(Un artículo de Carlos Manuel
Sánchez en el XLSemanal del 18 de noviembre de 2018)
El sándwich mixto no existe.
Muchas veces el queso no es queso, el jamón nunca es de York, y el pan integral
tampoco. Dos nutricionistas han convertido en viral su análisis de los
alimentos…
Una loncha de jamón york y otra
de queso encajadas entre dos rebanadas de pan. Y si nos ponemos sibaritas, a la
plancha. Un tentempié de lo más socorrido. Pero, ojo, el jamón que se vende en
España nunca es de York, el queso jamás se fundiría tan apetitosamente si fuera
solo queso. Y el pan, que lo hemos comprado integral por aquello de que es más
sano, solo tiene de integral el colorcillo marrón.
En resumen, el sándwich mixto no
existe. Es una entelequia, una de tantas invenciones promovidas por la
industria alimentaria para hacernos tragar la comida que fabrica y, de paso,
que la paguemos a precio de manjar. Esta es la conclusión (en modo irónico) de
las dos boticarias más influyentes de las redes, Marián García y Gemma del
Caño, doctoras en Farmacia y expertas en nutrición.
Su charla Sándwich mixto en tres actos, que
tuvo lugar en el último evento de divulgación científica organizado por Naukas
en Bilbao, se ha convertido en viral. Les hemos pedimos que la amplíen con
otros alimentos que no son lo que parecen.
Es cierto que ya hay aplicaciones en el móvil
para escanear las etiquetas de los alimentos y ver su composición. Pero si
no sabemos interpretarlas por nosotros mismos, la tecnología poco nos va a
ayudar. Bien, hay una parte del etiquetado que es voluntaria. Es la información
adicional que pone el fabricante. Suele jugar al despiste.
Hay muchas triquiñuelas. ‘Con sabor a’ significa
que una leche con sabor a vainilla no tiene nada de vainilla, excepto aroma de
vainillina; o que un yogur con sabor a pera no tiene ni un 1 por ciento de esa
fruta. O bautizar una galleta como ‘devoragrasas’, como si la galleta tuviera
un efecto adelgazante, cuando en realidad ingieres 18 gramos de grasas por cada
100 gramos de galleta. Otro truco es el del porcentaje. ‘100% carne de pavo’,
por ejemplo, quiere decir que toda la carne que contiene el producto es de
pavo, pero no que todo el producto sea carne.
Vayamos ahora a la parte del etiquetado
obligatoria. No hay que fijarse solo en los
ingredientes, también en el orden en el que aparecen. La ley
obliga a que el más abundante sea el primero, y así en orden descendente. Un
pan de espelta que tiene ese ingrediente en último lugar no hace honor a su
nombre. Otra pista: mejor menos ingredientes (y aditivos); si hay una lista muy
larga, lo más probable es que sea un alimento ultraprocesado y poco saludable.
Se puede disfrazar el azúcar utilizando algunos de sus ‘parientes’: dextrosa,
sacarosa, maltodextrina, jarabe de maíz, fructosa… Todos con calorías a
tutiplén. No se obsesione con las grasas totales y fíjese en las saturadas
(aparecen debajo). No se recomienda tomar más de 7 gramos al día. La sal
aparece al final de la tabla y el producto no debería llevar más 1,25 gramos
por cada 100.
REGLA NÚMERO 1
‘Light’
no equivale a saludable. Solo significa que el producto tiene
un 30 por ciento menos de grasa, azúcar u otros ingredientes frente a un
producto de referencia. Que un queso, una mayonesa o unas galletas sean light
no significa que sean sanos.
REGLA NÚMERO 2
No se deje llevar por
la obsesión vitamínica. La industria pone en grande.
«Contribuimos al buen funcionamiento del sistema inmunitario». Este tipo de
reclamos generan en la mente del consumidor la creencia de que necesita un
aporte de vitaminas cuando en realidad no es así. Si al producto le han puesto
vitamina D, leeremos en el envase que ayuda al funcionamiento del sistema óseo.
Eso no quiere decir que lo mejore. Pero nos crea una falsa necesidad. En el
paquete de unos cereales muy azucarados se destacará que lleva vitaminas para
desviar la atención. Pasa también con bollería industrial a la que se beatifica
poniendo que es rica en hierro. El 99 por ciento de la población no necesita un
suplemento de hierro. Y, de todos modos, un puñado de lentejas tiene más hierro
que un bollo.
REGLA NÚMERO 3
¿Sin azúcar añadido?
Desconfíe de ese reclamo. Estos productos a veces llevan almidón, que en la
práctica equivale al azúcar refinado. Y tampoco se deje engatusar por los que
presumen de que llevan un ingrediente saludable. Por ejemplo, ‘con aceite de
oliva’. Lo ponen en grande en el envase. Pero en la etiqueta vemos que tiene
muy poco aceite de oliva y, además, lleva otros aceites.
REGLA NÚMERO 4
Tu abuela no te lo ha
cocinado. La industria abusa de los adjetivos ‘natural’,
‘artesano’, ‘tradicional’, ‘casero’… La ley no se lo impide, pero no hay
abuelitas en las fábricas. Ni maestros artesanos ni hornos de leña… Son
productos industriales. Punto. La excepción son aquellos certificados con un
sello de especialidad tradicional garantizada. El término ‘natural’ solo
debería atribuirse al agua mineral de manantial, el yogur natural, los aromas
naturales y las conservas al natural.
¿Qué hay dentro de un
sandwich?
El sandwich mixto no existe.
Un truco es añadir en la etiqueta ‘100% pavo’. Y es cierto, Toda la carne que
contiene es pavo, pero ¿solo lleva carne? Comprueba el número
de ingredientes de la etiqueta. Si hay muchos, seguramente será
un alimento ultraprocesado…
Mantequillas ‘ligeras’
Para conseguir un kilo de mantequilla pura hacen
falta 25 litros de leche entera y el contenido de materia grasa de origen
lácteo debe ser igual o superior al 80 por ciento. En el mercado se pueden
encontrar mantequillas más ligeras, con un 41 por ciento de grasa.
Para que tenga la misma consistencia y no se
enrancien, se añaden agua y emulgentes, que suelen ser derivados de ácidos
grasos. También hay productos similares que de mantequilla solo tienen el
nombre, comercializadas, por ejemplo, como delicia de mantequilla.
La normativa los clasifica como materias grasas
compuestas y son una mezcla de grasa láctea (un mínimo del 10 por ciento),
animales y/o vegetales, con frecuencia de palma o coco, ambas muy cuestionadas
porque aumentan el colesterol ‘malo’, formado por partículas pequeñas que se
acumulan en las arterias (la grasa de la mantequilla pura, en comparación,
acumula partículas más grandes y menos peligrosas). Y si las grasas vegetales
están hidrogenadas, peor aún.
Es rosa, pero no de York
El jamón york no es de York, la ciudad inglesa
que le prestó el gentilicio. Con suerte, es jamón cocido. Con mala suerte, ni
eso. Hay grandes diferencias nutricionales entre
el jamón cocido y el fiambre de jamón. En el lineal encontrará
tres variedades…
- Categoría
extra: al menos 85 por ciento de carne, no tiene proteínas añadidas. No
lleva almidones. Se elabora a partir de piezas de jamón. Se le inyecta una
salmuera, se masajea en bombos para ablandarlo, se pone en moldes y se
cuece.
- Categoría
primera: 75 por ciento de carne y algo más de azúcar, por lo demás es
similar.
- Fiambre
de jamón: el precio es tentador. Pero lleva almidón de maíz o fécula de
patata, proteínas vegetales y otras proteínas cárnicas. Y bastante azúcar,
así como gelatinas para aglutinar. ¿Carne de cerdo? Poca -sobre el 50 por
ciento- y no muy bonita. En el etiquetado pone que se consuma, una vez
abierto, en 48 horas. Esto es porque, pese a los conservantes, si la
materia prima no es la mejor, aguanta menos. Pizzas, sanjacobos… Todos
llevan fiambre.
Integral, ¿de verdad?
Nos cuelan como integral pan de molde que en
realidad está hecho con harina de trigo refinada, aderezada con salvado. O pan
de cereales que lleva muy poca proporción de los cereales en cuestión. La
legislación no define lo que es integral. Y cada fabricante hace de su capa un
sayo. Con tal de que sea un poco marrón ya da el pego.
Que no te la den con el queso
El queso ‘de verdad’ solo lleva leche, cuajo,
fermentos lácticos y sal. Al fundido, sin embargo, se le añaden almidones,
sales fundentes y polifosfatos para que se derrita mejor, se ponga dorado sin
quemarse y forme hilillos. Y muchos quesos rallados, en realidad, son
sucedáneos que no tienen ni queso y lo más probable es que
lleven aceite de palma y otras grasas vegetales. Mejor comprar
un trozo de queso y rallarlo uno mismo.
…¿y de otros alimentos?
¿Dónde están mis gambas?
Usted compra una bolsa de gambas peladas
ultracongeladas, las echa en la sartén y se convierten en minigambas
chapoteando en un charco de agua. ¿Qué ha pasado? Es por el glaseado. Muchas
veces el pescado y el marisco se ultracongelan in situ a -18 grados. Con el fin
de evitar la deshidratación se hace pasar al producto por una cortina de agua
justo después de la congelación, construyéndole una especie de iglú. Sucede con
los mejillones sin concha, chipirones, bacalao… Esta capa no debería superar el
6 por ciento del alimento, pero algunos fabricantes lo someten a varios
glaseados -es legal, y no hay límite máximo- y se puede llegar hasta el 30 por
ciento, vendiendo así el agua a precio de gamba.
El tomate frito no está frito
El tomate frito de bote no es tal. En realidad es
un puré de tomate. En una sartén en la que no hay ni pizca de tomate se fríen
cebolla y ajo, luego se retiran y se usa ese aceite para mezclarlo con el
tomate batido. Si alguien quiere tomate frito de
verdad, se lo tiene que hacer en casa. La variante industrial
del tomate frito casero, también llamado ‘de la abuela’, lleva más azúcar.
El secreto de los ‘nuggets’
Para elaborar un nugget de
pollo se utiliza pollo, sí. ¿Pero de qué clase? ¿Pechuga? Ojalá. Pero no sea
ingenuo. La que se usa es carne separada mecánicamente. Verá: una vez se han
cortado los muslos, alitas y pechuga (que se comercializan aparte), en la
carcasa aún queda carne pegada, que se arranca, se tritura y se separa de los
huesos.
La pasta obtenida, con una textura parecida al
‘blandiblú’, se congela; tiene muy poca vida útil porque la carga
microbiológica es grande, así que se añaden bastantes conservantes. Es pegajosa
y poco manejable, con mucha grasa y poca proteína, por eso se trabaja en
bloques de pasta congelada que vuelven a picarse añadiendo piel de pollo y una
mezcla de almidones y colorantes. Se añaden fibras de guisantes o soja, que
aumentan el volumen. Sal, glutamato y una pizca de aroma de pollo. Como mucho,
el nugget llevará un 50 por ciento de esa carne
extraída del esqueleto. Esta pasta se mete en una máquina que la dosifica en
tiras y un troquel le da esa forma tan irresistible para los niños.
El atractivo del 0 por ciento
Los yogures suelen pecar
de exceso de azúcar. Lo ideal es que solo tuvieran dos
ingredientes: leche y fermentos lácticos. Para hacerlos más ligeros se les
quita la grasa, aunque estudios recientes apuntan a que los lácteos enteros no
son el demonio. Pero entonces están sosos… Para compensar el sabor que se
pierde, se le suele añadir azúcar. Rizando el rizo, se comercializan yogures 00
por ciento (sin grasa ni azúcares), pero los fabricantes añaden toda clase de
edulcorantes y aditivos para que sepan a algo. Tampoco se ha demostrado que los
yogures con bífidus ofrezcan más beneficios ni que suban las defensas… Los
yogures no son más saludables por ir en un envase de color verde ni por llevar
pintado muesli. Lo mejor es mirar la tabla de
ingredientes y que cumplan la regla 3-4-3 (3 por ciento de proteínas, 4 de
azúcar y 3 de grasa). Si lo quiere con fruta, añádala usted
mismo.
¿Galletas inocentes?
Deberíamos cuestionar la presunción de inocencia
de las galletas, presentes en tantos desayunos, incluso en los hospitales.
Equivalen a bollería industrial. Su consumo debería ser ocasional. Una
galleta sencilla, tipo maría, contiene casi un 20 por ciento de grasa, la mitad
de ella saturada, y alrededor de un 25 por ciento de azúcar.
Incluso las denostadas magdalenas, donuts y cruasanes tienen menos azúcar,
aunque algo más de grasa. La digestive (solo es un nombre comercial que sugiere
una buena digestión, algo que también es cuestionable) tiene menos azúcar y más
o menos las mismas grasas, aunque el porcentaje de saturadas es algo menor.
Marián García [@boticariagarcia]
y Gemma del Caño [@farmagemma] son doctoras en Farmacia y expertas en seguridad
alimentaria. Sus dotes como divulgadoras han logrado dinamizar un necesario
debate sobre nutrición.