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martes, 9 de junio de 2026

Oda al poloflash, poloflán, flash o como se diga en tu pueblo

(Un artículo de Carlos Doncel en El Comidista de El País publicado el 22 de julio de 2022)

Desde que José Nortes comenzara a comercializarlo en los setenta, este sencillo helado de hielo forma parte de la infancia de muchos españoles. Le rendimos merecido homenaje al polo de los mil nombres.

Si hay algo que nos diferencia a Antonio Machado y a mí es que él recuerda su infancia bajo la sombra de un limonero y yo hartándome de poloflanes. Porque los veranos culinarios de mi niñez son bocados a un hielo de colores, churretones fluorescentes en las camisetas, paletas casi rotas de abrir los plastiquetes. En las eternas tardes que se viven cuando crío siempre estaba ese helado sencillo, barato, con ingredientes en los que aparece la E más que en un libro en francés, para refrescar y pintarme la lengua de su sabor de mentirijilla.

No solo en mis vacaciones escolares tuvo el poloflash un papel especial. Mi amiga y editora jefa comidister Mònica Escudero tiene algunos años más que yo y es de la otra esquina de España, pero también disfrutó en su día de sus golosas y congeladas virtudes: “En los ochenta, esa ambrosía plastificada se parecía bien poco a la de ahora: su característica principal era que podías chupar el sabor y quedaba el hielo -algo que también pasaba con los polos buenos, como el Frigurón-, que tenía textura como de estalactita y se deshacía en capas”. “Los sabores y colores”, rememora Mònica, “iban del verde flúor del lima-limón al marrón cacafuti del de Coca Cola, pasando por el lila de la mora, el amarillo del limón y el rosa de la fresa”.

No quiero caer en la nostalgia solipsista, pero seamos claros: no es lo mismo crecer pidiéndole a tus padres poloflanes que yogures helados con varios toppings. Uno te acostumbra a ver la vida sin esperar sorpresas, a que lo bueno es lo que te gusta aunque sea barato; el otro te incita a pensar que a lo que odias hay que echarle algo para que te convenza -porque solo no te comes ni una cucharada-, tiene ínfulas de gourmet, sus propios locales de venta, su mundo de yupi y sus tonterías. “El Señor dirige en la justicia a los humildes, y les enseña su camino”, se lee en la Biblia. Ahí estaremos, junto a Dios, los que tomamos en su día el sendero llano y modesto: el de los poloflashes.

Al igual que Douglas Engelbart, inventor del ratón del ordenador, o Alfred Fielding y Marc Chavannes, del plástico de burbujas, José Nortes también creó algo revolucionario aunque su nombre no nos suene. Este empresario de origen murciano fundó a principios de los setenta en Lora del Río (Sevilla) la marca Flaggolosina, “pionera en la fabricación y venta de ‘la golosina helado’”, tal y como explica la historiadora gastronómica Ana Vega Biscayenne en este artículo.

Nortes se dedicaba a comercializar pimentón e infusiones, pero quiso Dios que un bendito día se le ocurriera desarrollar estos polos basándose en un invento estadounidense anterior. Aquello fue un auténtico pelotazo, y muchos chiquillos se aficionaron a chupar los hielos de sabores que José fabricaba en el citado pueblo sevillano. Poco después, Emilio Burgueño Martín creó en Talarrubias, en la Siberia extremeña, Burmar Flax, la otra gran marca de poloflanes de la época. Como Flaggolosina, esta empresa pacense fue un éxito, porque la cantidad de críos bajos de azúcar y muertos de calor sería muy grande en aquellos tiempos, imagino.

El ojo a ojo de ver a otros chavales comiéndolo no les pareció suficiente a estos emprendedores, que decidieron publicitarse en televisión. Algún talludito lo sabrá de sobra, pero conviene recordar que los anuncios que lo petaban entonces hoy nos suenan más irritantes que un niño aprendiendo a tocar la flauta dulce. “Ya verás qué bueno, toma Burmar Flax, que sabe de miedo y es fenomenal. Burmar Flax es esto, pruébalo y verás”, se oía en la canción del spot de 1980 mientras en pantalla aparecía un superhéroe con las cejas de Zapatero recogiendo poloflashes con su nave espacial y trayéndolos a la Tierra. De todo esto deducimos que estos helados lo petaron incluso allende la atmósfera -lo que confiere a la figura de José Nortes una dimensión galáctica- y que el letrista de la melodía se parece a Machado incluso más que yo.

El anuncio de finales de los setenta de Flaggolosina también incluía, cómo no, una cancioncilla con la que te entran ganas de pedir una Black and Decker para taladrarte el tímpano. En su caso los niños aparecían dibujados con unas enormes pupilas negras, por lo que no se descarta que además de azúcar llevara otros aditivos. “Flaggolosina, mi rico helado, del congelador, lo saco congelado”, cantaban. Otro poeta.

Partamos de la base de que este helado tiene más nombres que un aristócrata. Dos de ellos, como ocurre con el papel albal, el típex, el betadine o los clínex, provienen de la lexicalización de la marca, esto es, de referirnos a un objeto con el nombre de la empresa que lo fabrica. Así, hay quien los llama flagolosina o flax por las dos compañías que empezaron a comercializarlo en España.

Tal debate hay con la infinidad de denominaciones que adquiere, que hasta la mismísima Real Academia Española de la Lengua publicó un tuit hace más de dos años en el que pedía a los usuarios que comentaran cómo llamaban a este helado. Entre las respuestas, frigolosina, flash, flas, flá, poloflash, poloflán o flan congelado. Y ya en América Latina llega la magia: boli, esquimalito, chupete, congeladas, marciano, chupi-chupi o vikingo. Mis favoritos están entre el minimalista flá y la fantasía chupi-chupi, obviamente.

Debo reconocer que hace unas semanas, cuando el calor empezaba a asomarse, antes incluso de saber que escribiría este artículo, compré en el supermercado una bolsa de poloflashes. Cuando ya estaban congelados, abrí uno esperando reencontrarme conmigo mismo sin necesidad de ir a la India, pero qué va: me supo empalagosísimo, imposible de soportar más de dos bocados. Quizá fuera porque los pillé de marca blanca o porque, como la mayoría, tengo idealizada mi infancia: aquellos veranos en los que mis tardes eran de hielo y limón de mentira.

martes, 6 de enero de 2026

Los otros dulces de reyes

(Un texto de Miriam García en elcomidista leído el 3 de enero de 2020)

El día de Reyes se celebra con dulces en diferentes regiones del mundo: la rosca de Reyes, la king cake, el wassail o el dreikönigskuchen. Descubre de dónde vienen y aprende a preparar dos de ellos.

Sí, una vez pasadas las fiestas de diciembre con sus dulcerías, hay vida más allá del roscón de Reyes. No es que en El Comidista le hagamos ascos; solo queremos recordar que existen otros dulces en el planeta que se consumen justo antes, durante o después del día 6 de enero y que quizá merecen un lugar en nuestro corazoncito. O nuestras lorzas.

La fiesta de la Epifanía en la tradición cristiana se identifica con la visita de los Reyes Magos al Niño Jesús, pero se refiere con exactitud al momento en que Jesús se da a conocer, pues la palabra epifanía, de origen griego, significa revelación. Esta fiesta marca el final de las Navidades en muchos países de tradición cristiana.

El día 6 de enero es una fiesta tradicional en muchos países hispanohablantes y en algunos europeos, además de en algunas zonas concretas de Suiza y Alemania. Parece que la Epifanía empezó a celebrarse en la cristiandad a partir del siglo IV. Hoy día se celebra tanto en países de tradición católica como en algunos luteranos como Suecia, e igualmente en algunos países de tradición ortodoxa, donde el día de la fiesta corresponde al 19 de enero por las diferencias entre calendarios (aunque en las festividades ortodoxas se centran más en celebrar el bautismo de Cristo bañándose y nadando en aguas heladas que en ponerse como el quico).

La tradición europea occidental de celebrar el día de Reyes con un bollo adornado que escondía un haba se llevó a Hispanoamérica en el siglo XVI. En México encontramos la suculenta rosca de Reyes, que antaño se adornaba con higos, acitrón -dulce cristalizado hecho a partir de la pulpa de ciertas cactáceas- y ate, pasta de fruta con azúcar al modo del dulce de membrillo. Hoy día se adorna con tiras de frutas cristalizadas propias de la región y con unas características bandas de pasta de azúcar. Las familias se reúnen para comer y compartir la rosca de Reyes delante de un buen chocolate caliente.

En Luisiana, Estados Unidos, persiste el día de Reyes la tradición de una rosca abriochada decorada con glaseado de vivos colorinchis, el king cake o pastel del rey, que empieza a aparecer en las tiendas a principios de enero y se mantiene hasta el Miércoles de Ceniza, porque ha acabado asociándose también al Carnaval. Cumple la norma de llevar una sorpresa que obliga a quien la encuentre a comprar el siguiente pastel.

Dentro de los bollos emparentados con nuestro roscón, en el vecino Portugal disfrutan del bolo rei y el bolo rainha, roscas de masa abriochada con un exterior similar al de nuestro roscón de Reyes, casi durante todas las Navidades; el primero, el roscón del rey, lleva un relleno de frutas escarchadas, y el segundo, el roscón de la reina, va relleno de frutos secos. Se aromatizan con oporto, que siempre es un punto a su favor.

En el Reino Unido las fiestas navideñas duran hasta la Twelfth night, la duodécima noche, justo 12 días después del 25 de diciembre, que según desde cuándo se empiece a contar, coincide con el día 5 o con el 6 de enero. La tradición británica fundamental relacionada con el comercio y el bebercio consiste en tomar wassail, un reconfortante brebaje de sidra especiada caliente cuyo nombre deriva de la expresión anglosajona para brindar 'a tu salud'. Del nombre de la bebida deriva el wassailing, tradición de ir de puerta en puerta -con certeza, notablemente cocidos- cantando y ofreciendo la sidra caliente a cambio de regalos que aún se practica en algunas zonas, con mayor ahínco en aquellas productoras de sidra.

Siempre que hablemos de los dulces de la fiesta de Reyes no puede faltarnos la maravillosa galette des Rois de nuestros vecinos franceses, tan finos ellos. Una deliciosísima torta a modo de empanada de buen hojaldre, rellena de una crema de almendra y cuya superficie se suele marcar con surcos en forma de sol. Diré, a riesgo de que me corráis a gorrazos y me acuséis de francófila, que una buena galette des Rois tiene un nivel de deliciosidad que difícilmente tendrá un roscón. Hala, ya lo he dicho.

En ciertas zonas de Alemania, en Suiza, Austria y Liechtenstein se consume el dreikönigskuchen o bollo de los tres reyes. Se trata una masa fermentada enriquecida con algo de azúcar, huevo y leche, pero que en muchas versiones no lleva mantequilla, como en la que os traemos a continuación. Se caracteriza por su forma de flor en lugar de rosca y se suele adornar con azúcar y almendra laminada.

Para que esta fiesta de Reyes os montéis un homenaje sincrético y multicultural aquí tenéis una receta de dreikönigskuchen y otra de wassail para acompañarla. Muchos nos llamaréis herejes, pero estamos acostumbrados a vuestra incomprensión.

PASTEL DE LOS TRES REYES O DREIKÖNIGSKUCHEN (fuente)

Ingredientes

Masa de arranque

  • 150 g de harina de fuerza
  • 50 g de leche
  • 1 huevo (aproximadamente 50 g)
  • 2 g de levadura de panadería fresca
  • 2 g de sal
  • 30 g de azúcar

Masa final

  • 350 g de harina de fuerza
  • 1/2 huevo
  • 200 g de agua, aproximadamente
  • 15 g de levadura de panadería fresca
  • 7 g de sal
  • Toda la masa de arranque
  • 1 muñequillo de sorpresa

Acabado

  • 1/2 huevo mezclado con 1 cucharadita de leche
  • Almendra laminada
  • Azúcar perlado o azúcar humedecido con un poco de agua

Elaboración

Masa de arranque

  1. Mezclar todos los ingredientes y amasar. Reposar una hora, tapada -con un paño húmedo o plástico- a temperatura ambiente.
  2. Meter en la nevera un mínimo de 12 horas y un máximo de 24 horas.
  3. Antes de usar, dejar atemperar a temperatura ambiente.

Masa final

  1. En un bol poner la masa de arranque anterior con todos los ingredientes indicados en la masa final. Amasar a mano o con robot en intervalos de 1-2 minutos separados por reposos de 10 minutos, tapando la masa.
  2. Al cabo de 4-5 ciclos de amasado la masa deberá estar relativamente suave y elástica. Hacer una bola con ella, cubrir y dejar fermentar a temperatura ambiente hasta duplicar su volumen.
  3. Aplastar la masa sobre la mesa para quitarle el gas formado y dividir en 8 bolas del mismo tamaño. Bolear las bolitas como quien recoge un hatillo, juntando la masa sobre sí misma.
  4. Para el centro del pastel, unir dos bolas y hacer una única bola grande; colocar en una bandeja o molde, y distribuir las 6 bolas más pequeñas a su alrededor en forma de flor.
  5. Si ponemos sorpresa, introducirla bajo una de las bolas. Tapar y dejar fermentar casi hasta que doble el volumen.
  6. Cuando la masa esté lista, pintar con el resto del huevo batido, espolvorear con el azúcar y las almendras, y cocer en el horno previamente calentado a 180° unos 25-30 minutos, hasta que esté doradito.
  7. Sacar y dejar enfriar del todo antes de atacarlo.

WASSAIL: SIDRA ESPECIADA CALIENTE (originaria de Suffolk)

Ingredientes

  • 6 manzanas pequeñas
  • 6 cdas. de azúcar moreno
  • 1 naranja
  • 6 clavos de olor
  • 200 g de azúcar blanquilla
  • 2 litros de sidra achampanada
  • 300 ml de oporto
  • 300 ml de jerez dulce o vino de Madeira
  • 2 palos de canela
  • ½ cdta. de jengibre en polvo
  • ¼ cdta. de nuez moscada molida
  • 1 limón

Elaboración

  1. Calentar el horno a 200°.
  2. Hacer un corte superficial a las manzanas en todo el perímetro para que no exploten en el horno. Vaciar el corazón y rellenar con el azúcar moreno.
  3. Clavar los clavos de olor en la naranja y colocarla en una fuente junto con las manzanas. Añadir un poco de agua en el fondo de la fuente y asar durante 30-45 minutos o hasta que las manzanas estén tiernas.
  4. Poner en una cazuela la naranja asada y cortada por la mitad, los jugos del asado de las manzanas y el resto de los ingredientes de la receta.
  5. Llevar a ebullición, apagar el fuego, tapar y dejar que se aromatice durante al menos 1 hora.
  6. Para servir, volver a calentar y pasar el wassail a una sopera o ensaladera grande junto con las manzanas asadas. Servir caliente.

Galette de rois

https://invitadoinvierno.com/galette-des-rois-receta/#La_receta_de_la_galette_des_Rois

Crema pastelera

  • 250 g de leche entera
  • 30 g de Maizena
  • 60 g de azúcar
  • 1 huevo
  • 25 g de mantequilla
  • 1 vaina de vainilla o 2 cdtas. de extracto

Crema de almendras

  • 100 g de mantequilla ablandada
  • 100 g de azúcar blanquilla
  • 130 g de almendra molida
  • 1 cda. de ron
  • 1 huevo
  • La crema pastelera anterior

Montaje

  • 2 planchas de hojaldre redondas

Acabado

  • 1 huevo para pintar

Instrucciones

Crema pastelera

  1. Ponemos en un cazo la Maizena con la leche. Mezclamos para hidratar en frío.
  2. Agregamos el azúcar, el huevo y la vainilla si es en forma de vaina (las semillas rascadas de la vaina abierta).
  3. Calentamos al fuego suavemente, sin dejar de remover con varillas o cuchara de madera, hasta que hierva y espese. No hay miedo de que se corte, pues el almidón lo impide.
  4. Retiramos del fuego y agregamos la mantequilla y la vainilla si es en extracto; mezclamos bien y reservamos mientras se enfría.

Crema de almendra

  1. En un bol mezclamos todos los ingredientes, mejor con batidora, hasta homogeneizar.
  2. Añadimos esta crema a la crema pastelera.

Montaje de la galette des Rois

Extendemos la primera plancha de hojaldre; ya suelen venir encima de un papel de hornear, que conservaremos.

· Aplicamos la crema frangipane con cuchara o con manga pastelera, dejando un margen de hojaldre sin cubrir de unos 4-5 cm.

· Batimos el huevo para el acabado y pintamos este margen para que se peguen bien ambas capas.

· Extendemos la segunda plancha de hojaldre. La colocamos con cuidado encima de la tarta, aplastando con suavidad para no dejar bolsas de aire, y apretamos los bordes para que se peguen.

· Recortamos el borde para dejarlo completamente redondo, con un cuchillo o un cortapizzas.

· Pintamos la superficie con el resto del huevo batido.

· Con un cuchillo romo hacemos las líneas del dibujo del sol que es tradicional. Festoneamos el borde con un cubierto.

· En este punto podemos congelar la galette para cocerla al día siguiente.

· Cocemos la galette des Rois en el horno a 210º durante 30-35 minutos, 5 minutos más si la cocemos directamente congelada.

· Cuando esté bien doradita la sacamos a enfriar a una rejilla sobre el mismo papel de hornear.

martes, 14 de octubre de 2025

El misterioso origen del pastel ruso

(Un texto de Ana Vega Pérez de Arlucea leído en larioja.com el 8 de mayo de 2021)

Historias de tripasais. Alfaro, Huesca, Bilbao, Oloron, Pau… Varias localidades tanto españolas como francesas reclaman ser la auténtica cuna de este postre hecho a base de merengue.
 

En la localidad riojana de Alfaro los rusos son cosa seria, una cuestión de honor. Para un alfareño de pro un ruso no es un señor de Rusia, sino una joya de la golmajería (palabra riojana para «dulcería») tradicional que, con permiso de las 400 cigüeñas que anidan en su colegiata, es un auténtico icono de la ciudad. Tan etéreos como las nubes e igual de blancos que ellas, los pasteles rusos son en Alfaro casi una religión: el postre preferido en los días de fiesta y el obsequio clásico que se hace a los visitantes. Aunque hay quien se atreve a hacerlos en casa lo típico es comprarlos en la confitería Marcos, abierta en esta localidad por don Marcos Malumbres en el año 1883.

Hechos únicamente con mantequilla, huevos y azúcar, estos delicados pasteles llevan tres planchas de crujiente merengue y dos capas alternas de crema de mantequilla. No se sabe desde cuándo se elaboran en Marcos, pero sí que al parecer fue el alfareño general Francisco Echagüe (11860-1924) quien siendo ayudante de Alfonso XIII los popularizó en Madrid y entre la familia real. Para los riojanos los de Alfaro son los auténticos pasteles rusos, tanto que tienen su propia página en Wikipedia. El problema llega cuando en la misma web se descubre que en Argentina también hay un postre similar llamado imperial ruso, datado en 1916 y supuestamente inventado por el italiano Gaetano Brenna en Buenos Aires. Por si esto fuera poco la Wikipedia en francés también tiene su propia versión sobre el pastel ruso, creado según ellos en el pueblo bearnés de Oloron-Sainte-Marie en 1925. También hay quien piensa que el verdadero ruso es el de la pastelería Ascaso, en Huesca, y quien está empeñado en que ésta es una receta bilbaína de toda la vida.

¿Quién tiene razón? ¿Dónde se originó? ¿Y por qué demonios todos lo califican de «ruso»? Al igual que la famosa ensaladilla, el pastel ruso no tiene ningún pedigrí ruso, ni imperial, ni zarista ni nada de nada. Dice la leyenda que la receta nació en la Exposición Universal de París en 1855, cuando el emperador Napoleón III y Eugenia de Montijo dieron una cena en honor del zar y eligieron como postre una elaboración que a partir de entonces se conocería como «pastel rusa». Algunos van más allá y dicen que el creador fue un cocinero español al servicio de la granadina emperatriz Eugenia. La realidad es terca y nos dice que en 1855 no pudo ser, ya que por aquel entonces los franceses estaban luchando contra los rusos en la Guerra de Crimea, el zar Nicolás I acababa de morir y su hijo aún no había sido coronado. Si acaso pudo ocurrir en la siguiente, celebrada en 1867 y que sí visitó Alejandro II de Rusia. No hay pruebas de que en París le ofrecieran ningún pastel concreto, así que nos tenemos que conformar con saber que en 1899 el «gâteau russe» ya era una especialidad de la pastelería Labourdette, en Pau. En esa zona, entre el País Vasco-francés y los Pirineos Atlánticos, es donde está la mejor pista de uno de los dos pasteles rusos que existen hoy en día.

Porque sí, hay dos distintos. Uno se hace con una especie de bizcocho amerengado y almendrado, semejante a la masa de los macarons, y va relleno de crema de mantequilla mezclada con praliné de almendras u otro fruto seco. El otro ruso, más sencillo pero no menos sabroso, se hace sin rastro de harina ni de fruto seco alguno. Representante de esta segunda versión son los rusos de Alfaro, de Bilbao o de Vitoria, mientras que la otra variante está encarnada en la receta de la pastelería Artigarrède (Oloron-Sainte-Marie) y en la de los oscenses Ascaso, que imitaron la fórmula de Artigarrède en 1974.

El ruso francés, el almendrado, es prácticamente igual –salvo en la forma– que la tarta dacquoise típica de Dax, Pau, Biarritz y otros municipios vasco-franceses. También se parece extraordinariamente a otro dulce llamado «succès au praline», al pastel castel de Argelia, al filipino sans rival y por supuesto al imperial ruso argentino. Por mucho que los Artigarrède se empeñen en decir que lo inventaron en 1925 y que lo llamaron ruso por su aspecto nevado y por usar almendras de Crimea, lo cierto es que la primera receta escrita de pastel ruso apareció en España 21 años antes. El cocinero Teodoro Bardají la publicó en la revista 'La cocina elegante' en mayo de 1904 y según su versión, este pastel se tenía que hacer con almendras en la masa y con praliné de avellanas en la crema: «Se decoran los bordes del pastel con crema de mantequilla y, en el mismo centro, se escribe con la misma crema el título de 'Ruso' quedando así terminado».

martes, 9 de septiembre de 2025

El secreto del éxito de la Trenza de Almudévar

 (Un texto de Claudia Polo leído en El País del 1 de agosto de 2023)

Una empresa familiar elabora más de 350.000 piezas de este tradicional dulce de la gastronomía de Aragón que se vende en toda España.

Hay un ritual que se repite en cada casa los domingos de comida familiar. Ya sea el primo, la cuñada o los abuelos, siempre hay alguien que acaba corriendo a la pastelería de confianza a comprar el postre, en ese bonito acuerdo colectivo que suele resumirse en un “no voy a ir con las manos vacías”. En Zaragoza hay uno que suele ser el elegido. Quien camine por el paseo de la Independencia de la capital aragonesa una mañana de domingo, observará un común denominador entre esos transeúntes con prisas que se dirigen a uno u otro lugar de la ciudad: una bolsa grande y alargada que guarda una Trenza de Almudévar.

Este dulce es el motivo por el cual, a las puertas de la Pastelería Tolosana, se concentra este día un ir y venir de clientes, casi todos habituales, que acuden a comprar su trenza. Nadie se resiste a los encantos de este postre que podría ser desayuno y merienda. Incluso aquellos que afirman “no ser muy de dulce” terminan cayendo ante sus curvas glaseadas. Y es que nunca llega a ser empalagosa, más bien, todo lo contrario —de ahí que se pueda comer entera si te descuidas—. En ella se encuentran, en equilibrio perfecto, el sabor suave a mantequilla, la masa jugosa y a la vez ligera, esas nueces esporádicas que crujen cuando se dan con ellas y el broche que la hace completamente adictiva, la capa de glaseado quebradizo que la recubre. Esta popularidad no es nueva, y es que aunque a día de hoy cuenten con cinco tiendas repartidas entre Zaragoza, Huesca y Almudévar, la pastelería ubicada en esta última localidad abrió sus puertas alrededor de 1930 y lleva más de 30 años haciendo de la trenza su insignia.

El Horno de la Cruz lo regentaban los abuelos de Jesús Tolosana, actual dueño junto a su hermano Luis. Como todos los hornos rurales de la época, este cocía el pan, tortas y otras elaboraciones de las mujeres del pueblo. A su vez, preparaba alguna pieza de repostería tradicional de la zona para la venta. Con el transcurso del tiempo, la primera ocupación fue reduciéndose para dejar espacio a la segunda. “Cuando llegamos mi hermano y yo, después de formarnos, empezamos a incluir una pastelería algo más cuidada, siguiendo las líneas francesas, pero manteniendo a la vez lo que habíamos hecho siempre”, cuenta Jesús. Fue entonces, cuando los hijos cogieron el relevo y la panadería comenzó a llamarse la Tolosana.

La trenza surge de un trueque de ideas con unos amigos pasteleros de Logroño. Por aquel entonces, la Tolosana era muy conocida por su tarta Nogal, receta que intercambiaron por la de la trenza. “Siempre decimos que la trenza no es del todo nuestra, de hecho la idea viene de Centroeuropa, donde se elaboran unos dulces similares, como el Babka”, cuenta Jesús. Lo que hicieron fue adaptarla a sus procesos y gustos. “Nuestro fuerte era el pan, así que prestamos mucha atención a la masa, empezamos a hacerla con masa madre y a cuidar mucho las fermentaciones”. También el relleno es original, adaptado a los paladares locales. Sea como sea, dieron con la fórmula perfecta: un postre que no es ni pastel ni bollería, que se transporta sin problema y puede comerse en cualquier lado, dulce, pero sin ser empalagoso, perfecto para pequeños y mayores. En 1992, el Gobierno de Aragón les otorgó la marca de calidad C’Alial, el último impulso que necesitaba la trenza para ser un best seller.

La receta actual es el resultado de mucha prueba y error. Tolosana afirma que “la trenza que hacemos hoy es un producto mucho mejor que aquella primera que elaboramos. Optamos por cuidarla al máximo, rechazar ofertas grandes que iban a dar más dinero, pero rebajaban la imagen de la marca, y trabajar por encontrar la forma de hacer las cosas lo mejor posible”. Fue un proceso difícil en el que asumieron muchos riesgos. Las ventas no dejaban de aumentar y había que encontrar la forma de incrementar la producción sin perder calidad. Trabajaron junto al departamento de Química y ALCOTEC de la Universidad de Zaragoza, analizando todos los parámetros que entran en juego durante la elaboración, ingredientes, temperatura, cartonaje, etc. “Puedes hacer 8.000 trenzas al año a mano, pero cuando vendes 350.000 tienes que ser mucho más meticuloso y exacto, llevar un control minucioso de todos los procesos”.

Pese al número de unidades —que dicen llegarían a dar la vuelta al mundo dos veces si se pusiesen una seguida de otra— la elaboración mantiene su esencia artesanal. Utilizan una masa madre específica (distinta de la que usan para pan y bollería) que tiene una acidez determinada. Ese pie de masa fermenta 24 horas a 7-8 grados, para que lo haga muy despacio. A partir de ahí elaboran la masa, la cual también fermenta antes de realizar los pliegues del hojaldrado —para el que utilizan mantequilla de la mejor calidad, con un contenido en agua muy bajo y un punto de fusión lo más bajo—. Tras el laminado y el formado, en el que se rellena con una mezcla de yema de huevo, azúcar y almendra, nueces y pasas maceradas en ron, se vuelve a fermentar y se hornea. El último proceso consiste en cubrirla de un glaseado a base de azúcar y agua que la protege, haciendo que se mantenga húmeda y jugosa por dentro, pero crujiente por fuera.

Tolosana es consciente de que la pastelería se encuentra en un momento complicado. Las familias se juntan menos a comer los fines de semana y cuando lo hacen suele ser en restaurantes; las nuevas generaciones consumen mucho por tendencias; y las preocupaciones en torno al azúcar y la salud afectan también al sector. “Una trenza sin azúcar sería una pena. Preferimos concienciar en una alimentación saludable, entender nuestro producto como algo especial y ocasional y priorizar su calidad y autenticidad.” Identificando las nuevas demandas, han desarrollado trenzas saladas —de salmón, de longaniza de Graus, pesto, tomate y queso mozzarella o de pollo con curry— y versiones en tamaño individual, que ofrecen rellenas y son un verdadero espectáculo. Quién quiere un NewYork roll, teniendo Trenza de Almudévar de compota de cerezas o de chocolate negro. Otra novedad es su tienda online, la cual acapara hasta al 5% de las ventas de su producto estrella y permite satisfacer los antojos de trenza desde cualquier punto de la Península. Eso sí, sin perder sus orígenes y haciendo honor a sus raíces: “Nunca nos olvidamos del sitio del que venimos. Seguimos haciendo elaboraciones tal y como las hacían en el obrador original, piezas tradicionales que creemos de vital importancia seguir produciendo y dando a conocer, como los empanadicos de calabaza, los dobladillos de canela o la torta de moño”.

Cambian los tiempos, los hábitos de consumo y lo tradicional se transforma, pero la importancia de sentir que perteneces a un lugar nunca se pierde. La Trenza de Almudévar ha pasado a formar parte de la identidad de los aragoneses, quienes la llevan por bandera —y en la maleta— cuando visitan a alguien de fuera. Desde la Tolosana han sabido acompañar este postre de un entramado de valores y acciones que refuerzan esa sensación de pertenencia esencial para que algo perdure.

 

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