domingo, 19 de mayo de 2019

Una dieta para lucir una piel envidiable


(Un texto de S. Vivas en la revista Mujer de Hoy en el 25 de agosto de 2018)

Para lucir una piel envidiable tienes que fijarte muy bien en lo que pones en tu plato. Descubre la alimentación que se convertirá en tu mejor rutina de belleza. 

Una piel luminosa, hidratada, sin arrugas… Estas características por los que todas suspiramos están al alcance del plato porque son, en realidad, síntomas de que nuestra dieta está aportando a la piel todo lo que necesita para lucir su mejor aspecto. Nos guste o no, somos lo que comemos y si nuestra alimentación está bien equilibrada y la ingesta de nutrientes es la adecuada, el beneficiario más evidente será nuestro rostro.

A grandes rasgos, la dieta óptima para conseguir este objetivo debe incluir una amplia selección de frutas y verduras, pescado azul y legumbres, y ser baja en azúcares libres, grasas trans y alimentos procesados. "Lo más importante para la piel (y para tener salud) es llevar una alimentación equilibrada y por supuesto variada y si seguimos esta idea, la piel será un buen reflejo de ello", explica la doctora Marta Villarino Sanz, dietista-nutricionista y miembro del Colegio Profesional de Dietistas-Nutricionistas de la Comunidad de Madrid (CODINMA). Con ayuda de esta experta, repasamos los factores que harán que tu piel esté deslumbrante.

AGUA Y GRASA PARA UNA PIEL FLEXIBLE
Empecemos por la base: la hidratación. "Una buena hidratación juega un papel relevante, por lo que hay que ajustar la cantidad de agua a las recomendaciones de cada grupo", asegura la doctora Villarino Sanz. Entonces, ¿cuánto hay que beber? Pues no te tortures intentando ingerir sin ganas ocho vasos de agua al día, porque, si eres una persona sana, puedes beber solo cuando tengas sed. El otro aspecto imprescindible para la flexibilidad de la piel, además de la hidratación, es la grasa. Pero no todas las grasas son iguales, y las que más benefician a tu cutis se suelen esconder en productos vegetales como el aceite oliva virgen extra, las semillas, los frutos secos crudos y el aguacate. Un truco que solo funciona si, además, reduces la ingesta de las grasas perjudiciales (las trans) y no te dejas llevar por el entusiasmo al aliñar tu ensalada. Porque puede que el aceite de oliva Virgen extra contenga ácidos grasos que forman parte de la membrana de las células y posea Vitamina E, un antioxidante y antiinflamatorio que mejora la cicatrización, "pero de nada sirve bañar una ensalada en aceite y pensar que, como es una grasa adecuada, me estoy cuidando. Hay que moderar las raciones a la cantidad recomendada. Un consumo excesivo de grasa puede ocasionar alteraciones en la capa más superficial de la piel", asegura la experta.

En tu despensa
Si hablamos de grasas buenas, no podemos olvidar las que aporta el pescado azul, que nos facilita ácidos grasos omega 3 de cadena larga (los famosos DHA y EPA), capaces de mantener en buen estado las membranas celulares e indispensables para resolver los procesos de inflamación. Una piel sin suficientes omega 3 está apagada, seca y es más vulnerable a las agresiones exteriores.

PROBIOTICOS PARA UN CUTIS LUMINOSO
Si la composición de la microbiota intestinal (las bacterias que residen en el intestino) no es equilibrada, puede aumentar la presencia de algunas toxinas bacterianas que favorecen la inflamación en distintos tejidos. La piel es uno de ellos. Pero cambiar este riesgo es fácil si llevamos una dieta que nos ayude a mantener a los microorganismos intestinales que más nos favorecen (y embellecen) y conseguimos restablecer ese equilibrio entre bacterias beneficiosas y problemáticas. Para lograrlo, los probióticos son un arma poderosa. Estos alimentos contienen de forma natural bacterias beneficiosas que ayudan a que prospere la flora intestinal más beneficiosa para el organismo, porque facilita la absorción de los nutrientes en el intestino. Ya sabes: una flora microbiota intestinal variada y sana te hará estar con el guapo subido.

En tu despensa
No puede faltar el yogur. "Los probióticos, en especial el yogur, ayudan mantener la salud de la piel. Esto es debido al aporte de vitaminas, sobre todo las del grupo B, que ayudan a la regeneración de los tejidos, así como de proteínas que tienen el mismo cometido. Durante el verano, esta necesidad se ve incrementada debido al aumento de la exposición solar que hace sufrir a la piel", afirma la doctora Villarino Sanz.

VITAMINA C PARA UNA PIEL JOVEN
Un estudio publicado en el American Journal of Nutrition nos ha dado una pista de lo que no hay que comer si queremos prevenir arrugarnos antes de tiempo: grasas (de las malas) e hidratos de carbono procesados. El mismo estudio también ha comprobado que las personas que siguen una dieta rica en vitamina C reducen el envejecimiento cutáneo gracias a que este micronutriente es un cofactor imprescindible para la producción de colágeno. Pero de poco te servirá beber sin parar zumo de naranja, si no lo combinas con dormir bien. "Realizar un buen descanso es básico para mejorar la recuperación de los tejidos y fijar los nutrientes", advierte la experta.

En tu despensa
Entre los alimentos con más alto contenido en vitamina C destacan las naranjas, el kiwi, las fresas, la granada, las grosellas y la papaya. Además de cuidar tu dieta, debes tener en cuenta que no está de más evitar los tres factores que, objetivamente, más envejecen: el alcohol, el tabaco y el abuso en la exposición al sol.

COLORES INTENSOS PARA EL BRONCEADO
Las frutas y verduras más ricas en pigmentos son las que más protegen a la piel del daño solar. Sus colores esconden unos antioxidantes naturales llamados carotenoides que, además de reforzar la función de barrera de la dermis, alteran su coloración El betacaroteno, el licopeno y la luteína pertenecen a esta familia: viajan hasta la dermis y son capaces de absorber los rayos ultravioletas del sol, al tiempo que reducen el enrojecimiento (aunque esto no signifique que te puedas olvidar del fotoprotector). Entre los alimentos más interesantes para incluir en tu dieta se encuentran las zanahorias, el tomate, la sandía, la papaya, el albaricoque, el pomelo rosado y los pimientos.

En tu despensa
Además de reforzar tu ingesta de frutas y verduras durante el verano, existe otro antioxidante que ayuda a proteger la piel de las agresiones solares del que necesitas unos buenos niveles: el zinc. Este mineral contribuye al buen estado de las células cutáneas y una deficiencia en sus reservas, por pequeña que sea, provoca una alteración en la producción de colágeno. Lo encontrarás en las ostras, la carne, los cereales integrales y el germen de trigo.

Aceite de coco, alga spirulina, chorella … ¿merece la pena probar?
De la mano de las celebrities, cada poco tiempo se pone de moda un superalimento que nos promete estar más sanos, más delgados y a salvo de todo tipo de problemas dermatológicos. ¿Merece la pena recurrir a estas novedades para cuidar la piel? "Estos alimentos pueden resultar interesantes, pero no debemos caer en ciertas modas que nos hagan abandonar buenos hábitos que ya están arraigados en nuestros paladares. Es importante que convivan todos y que consultemos con un profesional titulado y formado en la materia en caso de padecer alguna patologia para saber si podemos consumir con libertad estas sustancias nuevas ya que, por ejemplo, su consumo puede provocar interacciones con algunas medicaciones incluso comprometiendo su absorción", advierte la doctora Villarino.

miércoles, 8 de mayo de 2019

El arroz a la valenciana

(Un texto de Ana Vega Pérez de Arlucea en el Heraldo de Aragón del 19 de enero de 2019)

Este plato, precursor de la famosa paella, ya era conocido en todas las regiones hispanohablantes hace más de 200 años.

La supremacía actual de la paella como plato español más conocido en el ancho mundo nos hace olvidar a veces otras recetas que, siendo originarias también de la península ibérica, conquistaron el globo a base de hispana sabrosura. Desde el manjar blanco medieval hasta la olla podrida barroca, pasando por el chocolate a la taza, el bacalao a la vizcaína o un antepasado de la mismísima paella: el arroz a la valenciana.

No teman, que no hablaremos aquí de ingredientes que sí o ingredientes que no, ni de otras paelleras y peliagudas cuestiones. Trataremos pacíficamente del auténtico arroz con cosas que, vinculado ya fuese íntima o remotamente con Valencia, se dio a conocer con el sobrenombre de ‘a la valenciana’ desde el siglo XVIII en tierras tan lejanas del Turia como México, Puerto Rico o Filipinas. Mucho antes de que empezara a usarse la palabra paella (cuya primera referencia escrita es de 1843) existió ya en las zonas productoras de arroz del Levante español un modo peculiar de cocinar este cereal.

Más que en una receta concreta consistía en un procedimiento que dejaba los granos de arroz cocidos a la vez que sueltos. Sobre este método "para que el arroz a la valenciana salga como le hacen aquellos naturales", escribió en 1818 Francisco de Paula Martí Mora (1761-1827) un capítulo acerca del cultivo y uso del arroz con el que contribuyó a la reedición actualizada de la ‘Agricultura General’ de Alonso de Herrera: "Los valencianos tiene la vanidad, a mi parecer bien fundada, de que nadie ha llegado a saberle condimentar mejor que ellos, ni de más diferentes modos, y es preciso concederles la preferencia, pues con cualquier cosa que lo guisen sea de carne, de pescado o con legumbres solas, es sin duda un bocado sabroso, y tanto mejor cuanto más sustancia se le echa. Nada tiene de extraño que los valencianos hayan llegado en esta parte a un grado de perfección, desconocido en las demás provincias, por ser el alimento casi exclusivo con que se mantienen, particularmente la gente que no tiene grandes facultades, y han estudiado con este motivo los medios de hacerle más grato al paladar. En todas partes han querido imitarlos, y para esto lo suelen dejar a medio cocer, llamándolo equivocadamente arroz a la valenciana, persuadidos de que aquellos naturales lo comen casi crudo, por haber observado que los granos cocidos quedaban enteros y separados en los guisos valencianos. Pero el misterio de este bello resultado no consiste más que en saber proporcionar la cantidad de caldo o agua a la de arroz que guisan, de modo que quede bien penetrado al mismo tiempo de haberse consumido".

Procedía entonces Martí a explicar un sistema algo lioso –aunque según él infalible– basado en plantar una cuchara de madera en medio del recipiente con el arroz y echar tanto caldo como fuera necesario para que ésta se sostuviera de pie sin moverse. La demás circunstancia del condimento (es decir, los ingredientes) quedaban "al arbitrio del que lo guisa y será tanto mejor cuanto más delicada la sustancia que contenga". Quedamos entonces en que el arroz a la valenciana, así denominado, implicaba una técnica desarrollada en Valencia para conseguir un arroz completamente hecho, sabroso, suelto y sin caldo. Como tal, seguramente fue antecedente directo de la canónica paella actual e incluso consistió en la manera habitual de denominarla en castellano antes de que paella saltara al ruedo del léxico popular a finales del siglo XIX.

De la popularidad del arroz valenciano y de su preparación a la ídem dan fe las múltiples veces en las que nos los encontramos si echamos un ojo a documentos del siglo XVIII. Aparecen por ejemplo en 1789 en una contrata de los cocineros de la Casa Real, estipulándose en ella el arroz a la valenciana como uno de los tres platos de la vianda del infante don Carlos (hijo del rey Carlos IV), quien con 21 meses de edad y además de la leche del ama de cría recibía arroz, huevos pasados por agua y albondiguillas de rana. Su madre María Luisa de Parma debió de ser otra amante del arroz a la valenciana, porque igualmente figuró este plato en el menú que diariamente se ofrecía a la reina con dos sopas, cuatro primeros, cocido, pichones asados y buñuelos.

Primer documento

La primera receta de arroz a la valenciana la encontramos en ‘Avisos y instrucciones per lo principiant cuyner’, un recetario franciscano catalán del primer tercio del XVIII en el que se explica cómo hacer un arroz muy sencillo al modo valenciano (seco) con ajos y perejil y su versión a la catalana, más caldosa. Gracias quizás al intercambio cultural entre distintos conventos de la orden franciscana y a los viajes que hacían muchos de sus misioneros entre América y España aparece un curioso arroz a la valenciana en el ‘Libro de cocina del hermano fray Gerónimo de San Pelayo’, manuscrito creado en el convento de San Fernando de Ciudad de México en el año 1780. Esta fantástica prueba del éxito global de las recetas y productos españoles reza así: "Lavado el arroz ponlo a cocer con agua y sal, espúmalo. Fríe aparte ajo, cebolla y jitomate y échaselo dentro con pimienta, azafrán y clavo, también le puedes echar unos ajos quemado en aceite".

Expansión por el mundo

Efectivamente, se parece a una paella como un huevo a una castaña, pero resulta entrañable que hace ya 240 años la fama de nuestro arroz llegara a otros continentes. Y apriétense ustedes los machos, porque la receta impresa más antigua de este tipo de arroz también apareció a miles de kilómetros de la Albufera, concretamente en el mexicano ‘Novísimo arte de cocina o escelente colección de las mejores recetas’ (sic) de 1831. El arroz a la manera de Valencia llegó con los inmigrantes españoles a todos los rincones del globo, adaptándose a los diferentes ingredientes que encontraba a su paso y dando pie a interpretaciones guatemaltecas, colombianas, portorriqueñas, nicaragüenses o filipinas. Ante tanta riqueza, qué importa que no se parezcan a lo que nosotros creamos genuinamente valenciano. Sintámonos orgullosos de haber dejado huella, grano a grano de arroz.



miércoles, 10 de abril de 2019

Cocinando el bacalao

(Un texto de Alejandro Toquero en el Heraldo del 19 de enero de 2019)

Para cocinar este pescado no hace falta ser un gran experto, aunque hay trucos que siempre ayudan.

El bacalao es un pescado versátil y fácil de cocinar. No hace falta ser un experto para que el resultado final sea óptimo. Esto, al menos, es lo que cree el cocinero y propietario del restaurante La Senda, David Baldrich. Él tiene unos cuantos trucos de cocina y sugerencias a la hora de trabajarlo.

La tendencia a dejarlo seco es una de las que conviene evitar. Para ello, aconseja no cocinarlo a una temperatura muy alta. "Lo ideal son 65 grados; en ese punto es en el que se empieza a abrir y se hace bien". En los guisos, lo que recomienda es incorporarlo al final, prácticamente con el calor residual, y no al principio.

Con este pescado, especialmente, hay que tener en cuenta los diferentes despieces, ya que no es lo mismo el lomo que la ventresca; además, los tiempos y las elaboraciones también pueden variar en función de que sea fresco o desalado.

Precisamente, el primer truco que ofrece David está relacionado con el tiempo de desalado, que en función del grosor y de la sal del pescado puede durar hasta 72 horas teniendo que cambiar varias veces de agua. "Una alternativa interesante es cubrir los trozos con leche tibia, añadir tres dientes de ajo y dejar a temperatura ambiente durante aproximadamente tres horas". A su juicio, "pierde un poco de textura, pero el resultado es muy digno".

El segundo consejo está relacionado con esta afirmación: "Es uno de los pescados que mejor queda al microondas". Tan sencillo como colocarlo en un bol con un poco de aceite, taparlo con film transparente, y tenerlo a máxima potencia durante tres minutos. También se puede utilizar un táper para microondas.

Para la receta que muestra en esta página ha preparado un sencillo acompañamiento: un sofrito de pimientos rojo y verde, cebolla y ajo, añadiendo una cucharada al bacalao para que coja sabor durante la cocción. Por último, con el caldo que ha soltado el pescado ha elaborado una mahonesa con huevo y aceite de girasol que napa por encima y que recuerda al bacalao al pil-pil.

El último truco es más divertido que práctico: cocinar el bacalao en el lavavajillas. Tal y como ya ha apuntado el chef de La Senda, la temperatura de 65 grados es la idónea para trabajar este pescado, más o menos la de los programas habituales de lavado. "Durante el mismo, el pescado hay que ponerlo en su interior en un tarro o táper herméticamente cerrado; yo lo he probado con una bolsa de vacío y el resultado es muy aceptable".

Igualmente se puede añadir una cucharada de salsa ya preparada para que el bacalao absorba bien su sabor. Eso sí, insiste en que el recipiente tiene que quedar perfectamente sellado porque, de lo contrario, el experimento será un fiasco.

domingo, 7 de abril de 2019

‘Curries’, un mundo de sabor

(La columna de Carlos Maribona en el XLSemanal del 17 de junio de 2018)

Los ingleses, tras su experiencia colonial en la India, empezaron a llamar curry a todo plato picante, pero en realidad el curry es una mezcla de especias, con sabor y aroma intensos, que se emplea para guisar carnes y pescados. En contra de la creencia general, no todos los curries tienen que ser picantes, aunque la mayoría lo sean.

Como se emplean ingredientes diferentes para cada producto, no se puede hablar de curry, sino de curries, con una gran variedad de sabores y puntos de picante. Las cocinas de la India y Tailandia son las que más los emplean.

En la primera están aromatizados con especias más tostadas y secas y resultan algo más pesados, mientras que en la tailandesa se incorporan chiles, hierbas y hojas que los hacen más ligeros, frescos y delicados. Además, los tailandeses suelen incorporar crema de coco, que les aporta un característico sabor dulce y acre. Como acompañamiento, en todos los casos, el arroz blanco cocido ayuda a suavizarlos.

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martes, 26 de marzo de 2019

‘Speakeasies’. La contraseña, por favor


(Un texto de Ixone Díaz Landaluce en el XLSemanal del 17 de enero de 2016)

En los años veinte, la Ley Seca puso de moda los 'speakeasies’ en Estados Unidos. Ahora, aquellos bares clandestinos resurgen en locales exclusivos que, a menudo, requieren de santo y seña. 

No hay letrero en la puerta ni evidencia alguna de que haya actividad en su interior. Unas veces están situados en los bajos de un callejón oscuro. Otras, en el almacén de un restaurante o una librería. Y, cuando por fin se encuentra el acceso secreto (a menudo gracias al chivatazo de algún parroquiano fiel), hay que facilitar una contraseña para acceder a su interior. Así son los speakeasies, los bares clandestinos que están arrasando en las capitales de medio mundo.

En realidad, estos locales nacieron en los años veinte con la aprobación de la Ley Seca y operaron hasta 1933, cuando por fin se derogó la norma en Estados Unidos. En su interior se servía alcohol (ilegal, por supuesto, y generalmente suministrado por las mafias) y se alternaba. Se convirtieron en espacios icónicos en los que siempre sonaba jazz y reinaba un ambiente de clandestinidad que le profería un puntito de morbo e irreverencia al asunto. Eso sí, las peleas y los escándalos estaban prohibidos. De hecho, los camareros pedían a los clientes que «hablaran bajito» (speak easy) por si algún policía vestido de paisano se había colado en el local y les arruinaba el negocio.

Y ahora, más de 80 años después de que dejaran de tener sentido, su espíritu ha renacido. Sin el alcohol ilegal, pero intentando recrear la sensación de clandestinidad, los speakeasies modernos son la enésima vuelta de tuerca al bar de toda la vida para atraer a la clientela más urbanita, cool y pudiente. Basta con una entrada secreta (camuflada, por ejemplo, tras la fachada de otro negocio) o una contraseña que sirva de salvoconducto a un local de atmósfera íntima y decoración detallista. Algunos incluso esconden las botellas de alcohol debajo de la barra como solía hacerse en la época de la prohibición. Lo habitual es que ofrezcan una buena carta de cócteles y un barman habilidoso, pero algunos de estos locales también sirven comida o acogen actuaciones y música en directo.

Nueva York es, sin duda, la capital mundial de los speakeasies. Pero la mayoría de ellos ya tienen poco de secretos y sus cuentas en Twitter, Facebook o Instagram echan humo. De hecho, muchos son inaccesibles sin una reserva previa. Otros, en cambio, se lo toman más en serio y cada cierto tiempo cambian su número de teléfono. Algunos de los más populares son 2nd Floor on Clinton, un bar escondido dentro de otro bar en el Lower East Side, o Apothéke, un antiguo fumadero de opio en Chinatown. En Londres también se han puesto de moda: desde el elegantísimo Nightjar hasta Evans and Peel Detective Agency, un local encantador escondido en un sótano. Pero también son tendencia en Buenos Aires (como Frank's, en el barrio bonaerense de Palermo), Sídney, Berlín o Los Ángeles.

LÁ VERSIÓN PATRIA. En España, la clandestinidad solo ha llegado de momento a Madrid y Barcelona. Pero en nuestro país los speakeasies son diferentes. Para empezar, fieles a su naturaleza secreta, no son fáciles de localizar, pues algunos ni siquiera tienen presencia en Internet o en las redes sociales. Tampoco es fácil contactar por teléfono. En cambio, confían en el 'boca-oreja' para seguir siendo tan íntimos como exclusivos. Además, la versión patria de estos locales va mucho más allá de los bares especializados en cócteles: algunos son restaurantes secretos, otros sirven brunch los fines de semana o están especializados en tés y tartas. En Barcelona, Mutis (una coctelería selecta con música en directo en el Eixample) y Chi-ton, un restaurante camuflado en una tienda de souvenirs al que se llega a través de un ascensor secreto, se han convertido en un pequeño mito en la Ciudad Condal.

EL ENCANTO CLANDESTINO. En Madrid, algunos de los locales más clandestinos son Junk Club (un espacio de aire kitsch en los bajos del restaurante La Musa, en la Latina) o Arquibar, que primero fue una imprenta y Juego un estudio de arquitectura en Conde Duque. Ahora es un lugar de culto pata los amantes del brunch de fin de semana. En este bistró de clientela eminentemente femenina se organizan encuentros de intercambio de idiomas, tertulias y sesiones de manicuras más gin-tonic. Algunas marcas comerciales también se han apuntado a la moda. Es el caso de El jardín Secreto de Salvador Bachiller, situado en la terraza del edificio de la calle Montera. «Se trata de un espacio para hacer un alto en el camino mientras se hacen compras», explica Cristina de la Cruz, responsable de social media de la casa de complementos. Otros, como Kikekeller, en Malasaña, son un speakeasy casi por accidente. «Empezamos siendo una tienda-galería donde exponíamos nuestros diseños y organizábamos exhibiciones», explica Celia Montoya, socia de Kikekeller. Y se les ocurrió abrir un local en la parte trasera del local. Ese es, precisamente, el espíritu de los speakeasies: lo exclusivo de lo inesperado, el encanto de lo clandestino.

Algunos garitos:
En Madrid: KIKEKELLER. www.kikekeller.com
En Barcelona: SPEAKEASY BCN. www.speakeasy-bcn.com
En Londres: PURL. www.purl-london.com
En Nueva York: BATHTUB GIN. www.bathtubginnyc.com
En Berlín: REINGOLD. Cms.reingold.de
En Los Ángeles: LA DESCARGA. www.ladescarga.com (con cita previa)
NO VACANCY
DIRTY LAUNDRY
En Sídney: THE BARBER SHOP. www.thisisthebarbershop.com

martes, 19 de marzo de 2019

Fuentes básicas de la cocina y la alimentación andalusí

(Un texto de Francisco Abad Alegría en el cuaderno digital del 5 de septiembre de 2018 - elcuadernodigital.com)

Aunque hay copiosa bibliografía sobre el tema que nos ocupa, el estudioso de la nutrición y la cocina andalusí debe centrar la búsqueda en pocas fuentes de gran confiabilidad.

Este artículo comenta contenidos y autores de las principales fuentes para el estudio de la cocina y dietética andalusí entre los siglos XII y XIV.

Hace poco tiempo, apareció un resucitado plato sefardí con descripción en un periódico de gran tirada nacional.[1] Se atribuía patente de autenticidad a un sencillo preparado en el que descollaba el empleo de tres productos: solomillo de cerdo, patata y cacao en polvo. Como suena. Por la misma época encontré, también en una publicación de ámbito nacional, un publirreportaje sobre un nuevo restaurante andaluz que practicaba, decía, la cocina andalusí auténtica siguiendo recetarios clásicos del siglo X, que no consigo localizar editados.[2] Dos sangrantes ejemplos para centrar el tema en la actual cultura sitiológica española.

Los judíos estuvieron mucho tiempo por nuestras tierras, dejando apreciable semilla humana y cultural, no tanto culinaria, pero los moros (mauri en la terminología clásica, en absoluto despectiva) también anduvieron por aquí y no como súbditos más o menos asimilados, sino como amos y señores. A partir del año 711 y hasta 1492, el islam se adueñó de la Hispania estructurada por Roma y consolidada por los dirigentes visigodos. Y esos mauri dejaron profunda huella en todos los ámbitos de la vida, de los que la cocina es un elemento en la trinidad cultural: lengua, cocina y arte, por este orden.[3] Las guerras que agrupamos en la práctica en el concepto de Reconquista (que no se acepta explícitamente como tal hasta pasado un tiempo de la réplica iniciada en Covadonga) fueron el elemento dialéctico que acabó de conformarnos como ente nacional, polimorfo y cronológicamente deslizante a lo largo de casi ocho siglos.

El dominio hegemónico musulmán fue determinante en la historia que nos conforma, por tanto también en la vertiente culinaria y nutricional que aquí se considera. Aún hoy muchas personas atribuyen sin matices a los árabes algunos guisos poco comunes o ciertos productos comestibles, sobre todo especias, despachando airosamente la ignorancia compartida y el exotismo asumido y omitiendo que buena parte de las recetas atribuidas a los andalusíes son adaptación de cocinas clásicas grecorromanas que ya habían influido en la cultura culinaria de la Hispania preislámica

Las fuentes y su utilización

Aunque hay copiosa bibliografía sobre el tema que nos ocupa, el estudioso de la nutrición y la cocina andalusí debe centrar la búsqueda en pocas fuentes de gran confiabilidad, en un empeño estrictamente sitiológico; la labor de investigación, cata bibliográfica, traducción crítica y contextualización de los textos nucleares la han hecho pocos sabios que con ardua y meritoria labor han devuelto a la vida las joyas culinarias andalusíes. Ahora ya tenemos la posibilidad de aprovechar su esfuerzo para hablar de una importante parte de nuestro patrimonio común en el campo de la cultura culinaria.

Habrá que aclarar a algunos lectores poco familiarizados con el tiempo que nos ocupa que trabajamos sobre un fondo interdigitado; un lago común de conocimientos que no se entienden aisladamente y no responden al actual concepto de autor, lo que explica la existencia de copias literales de algunos documentos en partes de otros y también la casi sistemática omisión de cita de fuente y autor, especialmente en tratados de hisba (oficios y funciones) y dietético-médicos.

Fuentes mayores

No parece excesivo denominar así a los tratados que se mencionan a continuación, puesto que proveen las informaciones más importantes sobre cocina, alimentación y dietética andalusí; ensayos monográficos, tesis doctorales y comunicaciones en revistas especializadas y congresos beben de tales fuentes. Se da también alguna noticia sobre los autores, acto de justicia especialmente en este tiempo que huye del aprecio por el esfuerzo constante y la investigación no directamente aplicada y remunerada.

Históricamente, el primer gran tratado de cocina andalusí almohade que se puso a disposición del estudioso, traducido al español, fue este anónimo. Se trata de un manuscrito acéfalo, ápodo y anónimo, actualmente en la Biblioteca Nacional de Francia. Las referencias internas sitúan el manuscrito en el primer tercio del siglo XIII y la copia del manuscrito, de grafía magrebí, es de 1604. Es la única publicación de cocina andalusí situada en la época, asociada en temática y esquema al libro oriental de Al-Bagdadí, Kitab al-tabij, de 1226.

El Dr. Ambrosio Huici Miranda edita inicialmente el manuscrito en una revista de estudios islámicos de Madrid[4]  y posteriormente, ya como libro, apoyado por el Ayuntamiento de Valencia, en 1966.[5] Esta edición tuvo una difusión relativamente restringida, limitada a ambientes universitarios y eruditos. La editorial Trea tuvo la feliz idea de encomendar la reedición, con importante aparato crítico, a la Dra. Manuela Marín Niño, publicándola en 2005.

Huici Miranda (Huarte-Pamplona, 1880; Valencia, 1973) fue jesuita, formado en Beirut en lenguas orientales y árabe. Secularizado, retornó a España, haciendo el doctorado en filosofía y letras en 1908, y ocupó la cátedra de latín del Instituto de Enseñanza Media de Valencia. Tras la guerra civil, represaliado por su adscripción republicana, es depuesto de la cátedra y posteriormente rehabilitado. A partir de los años cincuenta del pasado siglo, se dedica a la investigación arabista, relacionándose con los más afamados colegas del mundo.

La Dra. Manuela Marín Niño (Madrid, 1946) es una de las más importantes arabistas de la España contemporánea, dedicándose fundamentalmente al estudio de la vida cotidiana, cocina y alimentación en la España musulmana y a la vida colonial en Marruecos. Es doctora en Filosofía y Letras, profesora de Árabe de la Universidad Complutense de Madrid y finalmente Profesora de Investigación del CSIC y su vida intelectual sigue fecundamente activa.

El segundo recetario importante de que disponemos en la actualidad es el de Ibn Razin. En 1960, el Dr. Fernando de la Granja Santamaría defiende su tesis doctoral, traduciendo y estudiando el libro de Ibn Razin; su tesis fue objeto de publicación parcial,[6] reducida a 26 recetas sobre el total de 428 del libro. El libro de Ibn Razin está unido a la sedimentación de la cambiante vida del autor. Nacido en Murcia (¿1227-1229?), recibe sólida formación humanística, jurídica y religiosa. En 1243, incorporada Murcia a la Corona de Castilla bajo pacto de vasallaje, el deterioro de las condiciones de vida para la población musulmana empuja a Ibn Razin a Ceuta, acogido por un juez,  primo y tutor.  Marcha a Bugía, estudiando con afamados maestros. En 1259 se traslada a Túnez, donde ejerce la docencia, falleciendo en 1293. Su obra, redactada tardíamente como una especie de vademécum o repertorio, recoge tanto fuentes andalusíes como magrebíes y orientales, lo que suele quedar explícito en el propio texto.[7]

El Dr. Fernando de la Granja Santamaría (Madrid, 1928-1998) fue notable arabista, profesor de árabe en la Universidad Complutense de Madrid entre 1955 y 1959. Tras el doctorado, consigue la cátedra de lengua árabe en la misma universidad en 1964. Accede a la cátedra de la misma disciplina en la Universidad Autónoma de Madrid en 1968. Ya gravemente enfermo, ocupa plaza de número en la Academia de Historia en 1996. No se entiende cómo no llegó a publicar íntegro el libro objeto de su tesis doctoral y no he conseguido información al respecto. La editorial Trea, de nuevo, encarga a la Dra. Marín Niño, cuya breve semblanza ya se ha hecho, la traducción y anotación completa del libro de Ibn Razin, que se edita en 2007.

Junto a los dos recetarios ya citados, las obras de dietética y primitiva bromatología son necesarias para matizar los conocimientos sobre la cocina andalusí. El libro de Avenzoar es un ejemplo de notable interés. Avenzoar es un médico andalusí del siglo XII. Ejerce su profesión, aprendida junto a su padre, también médico, de clara línea galenista, en la corte de Sevilla, cayendo en desgracia al cabo de un tiempo, quizá por oponer su fuerte carácter y nada desdeñable prepotencia a la del soberano almorávide de su tiempo. Al cabo de un tiempo, libre de la prisión, se acerca a los almohades, quizá como maniobra para garantizar la supervivencia con el poder emergente. Su enfoque de la alimentación es básicamente sanitario, anotando las cualidades salutíferas o negativas para la salud de los alimentos del momento. En ese empeño da noticias colaterales no solo de los productos sino también de las formas de prepararlos, lo que hace muy interesantes sus noticias.

La Dra. Expiración García Sánchez (Alhendín, Granada, 1949) es la autora de la versión española del Kitab al-Agdiya: tratado de los alimentos. Doctora en filología semítica, autora de numerosos trabajos de investigación en el campo de la ciencia y la alimentación árabe en general y andalusí en particular, es Profesora de Investigación del CSIC en la Escuela de Estudios Árabes de Granada.

El tratado de al-Arbulí, el sabio de Arboleas (Almería), traducido y anotado por el Dr. Amador Díaz García, es una breve obra que está en la misma línea del antes citado de Avenzoar y que en muchos ítems recoge casi literalmente datos de éste. La versión inicial, inconclusa, se publicó parcialmente en 1979.[8] La versión completa, emotivamente dedicada, se publicó bajo los auspicios del Ayuntamiento de Arboleas el año 2000, el mismo del fallecimiento del investigador que la rescató y puso a disposición de los estudiosos. Es un librito en el que se describen 160 productos, con detalle de sus cualidades salutíferas y no pocas notas que ilustran sobre sus formas de consumo y preparación. Corresponde al manuscrito 5.240 de la Biblioteca Nacional; probablemente fue escrito a finales del siglo XIV, por los datos reflejados en el texto, y fue copiado en el primer tercio del siglo XV. Está dividido en nueve capítulos dedicados a los diferentes grupos de alimentos, con especial énfasis en los cereales y sus derivados.

El Dr. Amador Díaz García (Urrácal, Almería, 1936; Granada, 2000), reputado arabista de amplios intereses investigadores,  fue catedrático de árabe literario del Instituto Hispano-Marroquí de Ceuta, luego catedrático de lengua árabe de la Escuela Profesional de Comercio de Granada y finalmente catedrático de lengua árabe de la Universidad de Granada. También fue director del Centro Cultural Hispánico de Alejandría (Egipto).

Libro de hisba (normativa) sobre las transacciones comerciales del mercado (zoco) que debe conocer el almotacén (vigilante del mercado), compuesto por ocho capítulos en los que se trata de los distintos grupos de alimentos y preparados alimentarios, añadiendo el comercio de droguería, farmacia y  textiles, así como las regulaciones de las diferentes artesanías y las transacciones de esclavos. La normativa aporta datos interesantes no solo sobre las formas de elaboración y de fraudes comerciales, sino también sobre algunos procedimientos culinarios y el detalle de algunos aditivos o adulterantes. Al parecer la autoría directa no es segura de Abu Abd Allah Muhammad al-Saqati, sino de un discípulo suyo, que recogería dictados y sentencias del maestro. Por las referencias dentro del texto, al-Saqati fue un andalusí, probablemente malagueño, que vivió en la segunda mitad del siglo XII, y el texto parece ser del primer tercio del XIII. La introducción de la edición de Chalmeta incluye una excelente relación de equivalencias de pesos y medidas (pp. 30-34), muy útil en la investigación.

El Dr. Pedro Chalmeta Gendrón (Madrid, 1935) es un reputado arabista de nuestro tiempo, muy activo en diversos campos de la cultura islámica y árabe en España. Técnico arabista del Ministerio de Asuntos Exteriores desde 1974, colaborador científico del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, profesor visitante de diversas universidades europeas y norteamericanas, es catedrático ya emérito de estudios árabes e islámicos de la Universidad Complutense de Madrid.

La Dra. Bolens publica por primera vez su libro en 1990, recogiendo 298 recetas de cocina andalusí, básicamente allegadas del libro traducido pioneramente por Huici Miranda, además de otras fuentes. Así que podemos considerar que su obra es incompleta en la actualidad. No obstante, la agrupación temática en 13 grandes apartados, de tratamiento un tanto heterogéneo, además de una introducción general muy acertada, hacen del libro una guía útil para adentrarse en el mundo de la cocina andalusí (que la edición traduce al español como andaluza) clásica. No es una fuente en sentido estricto, pero sí una sistematización útil para desbrozar los textos de los que se ha escrito antes.
La Dra. Lucie Bolens (Constantina, Argelia, 1933) obtuvo su doctorado en ciencias económicas en París en 1972 y se licenció posteriormente en historia y filosofía en Ginebra. Es catedrática de historia económica de la Universidad de Ginebra desde 1978 y emérita en la misma ciudad suiza desde 1995. Su dedicación investigadora se ha centrado en la historia de la agricultura, la alimentación y la farmacopea, con especial dedicación al mundo mediterráneo y español.

Fuentes complementarias

Parece de interés anotar escuetamente algunas fuentes adicionales, que faciliten al estudioso la búsqueda e interpretación de datos contenidos en las denominadas fuentes mayores; se ofrece a continuación un mínimo listado.
  1. F. Benkirane: La nouvelle cuisine marocaine, París: Taillandier, 1979.
  2. A. Díaz García: «El Kitab jawass al-agdiya de Ibn Masawayh. Edición, traducción y estudio, con glosarios (I)», Cuadernos de Estudios Medievales, 1978; 7-8: 7-63.
  3. E. García Sánchez: «Ibn al-Azraq: urzuya sobre ciertas preferencias gastronómicas de los gaditanos», Andalucía Islámica, 1980; 1: 141-157.
  4. E. García Sánchez: «La alimentación en la Andalucía islámica. Estudio histórico y bromatológico. I», Andalucía Islámica, 1983; 2-3: 139-175.
  5. F. Mardam-Bey: La cocina de Ziryâb, Barcelona: Zendrera Zariquiey, 2002.
  6. M. Marín y C. de la Puente (eds.): El banquete de las palabras: la alimentación en los textos árabes, Madrid: CSIC, 2005.
  7. M. Marín y D. Waines (eds.): La alimentación en las culturas islámicas, Madrid: Agencia española de cooperación internacional, 1994.

[1] Intencionadamente omito la referencia exacta, por lo de la vergüenza ajena y todo eso.
[2] Vale la consideración hecha en la anterior nota.
[3] Conferencia del Prof. Carmelo Lisón Tolosana, Antropología de la alimentación, 2015, no publicada.
[4] A. Huici Miranda: «Kitab al-tabij fi l-Magrib wa-l-Andalus fi´asr al muwahhidin li-mu’allif mayhul», Revista de Estudios Islámicos, 1961-62, 9-10, pp. 15-256.
[5] A. Huici Miranda: Traducción española de un manuscrito anónimo del siglo XIII sobre cocina hispano-magribí, Madrid: Maestre, 1966
[6] F. de la Granja Santamaría: La cocina arábigo-andaluza según un manuscrito inédito. Tesis doctoral, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Complutense de Madrid, 1960
[7] Resumen sobre notas de M. Marín Niño en la introducción de la obra editada por Trea, pp. 11-19.
[8] A. Díaz García: «Un tratado nazarí sobre alimentos: Al-Kalam ala l-agdiya de al-Arbulí. Edición, traducción y estudio, con glosarios. (I)», Cuadernos de Estudios Medievales, 1978-79, 6-7: 5-37.
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