jueves, 6 de agosto de 2020

Del helado al mantecado y tiro porque me toca


(Un texto de Ana vega Pérez de Arlucea en el Heraldo de Aragón del 24 de agosto de 2019)

El día del Corpus marcaba antiguamente el comienzo del verano con la llegada a las mesas del mantecado, el helado español más clásico.

Si entre los efluvios veraniegos y las barbaquiús han sido ustedes capaces de seguir los pasos de esta sección, sabrán que llevamos varias semanas suliveyados por los perjúmenes de la mayor gastroliterata que han dado las letras españolas: Emilia Pardo Bazán. En el último capítulo sobre sus antojos estivales aparecieron aquí como invitados Teófilo Gautier y los refrescos, objeto de pasión desaforada tanto de la novelista gallega como del escritor francés. Este último detallaría con pelos y señales la excelente oferta de los cafés madrileños en su libro 'Viaje por España' (1843) y se convertiría de paso en referencia culinaria para doña Emilia, quien cincuenta años después repasó asombrada las alabanzas del francés hacia nuestras bebidas más ligeras. Gautier no escatimó alabanzas hacia los refrescos de naranja, fresa o guinda, la limonada, el agraz helado, las horchatas varias ni la cerveza con limón, pero reservó uno de sus párrafos más curiosos para una exquisitez que les dejará a ustedes pasmados.

«Para terminar con los cafés, diremos que los sorbetes españoles se diferencian de los de Francia en que tienen más consistencia; que los quesitos son helados pequeños, duros, moldeados en forma de queso. Los hay de todas clases: de albaricoque, de plátano, de naranja, como en París; pero también los hacen con manteca y con huevos aún sin formar, que se sacan del cuerpo de las gallinas despanzurradas, cosa que es exclusiva de España, pues yo no he oído hablar más que en Madrid de este singular refinamiento». ¿Cómo? ¿Qué? Les imagino, queridos lectores, tan asombrados como lo estuvo nuestra musa allá por 1897, cuando escribió que ella no había oído hablar nunca de tan estrafalario refinamiento hecho con huevos nonatos. «Dudo que los cafeteros se consagren a buscarlos para mejorar el vulgarísimo sorbete de mantecado, del que tanto consumo se hace en Madrid apenas empieza el calor a ser asfixiante». Efectivamente, el mantecado era el helado más popular en aquel entonces y lo que le diferenciaba era su alto contenido en yemas de huevo, pero no parece muy probable que los heladeros se pusieran a abrir gallinas para poder hacerlo. Ni probable ni viable, porque hacen falta muchos huevos para elaborar mantecado. Si preguntan por ahí verán que el sabor concreto del mantecado es una gran incógnita. Hay quien cree que ha de ser de vainilla y quien piensa que es sinónimo de «helado» y que puede saber por lo tanto a cualquier cosa que se le ponga.

En realidad la peculiaridad del mantecado está en que lleva leche y huevos. Esta cuestión ahora nos puede parecer una perogrullada porque casi todos los helados modernos tienen como base esos ingredientes, pero que hace doscientos años no era tan habitual. Piensen que las antiguas técnicas de congelación, fundamentadas en el uso de nieve, sal y mucho esfuerzo humano, no permitían obtener resultados tan homogéneos como los actuales. Los zumos de frutas azucarados, la aloja, el vino especiado, la leche y otros brebajes se congelaban dentro de recipientes de estaño u hojalata rodeados de hielo y sal, y dependiendo de la paciencia del oficiante o de la cantidad de nieve que tuviera a mano se conseguía un producto más o menos sólido. La textura final podía ir desde el granizado flojo hasta el mazacote sólido o «queso helado», que se decía entonces, pero el concepto de helado cremoso no aparecería hasta la introducción, por un lado, de ingredientes grasos en la ecuación y por otro de un adecuado batido de la mezcla. 

Lo primero lo consiguió el mantecado ya en el siglo XVIII, y recibió precisamente ese nombre por contener elementos grasos como huevos, leche, nata o mantequilla. 'Manteca de bacas fresca' (sic) es lo que indicaba usar Juan de la Mata en su Arte de repostería de 1747, mientras que en las sencillas botillerías -los establecimientos dedicados a la venta de bebidas heladas- se conformaban con añadir yemas de huevo a tutiplén.

¿A qué sabía? Pues a canela y cítricos, esa combinación que campa a sus anchas por infinidad de platos tradicionales españoles como el arroz con leche, las pastas o la leche merengada. Gracias al médico Ignacio María Ruiz de Luzuriaga (y a su libro 'Disertación médica sobre el cólico de Madrid', de 1796) sabemos por ejemplo que los botilleros de Madrid hacían el mantecado «con dos azumbres de leche y treinta yemas de huevo, tres libras y media de azúcar común y un poco de canela y de la corteza de naranja». El mantecado era tanto más apreciado, mantecoso y fino cuantas más yemas llevara en su composición y con el tiempo su deseada textura cremosa le convirtió, más que en una receta concreta, en el estándar básico para elaborar helados de distintos sabores como vainilla, fresa o chocolate. Por eso mucha gente lo entiende como un término general para designar los helados de crema.

Volvemos ahora con doña Emilia, porque en un par de ocasiones relató minuciosamente cómo era el mantecado de su infancia a mediados del siglo XIX y de qué manera había evolucionado la heladería nacional. En 1905 decía que «para comprender hasta qué punto hemos avanzado en esto de comer esmeradamente, hay que pensar en una golosina muy deliciosa y hoy muy común; a saber, el helado. Yo recuerdo tiempos en que el helado era una especie de mito. Lo vendían, es cierto, en los cafés... ¡pero con qué aparato, con qué misterio!».

En aquellos tiempos el helado tenía una temporada fija e inalterable, que empezaba con la fiesta de Corpus Christi y «terminaba al regresar los estudiantes a sus aulas. El día de Corpus, después de la procesión [...] el criado se aproximaba sigilosamente y al oído de su ama bisbiseaba: -Ahí está eso... Y eso era el farolito de metal en que traían, en copas de grueso cristal azul, el mantecado». Resulta difícil imaginarse ahora, cuando tenemos helado a nuestra disposición los 365 días del año, lo que significaba aquel capricho festivo, lujo sin igual a base de frío y huevo.

martes, 28 de julio de 2020

Torvehallerne, un sabroso secreto a voces


(Un texto de Jorge García Palomo en una de las revistas Ling de 2017)

“No conozco ningún secreto en particular de Torvehallerne", nos confiesa con humildad su responsable de marketing, Mathilde Thykier. Porque, sin duda, el secreto a voces, la mayor virtud de este espacio carismático con unas 80 tiendas es que se trata del mercado de alimentos más grande de Copenhague. Y que atrae a más de 80.000 visitantes a la semana. Una suerte de Boquería barcelonesa o mercado de San Miguel madrileño en la capital de Dinamarca que brinda toda una oda a los productos excelsos, las verduras locales, carnes de órdago, cafés importados desde distintos rincones del mundo, delicias artesanales y ecológicas, quesos, zumos de frutas, cervezas, especias exóticas, pescado fresco y esa ingente variedad gastronómica en la que habita el gusto colectivo. Y el de cada uno.

Comidas gourmet, especialidades culinarias riquísimas, diferentes viandas y llamativos dulces para soñar despiertos. Incluso se pueden encontrar ornamentos florales, utensilios para el arte entre fogones y, sí, ese otro clásico de los daneses que son los smorrebrod, tostadas de pan negro con mantequilla e ingredientes fríos que maridan —sorprendentemente— a la perfección. Quizá todo esto de comprar bien y saborear un buen plato, valga la osadía, tiene también que ver con el hygge, la etérea filosofía escandinava que promueve el bienestar de sus ciudadanos y que últimamente ha dado la vuelta al globo terráqueo desde los medios de comunicación. Porque en las sociedades actuales existe una imperiosa necesidad de echar el freno y degustar la felicidad cotidiana. A fuego lento.

En cualquier caso, volvamos a Torvehallerne. Diseñado por el arquitecto Hans Hagens e inaugurado en 2011, hoy se ha convertido en un lugar muy popular. Estamos en el corazón de Copenhague, en lsraels Plads, cerca del Ayuntamiento y a un centenar de metros de la estación de Norreport, buen enlace con el aeropuerto. Con perdón por el tópico, Torvehallerne se enmarca en el centro neurálgico de la urbe. Totalmente. Lo conforman dos modernos pabellones de cristal y acero y, tras los flamantes mostradores, nos dan la bienvenida los expertos que comparten con el cliente su vocación por la cocina.

"Es un mercado que se centra en la diversidad y en la posibilidad de participar en catas y descubrir rarezas de aquí y de allá. El punto de partida es el respeto fundamental por el producto, la comida y la cultura alimentaria. Las palabras claves son calidad, frescura y contacto directo entre comerciantes y fabricantes", definen desde su web: www.torvehallernekbh.dk. Y ante la pregunta de cuándo acudir, otra razón de su éxito: abren los siete días de la semana. Como afirma su responsable de marketing, Mathilde Thykier, reciben visitas de "muchísimos turistas de todas partes del mundo, principalmente de Europa". "Torvehallerne es un mercado variado con un montón de puestos de comida, con un acceso cómodo, con productos locales y para llevar", subraya para Ling. Un entorno idóneo, desde luego, para quienes quieren tomar algo rápido o un menú más sofisticado o tapas genuinas. O tal vez haya quien prefiera preparar la pitanza después, con calma, en la calidez del hogar que recomienda el célebre hygge, la admirada felicidad danesa. Algo que se puede observar en Torvehallerne, donde no faltan propuestas tan interesantes como la tienda de té Tante T, The Coffee Collective, Cofoco Supermarché, Sushi Lovers o el Summerbird para fans del chocolate. Pero lo mejor, como suele ocurrir en estos casos, es improvisar y despertar los cinco sentidos. Incluso el sexto.

Sentido común. No olvidemos las pautas básicas de cordialidad y educación. Los artífices del afamado centro comercial de Copenhague admiten que seguramente no todas las opiniones sobre su oferta gastronómica —o sus precios— serán siempre positivas. "Mantenga el buen tono", sugieren allí mismo y en la web. Porque así deberían ser estos espacios de convivencia: relajados, apacibles, entregados a la delicadeza y la pasión por redescubrir los colores y sabores de la buena mesa. De acuerdo, hay muchos planes potentes para exprimir Copenhague y Torvehallerne igual no ocupa el primer puesto de la agenda del viajero, pero la vida de las ciudades se respira también en los mercados. Y si son de proximidad, más y mejor. Bazares, zocos, el Rastro... Aquí brota la espontaneidad. Incluso en los sitios más asépticos. Y el encanto de Torvehallerne lo sintetizan con puntería fina desde el portal oficial de la capital danesa, www.visitcopenhaguen.com: "No es un supermercado. Es un súper mercado". Lo del hygge igual no se acaba de entender del todo, pero en esto han estado muy inspirados. Buen provecho.

domingo, 12 de julio de 2020

El origen de la parrilla en el testamento de Juan Sebastián Elcano

 (Un texto de Daniel Méndez en el XLSemanal del 6 de octubre de 2019)

«Tres ollas de cobre, tres sartenes e tres parrillas de fierro». Los enseres que Juan Sebastián Elcano legó en su testamento prueban que fue «el primer parrillero vasco». Así de rotundo se muestra el cocinero Aitor Arregi, [...]

“Hay tres tipos de seres humano: los vivos, los muertos y los que navegan por el mar”. La frase la escribió Anacarsis, un filósofo escita que vivió en el siglo VI antes de Cristo. Pero es Aitor Arregi, dueño del restaurante Elkano, en Guetaria, quien la trae a colación al hablar del marinero más célebre de su localidad: Juan Sebastián Elcano, el mismo que da nombre al establecimiento que regenta y que logró, hace ahora 500 años, dar por primera vez la vuelta al mundo. «¡La frase es la hostia! -exclama-. Refleja a la perfección la cultura que llevó a marineros como Elcano a lanzarse al mar. Los que salen a navegar, dice Anacarsis: te has ido, y no tengo ni idea de si volverás o no». De hecho, subraya, en la expedición que partió de Sevilla en 1519 liderada por Magallanes y regresó tres años más tarde con Elcano al mando, partieron casi 250 personas y volvieron 18. «¡Y pese a eso se vuelve a embarcar pocos años más tarde!».

En esta segunda expedición motivada, como la primera, por la conquista del mercado de las especias, fallecería Juan Sebastián Elcano, víctima probablemente del escorbuto que a tantos marineros de la época se llevó por delante; aunque hay quien sugiere que fue la ciguatera, una intoxicación alimentaria que podría haber sido provocada por la ingesta de una barracuda, la que acabó con la vida del marinero y gran parte de la alta jerarquía de la expedición.

Elcano perdió la vida en las aguas del Pacífico el 4 de agosto del año 1526. Apenas dos semanas antes redactaba su testamento. Entre los bienes que menciona aparecen «tres ollas de cobre, una con su cobertor; un puchero de estaño, ocho platos de estaño; dos pares de trebedes de fierro; tres sartenes, tres asadores e tres parrillas de fierro.». «¡Tres parrillas! -interrumpe hoy Aitor Arregi la enumeración-. ¡Esto quiere decir que nuestro primer parrillero, el que ya asaba a bordo de las embarcaciones, fue Juan Sebastián Elcano!»

En realidad lo que demuestra es que ya en época del célebre marinero se utilizaba la parrilla a bordo. Actualmente, la parrilla es seña de identidad en esta localidad guipuzcoana. Instaladas en el exterior de los asadores, forman parte del paisaje urbano de la ciudad. Hace años, Aitor se embarcó en el estudio del origen de este arte culinario que él heredó de su padre, Pedro Arregi, quien abrió el restaurante que hoy regenta Aitor a mediados de los años sesenta.

Fue el historiador Xabier Alberdi, director científico del Museo Naval de San Sebastián y asesor de la Fundación Elkano, quien dio con la cita camuflada en el testamento del hombre que completó la primera circunnavegación de la Tierra. La frase, ignorada por otros historiadores, era de vital importancia para quien se afana, como Aitor o el propio Xabier, en documentar los usos gastronómicos de la región, tanto en mar como en tierra. El uso de parrillas a bordo de las embarcaciones se extiende desde el siglo XVI hasta mediados del siglo XX.

[...]

Bacalao, caballa, salmonetes, besugos, sardinas… Fueran aventureros lanzados a la conquista del mundo o pescadores rumbo a Terranova, los marineros de la región asaban sus capturas en un pequeño recipiente de madera y hierro que contenía una cama de arena para encender las brasas. Pedro Iribar, antiguo pescador de la zona, da buena fe. «Yo he conocido la parrilla a bordo. Pasábamos unos 15 o 20 días en el mar y preparábamos costillas que llevábamos de casa o sardinas y bonito recién pescados». Tras siete años en el mar, Pedro -que había estudiado Ingeniería- fue profesor de instituto. Hoy está jubilado y se dedica desde hace años a recuperar aperos de pesca y relacionados con la vida a bordo que ya se han dejado de usar. Hoy acude con la parrilla de hierro que él mismo usaba en su barca y una vieja oalla restaurada. La acaba de poner a punto para mostrarla en el San Sebastián Gastronomika. «Las hacían con cajas de arenques o de sardinas. Esta me la dio un viejo pescador de la zona, la he arreglado siguiendo las explicaciones que él me dio. madera por fuera y recubierta de yeso en su interior para aislar el calor». Se colocaban, bien amarradas para evitar accidentes, en la cubierta de las embarcaciones. A bordo se usaba carbón, y no madera, como combustible: aporta mayor energía calorífica, resiste mejor el ambiente húmedo de la bodega y es más seguro. Otra huella que han dejado en tierra: las parrillas que hoy inundan la localidad de Guetaria siguen distinguiéndose por el uso del carbón.

Fueron los propios pescadores los que implantaron la parrilla en tierra. Al regresar a casa, asaban en las antiguas sidrerías o bodegas de vino del puerto sus propios pescados. «Cuando vuelven los pescadores de sus travesías, necesitan divertimento y solaz. ¿Qué había? Bodegas donde se vendía vino, sidra y poco más.

“Más importante que el objeto físico, lo que desembarca con los marineros es el conocimiento. ¡A un pescador no le des una sardina de la nevera!”

Después comienzan a servirse algunas salazones, bonito en conserva… Hasta que en los años cuarenta del siglo pasado, algunos establecimientos comenzaron a instalar una parrilla para que los pescadores asaran las piezas que traían». Es Xabier Aldalur, profesor y director del hotel Azkue, quien resume el proceso. Aitor remata: «Pero más importante que el objeto físico de la parrilla, lo que desembarca con los marineros es el conocimiento. ¡A un pescador que acaba de atracar en el puerto no le des una sardina que lleva tres días en tu nevera!». Y también una manera de hacer, de cocinar: desde el minimalismo. La tradición culinaria de los marineros es básica, esencialista. «Esta es precisamente la base de nuestra manera de entender la cocina. ¡Muy seguro tienes que estar para dar algo desnudo, simplemente a la parrilla y sin apenas intervenir más que eso! Cuando uno está bien, se pone en pelotas. Y cuando no, te tapas con mil capas», remata Aitor con un gráfico ejemplo.

***

«El pescado, al fuego; de ahí, al pan, si es que lo tienen, o directamente con las manos… y a la boca». Aitor explica así de gráficamente la cocina básica de los marineros y la suya propia. Cuando el producto es bueno, no se necesita más.
 
La parrilla de Elcano era una ‘oalla’ como las que usaban los marineros de Guetaria hasta comienzos del siglo XX. Se fabricaba usando cajas que se rellenaban con arena para que el calor del carbón no quemase la madera. 
 
Otro tipo de parrilla sustituyó a la ‘oalla’ a comienzos del siglo y siguió en uso en los barcos hasta los años 60. Aquí preparaban costillas traídas de casa o lo que pescaban en alta mar.

Los modernos barcos cuentan con ‘lujos’ como cocinas de gas, microondas o tostadoras eléctricas. Y vasos y cubiertos. Los aventureros del siglo XVI comían del puchero o con la mano.

jueves, 9 de julio de 2020

Y de aperitivo, pipas

(Un texto de S. Vivas en la revista Mujer de Hoy del 11 de julio de 2015)


Comer pipas es algo más que un pasatiempo nacional. Te contamos todo lo que te pierdes si no incluyes estas deliciosas semillas en tu dieta.

LA DOSIS ADECUADA
Puedes consumir hasta 100 g de pipas (pesadas sin pelar) al día sin temor a engordar ni un gramo. De hecho, tienen las mismas calorías que una manzana grande. En cuanto a su preparación, las crudas conservan todos los nutrientes, pero las tostadas también son una buena opción, aunque en el proceso pierden algunas vitaminas. De las saladas, mejor abstenerse, sobre todo si sufres hipertensión.

QUÉ APORTAN
Omega 3 antiinflamatorio, vitamina E antioxidante, minerales de esos que las mujeres echan en falta (hierro, calcio...). Otra de sus cualidades es que, si se consumen junto a frutos secos o legumbres, ambos alimentos se complementan y logran una proteína de alto valor biológico.

QUÉ HACEN POR TI
Aumentan las defensas, equilibran el metabolismo, evitan que picotees entre horas y, lo mejor, ayudan a prevenir el cáncer. "Las pipas de girasol contienen lignanos, que además de reducir el colesterol también combaten los síntomas de la menopausia y reducen el riesgo de sufrir cáncer de mama", explica la nutricionista Amil López de dietacoherente.com.
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