida de la historia con tomate. Aquel fruto azteca había cruzado el Atlántico desde Tenochtitlán hasta Europa a bordo de las carabelas españolas, y fueron nuestros compatriotas quienes durante los siglos XVI y XVII lo popularizaron en todos sus dominios. Considerado originalmente un alimento peligroso, al tomate le costó lo suyo escalar desde las mesas de los más pobres –sus primeros consumidores– hasta los comedores palaciegos: por eso tardó tanto en asomar en las páginas de un recetario aristocrático.

Latini fue pionero en recomendar el uso de tomates y pimientos en la cocina y por eso se llevó toda la gloria. Nos queda la satisfacción de saber que se inspiró en sabores muy 'alla spagnola' y mucho 'alla spagnola'.

viernes, 20 de junio de 2025

El misterioso Nola toledano

(Extraído del artículo escrito por Ana Vega Pérez de Arlucea en el Heraldo de Aragón del 28 de noviembre de 2020)

Tras la aparición del recetario catalán 'Llibre del Coch' (1520), se editó su versión en castellano con 35 fórmulas de cocina más.

La pujante ciudad de Barcelona fue, hace exactamente 500 años, el lugar donde vio la luz el primer libro de cocina impreso de España. La edición más antigua conocida del 'Llibre del Coch' salió del taller de Carles Amorós un 15 de noviembre de 1520 y cinco siglos después se le han dedicado con razón numerosos artículos, ensayos y una exposición en la Biblioteca de Catalunya. El maestre Robert, cocinero del aragonés rey Fernando I de Nápoles y supuesto autor de esta obra en catalán, tiene aún quien le quiera y quien le quiera bien. Su nombre y su enigmático rastro se han convertido en parte de los cimientos de la gastronomía universal y en motivo de orgullo culinario tanto para unos como para otros.

De él presumen catalanes, aragoneses, napolitanos, españoles e hispanohablantes en general y durante el último siglo se han vertido sobre Robert (o Ruperto, como ustedes prefieran llamarle) y sus recetas infinitos ríos de tinta más o menos documentados.

Ese barullo de información incluye facsímiles cutres, datos que se repiten por internet y también estudios serios y dignísimos que, desgraciadamente, no obtienen la misma relevancia que los titulares que invitan al clic, clic, clic.

La pura realidad es que de Robert, Ruperto o quien quiera que fuese sabemos más bien poco y lo más probable es que el libro que se le atribuye, impreso en 1520, no fuera enteramente escrito por una sola persona. De hecho existen por lo menos dos Robertos, uno de cultura catalanoaragonesa y otro perteneciente a la órbita castellana. Al primero se debe el 'Llibre', la compilación original de 229 recetas mediterráneas con vocación aristocrática y cosmopolita acorde a los gustos de la corte napolitana a finales del siglo XV y en la que se entremezclan sabores de la cocina catalana medieval con otros de origen valenciano, aragonés, veneciano, lombardo, genovés, francés o morisco.

Del segundo Roberto de Nola casi nadie se acuerda, a pesar de que fue quien verdaderamente dio fama al recetario. Este misterioso personaje fue quien introdujo en el libro 35 fórmulas nuevas correspondientes a la tradición culinaria de Castilla y quizás también el autor de la gran ampliación que de los contenidos originales del 'Llibre del Coch' se hizo «en el año del nacimiento de nuestro señor Jesucristo de 1525, a 21 del mes de noviembre».

Se cumplen pues 495 años justos desde la impresión en Toledo, en la imprenta del vecino Ramón de Petras, de la versión (y no traducción literal) en castellano del célebre libro atribuido a Robert. Se tituló 'Libro de cozina compuesto por maestre Ruberto de Nola, cozinero que fue del serenissimo señor don Hernando de Napoles', se publicó a expensas del alcaide de Logroño don Diego Pérez Dávila y posiblemente su impresión fue auspiciada por Carlos V, que se encontraba en Toledo, asistiendo a las Cortes y planificando su futuro enlace con Isabel de Portugal, cuando se terminó de traducir el libro el 8 de julio de 1525.

Potajes, salsas y guisados

En la ciudad imperial se tradujo el texto inicial en catalán, el de 1520, y allí también se corrigió y enmendó para pasar de ser una simple transcripción en la lengua de Castilla a convertirse en una adaptación con contenidos propios. Mientras que el 'Llibre' barcelonés no incluía platos ni mención alguna a la gastronomía castellana, la edición toledana introdujo 35 recetas de esta cocina, un largo prólogo inexistente en la versión catalana y numerosos cambios tanto en la redacción de las instrucciones de cocina como en la parte dedicada a los oficios de la servidumbre, que fueron adaptados a los usos y costumbres de la corte de Castilla.

Tal y como prometía la obra desde su portada, el volumen incluía «muchos potajes y salsas y guisados para el tiempo de carnal y de la quaresma, y manjares y salsas y caldos para dolientes de muy gran sustancia y frutas de sarten y marçapanes y otras cosas muy provechosas» y trataba asimismo sobre el «servicio y officios de las casas de los reyes y grandes señores y cavalleros, cada uno como a de servir su cargo y el trinchante como a de cortar todas maneras de carnes y de aves y otras muchas cosas en el añadidas muy provechosas» (sic).

Es decir, lo mismo servía para aprender a hacer un buen caldo de carne que para convertirse al menos en teoría en el criado perfecto según las expectativas de la alta sociedad castellana de la época, que seguía protocolos diferentes a los de Barcelona o Nápoles.

Queda mucho por averiguar sobre el enigmático Nola toledano, pero de momento sabemos que quiso popularizar las exquisitas recetas de la entonces renombrada cocina catalana y además compartir con el mundo algunos sabores propios de Castilla, prueba de la fusión entre culturas y religiones: de esa mezcla de culturas provienen fórmulas como la cazuela mojí de berenjenas, el escabeche de conejo, los mazapanes y hasta cinco variantes distintas (real, imperial, de ángeles, principal y suave) del famoso manjar blanco, el plato estrella de hace 500 años.

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