martes, 22 de septiembre de 2026

La verdad sobre los ingredientes que llevan las pastillas de caldo: ¿son saludables?

(Un texto leído en El Confidencial del 12 de diciembre de 2023)

Rápidas y con un sabor potente, las pastillas de caldo se utilizan para hacer platos más sabrosos. Viendo su composición es probable que dejes de usarlas. No son nada aconsejables.

Con el invierno, llegan los días de frío y las ganas de tomar un buen caldo caliente que reconforta y entona el cuerpo. Mucha gente, sin ganas ni tiempo de meterse a fondo en la cocina, utiliza las populares pastillas de caldo, ya que su modo de empleo es muy fácil y basta con disolverlas en agua unos pocos minutos para obtener un rico consomé.

Las hay de pollo, de cocido, de verduras, de carne o de pescado y, además de para caldos, también pueden añadirse a los guisos directamente como un condimento, salvándote más de un apuro culinario. Y tienen la ventaja de que son muy económicas, ya que preparar un litro de caldo con dos pastillas solo te costará unos 10 céntimos. Pero ¿te has preguntado alguna vez de qué están hechos estos pequeños cubitos?

Composición de las pastillas de caldo

Para saberlo, lo más sencillo es echar un vistazo a la lista de ingredientes de su elaboración y encontrarás que, principalmente, están compuestas por sal. La siguen el glutamato monosódico (E621), los ribonucleótidos de sodio (E635), el almidón, el extracto de levadura, las grasas saturadas y, al final, ya empiezan a aparecer las verduras, la carne o el pescado. Esto nos da una idea clara de que lo que se está comprando realmente es sal y potenciadores de sabor y muy poco producto bueno.

Para saberlo, lo más sencillo es echar un vistazo a la lista de ingredientes de su elaboración y encontrarás que, principalmente, están compuestas por sal. La siguen el glutamato monosódico (E621), los ribonucleótidos de sodio (E635), el almidón, el extracto de levadura, las grasas saturadas y, al final, ya empiezan a aparecer las verduras, la carne o el pescado. Esto nos da una idea clara de que lo que se está comprando realmente es sal y potenciadores de sabor y muy poco producto bueno.

Como muchos otros productos procesados, las pastillas de caldo llevan glutamato, un aditivo que se utiliza para hacer que el sabor sea más intenso y se estimule el apetito, favoreciendo la obesidad. Por tanto, es un componente que gusta y engancha, ya que es muy sabroso. Sin embargo, no debe suplir la falta de buenos ingredientes y, además, puede provocar dolores de cabeza, presión en las sienes y rigidez en la nuca.

Tampoco podemos perder de vista el contenido real de sal, ya que esta supone el 53% del contenido de cada pastilla de caldo; es decir, 52,9 gramos del contenido. Un valor altísimo, si tenemos en cuenta que la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda no consumir más de 5 gramos al día. En España consumimos una media de 9 gramos. La conclusión es sencilla.

En definitiva, las pastillas de caldo apenas tienen nutrientes, por lo que es más que aconsejable preparar un caldo en casa. El caldo casero es más energético y aporta un 40% más de proteínas que las pastillas. Junto a esto, son una gran fuente de hidratación y una buena solución para personas que necesitan una dieta suave o de adelgazamiento ya que una ración de 250 ml apenas proporciona 22 calorías.

martes, 15 de septiembre de 2026

Del gazpacho a la horchata: origen e historia de los alimentos más famosos del verano

(Un artículo de Ada Nuño en El Confidencial del 6 de julio de 2023)

Todos los platos tradicionales tienen una historia detrás y, por suerte, nosotros contamos con una gastronomía variada para combatir las altas temperaturas.

Lo bueno de tener temperaturas tan extremas (ya sabes, mucho calor en verano, bastante frío en invierno), es que la gastronomía de nuestro país es variada y diversa. Eso nos sirve para alardear de que nuestros platos son especialmente potentes, algo que los españoles solemos hacer con bastante frecuencia (especialmente cuando a cocineros extranjeros como el británico Jaimie Oliver se les ocurre hacer variaciones de nuestros platos tradicionales y nos lo tomamos como una afrenta personal).

En verano hay platos clásicos que nadie suele saltarse. Uno de ellos es, por supuesto, el gazpacho. Aunque de apariencia sencilla, es muy refrescante e ideal para soportar las temperaturas extremas manteniéndote hidratado. Su historia es curiosa, como la de cualquier otro plato que ha sobrevivido al tiempo y ha pasado de generación en generación: es original de Andalucía y, según cuentan, nació con los antiguos campesinos que aprovechaban el pan seco que guardaban de días anteriores, lo estrujaban mezclándolo con ajo machacado, sal, aceite y vinagre.

Después, con la llegada a América, se comenzaron a incorporar otros productos venidos de allende los mares como el pimiento y el tomate. Si bien en un principio los trabajadores eran los que tomaban el gazpacho para poder aguantar las largas jornadas de trabajo, después comenzó a popularizarse entre la burguesía y llegó a otros estratos de la sociedad. Un recorrido habitual para los alimentos, que a veces acaban haciéndose famosos por absoluta serendipia. Si no te gusta el gazpacho siempre puedes tomar salmorejo, que en realidad solo se diferencia del gazpacho en que a este se le añade agua y que el salmorejo cuenta en exclusividad con el tomate, mientras que el gazpacho como hemos visto también añade pepino o pimiento.

Y si no te convence ninguno siempre puedes pasarte al ajoblanco, especialmente popular en Andalucía y Extremadura. Esta sopa fría es, en realidad, predecesora del gazpacho. La aparición de la almendra, su ingrediente estrella, se la debemos a los árabes (aunque los fenicios la habían descubierto en Asia tiempo atrás). Fue gracias a su proliferación que surgió la receta que todos conocemos a base de pan, agua fría, aceite de oliva, almendras crudas, ajo, vinagre y sal.

Otra bebida típica de los veranos españoles es la horchata. Curiosamente, su propio nombre indica que no siempre se hizo con chufa, sino que probablemente en otro tiempo se preparaba con cebada. A pesar de ello, la chufa fue una de las primeras plantas en ser cultivadas por los humanos. De cualquier manera, le debemos esta dulce y refrescante bebida de nuevo a la invasión de los árabes, que fueron los que trajeron la chufa a nuestras tierras y comenzaron a cultivarla en la zona de Alboraya, allá por el siglo XIII.

Y por supuesto, la ensaladilla rusa también suele estar en muchas mesas españolas durante el periodo estival. Lo ruso decora muchos nombres propios sin que sepamos muy bien de dónde viene, desde los filetes a las montañas, pero en el caso de la ensaladilla, aunque no es exactamente así en los países de Putin (ellos usan mucha remolacha), sí que es cierto que algo de verdad hay en todo el asunto.

En varios países este tipo de ensaladilla se llama Olivier, pues debe su fama a un cocinero belga llamado Lucien Olivier que se hizo famoso en Moscú gracias a una ensalada con mayonesa que, en realidad, tampoco había inventado (pero sí popularizó). Aunque le debemos el nombre, ni siquiera existe una única versión en nuestro país, al que llegó hacia mediados de 1800. Pero todos coincidimos más o menos en lo mismo: patatas, zanahorias, guisantes, atún, huevos cocidos y a veces aceitunas, pepinillos, pollo o trocitos de jamón cocido.

Las ensaladas de todas las variedades son el plato estrella del verano, desde la rusa ya mencionada a la campera. El zorongollo (que de nuevo tiene varias vertientes, en Extremadura y en Murcia) es otra ensalada típica con pimiento y tomate asado, muy popular en verano. En muchas ocasiones se utiliza para acompañar a los platos principales de carne y pescado. Todos ellos son platos al gusto del comensal, ideales para degustar antes de un helado y una buena siesta veraniega.

martes, 8 de septiembre de 2026

La historia del ajo, el alimento que condicionó las clases sociales

(Un artículo de Carmen Macías en El Confidencial del 28 de noviembre de 2021)

Para los egipcios, el fruto de esta planta representaba el mundo, así que comerlo simbolizaba la unión de las personas con el propio universo, pero después no siguió siendo así.

Cuenta la leyenda que a Victoria Beckham España le huele a ajo. Sí, sí, todo el país. Es aterrizar en él y le invade el olfato el olor a esta planta. No es un cumplido, sino todo lo contrario. Sería como decir que España apesta, y lejos de ir hacia la metáfora, es tan simple como que para algunas personas el ajo es símbolo de pobreza y vulgaridad que no soportan. Que se mueran los feos, los pobres, que se muera el ajo, o algo así. Según la propia protagonista, nunca dijo tal cosa. Sin embargo, el rumor se repite una y otra vez, como algunos ajos. Cierto o no, la anécdota ilustra de manera simple y reciente la repulsión hacia este fruto desde la que se constituyó la idea de estatus bastante tiempo atrás.

Todo empezó bien con este alimento, muy bien: El origen del ajo se remonta a la Asia Central de hace varios siglos. La especie más conocida hoy en día, Allium Sativum por su nombre científico, procede del Allium Longicuspic, una variedad asiática cuyo cultivo dio lugar al que hoy conocemos como el ajo común. No tardó en extenderse rápidamente por la India y por el mar mediterráneo hasta llegar a Grecia, donde se conoce que era usado con fines curativos para prevenir multitud de enfermedades como el tifus o la cólera.

Para los egipcios, el bulbo de esta planta representaba el mundo: las capas exteriores como los estados del cielo y el infierno, y los dientes como el sistema solar. De manera que comerlo simbolizaba la unión de las personas con el propio universo.

De la bruschetta al pan de ajo

En el sur de Italia, las plantaciones de ajo comenzaron a crecer y a crecer. Durante la Edad Media, la zona ya era conocida por sus recetas con el ajo como uno de los principales ingredientes. Su abundancia lo convirtió en un indispensable en las despensas y alacenas de las casas. Surgió entonces uno de los platos estrella de la cocina italiana, la bruschetta, a la que a partir del siglo XVI incorporaron tomates y albahaca de América.

El pan de ajo que en la actualidad sirven en cualquier restaurante más o menos italiano al que vayas proviene de aquella bruschetta, de la "bruschetta alla romana" para ser exactos. "Brusciare" significa tostar: pan tostado untado con ajo y rociado con aceite y sal. Una auténtica delicia que esconde una historia de clase y racismo.

De la misma forma que se cubre con capas a sí mismo, al ajo lo cubrieron de connotaciones que tenían un claro componente geográfico (determinado por la clase social que conformaba la tierra). El sur del país, relativamente más empobrecido que las áreas del norte, utilizaba más este alimento precisamente porque su cultivo se adecuó a aquellas tierras. Para poder comer ajo manteniendo el sentimiento de superioridad, los chefs de los aristócratas idearon un truco: el ingrediente "ennoblecedor". Ryleigh Nucilli apunta en 'Atlas Obscura' que para hacer que el ajo y otros ingredientes estigmatizados fueran socialmente aceptables, los cocineros de la época combinaron el ajo con alimentos más bien vistos: carnes, especias caras y quesos añejos. "Estos, por mera proximidad, realizaban una suerte de alquimia gastronómica que permitía al ajo desprenderse del hedor de la pobreza y aparecer en las mesas de los nobles", dice Nucilli.

El horror de las élites

Asimismo, según recoge Livia Gershon en 'Jstor', un estudio de 1898 de Alfredo Niceforo, un estadístico conocido por su defensa del racismo científico, sostenía que la gente del sur de Italia "es todavía primitiva, no completamente evolucionada".

Mientras las diferencias de clase se iban adhiriendo al sistema social que dispusieron las élites, en Italia el ajo se tornó estigma. En un libro de cocina de 1891, explica Gershon, Pellegrino Artusi describe a los antiguos romanos dejando el este alimento "a las clases bajas, mientras que Alfonso el Rey de Castilla lo odiaba tanto que castigaba a cualquiera que se presentara en su corte con una pizca de este en su aliento". De hecho, Artusi instaba a sus lectores, la clase alta, a superar su “horror” de cocinar con ajo usando solo un poco.

“Lo que llama la atención es la frecuencia con la que este discurso de clase y raza sitúa en el centro la comida maloliente dentro de una representación más amplia de la suciedad y el olor atribuidos al cuerpo así como al medio ambiente”, subraya al respecto Rocco Marinaccio en su estudio 'Garlic Eaters: Reform and Resistance a Tavola'.

La movilización de las normas de limpieza

De repente, a través del ajo una situación involuntaria no solo atravesaba la vida de las personas en forma de experiencia, sino desde la condición misma que no entiende de esta. Para las clases adineradas, la pobreza huele mal por naturaleza.

"La movilización de las normas de limpieza para un buen olor es una parte esencial del proyecto para el control más profundo llevado a cabo por grupos y élites económicas contra las poblaciones empobrecidas y minoritarias"

En 'Offensive Bodies', Alan Hyde escribe que los "grupos étnicos odiados" y los "extranjeros" son percibidos con frecuencia por las clases altas como personas con “olores distintos” y que "la movilización de las normas de limpieza para un buen olor" es una parte esencial del "proyecto para el control más profundo llevado a cabo por grupos y élites económicas contra las poblaciones empobrecidas y minoritarias".

Entre 1880 y 1924, aproximadamente cuatro millones de italianos emigraron a Estados Unidos. Por supuesto, cargaron con el fuerte cliché que marcaba sus vidas en su propio país, ahora con el añadido de llegar a un lugar nuevo, de representar el peligro que suscita lo distinto. "Cuando llegaron a América, los italianos intentaron recrear la cocina de su tierra con ingredientes locales. Fue así como Estados Unidos conoció la pizza, los espaguetis, las albóndigas, y el pan de ajo".

Un alimento apreciado y odiado

En el caso del pan de ajo, su historia es peculiar: cuando comenzaron a prepararlo, en EE. UU. aún no existía el aceite de oliva, por lo que la única alternativa para los italianos emigrados fue la mantequilla. Del mismo modo, el pan más común y económico era la baguette francesa. Aquella versión dio lugar a nuevas versiones. A partir de 1940, el país norteamericano comenzó a llenarse restaurantes italoamericanos que ofrecían pizza, pasta y pan de ajo. La cocina italiana fue tomando popularidad en la calle, pero la marca seguía instalada en la mentalidad de toda una sociedad.

Los italianos que habían emigrado adoptaron en el nuevo país los sabores distintivos y cargados de ajo del sur de Italia como una manera de situarse en sí mismos, una especie de cobijo en el exilio a través del orgullo étnico. En la actualidad, es impensable pensar en la cocina italiana sin pensar en el ajo. En general, es impensable imaginar la cocina sin ajo.

Sin embargo, todavía en el siglo XXI los alimentos de olor fuerte a menudo siguen siendo un detonante para burlas hacia inmigrantes de muchos países. Mientras tanto, algunos en Italia como el ex primer ministro Silvio Berlusconi, todavía entienden este ingrediente como un insulto a la sociedad educada, o la sociedad inodora.Foto:
            Fuente: Duke University Archives - Flickr

martes, 1 de septiembre de 2026

Sándwich Strammer Max: el desayuno más 'vigoroso'

(Un texto de Javier Rada leído el 23 de agosto de 2026 en publico.es)

Dicen que el desayuno es la comida más importante del día y los alemanes bien lo saben con esta deliciosa y contundente elaboración. 

Ingredientes (2 personas):

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