lunes, 31 de octubre de 2022

Jengibre, para todos los gustos

(Un texto de Ramón Álvarez en el suplemento dominical del Periódico de Aragón del 15 de septiembre de 2019)

El jengibre qué consumimos es el rizoma o tallo subterráneo de la planta de igual nombre, originaria de los bosques tropicales del sur India. Desde siempre ha ido parte de la gastronomía de los países árabes, China o India debido a sus múltiples beneficios para la salud. Posee propiedades antiinflamatorias, antisépticas y reguladoras de la glucosa en sangre. Además, es un óptimo protector gastrointestinal a la vez que un remedio eficaz para combatir las náuseas.

Precisamente por sus beneficios ha ido incorporándose en nuestra dieta, especialmente en forma de infusión o en zumos, especialmente por parte de deportistas. Pero el jengibre tiene muchas más posibilidades culinarias que encantarán a quienes gusten de su sabor característico, intenso y algo picante.

BATIDOS. Los smoothies o batidos de diversas frutas de temporada adquieren un sabor muy especial y aumentan sus propiedades saludables si se acompañan con jengibre. Basta con añadir, a las frutas lavadas y cortadas, una o varias ralladuras de jengibre y mezclar todos los ingredientes en la batidora.

DULCES. El jengibre es perfecto para la confección de dulces. El bizcocho de jengibre es una de las recetas caseras habituales en Estados Unidos. En el norte de Europa las galletas de jengibre son tan populares que, cada año por Navidad, en Bergen (Noruega) se levanta el Pepperkakebyen, un pueblo en miniatura construido a base de galletas de jengibre.

ENSALADAS. Para dar un toque original a cualquier ensalada basta con rallar jengibre a la hora de aliñarla, como se hace con la trufa. Otro método de enriquecer el sabor de una ensalada es preparar una vinagreta, con aceite y mostaza, y presentarla en un cuenco para que cada comensal aderece su plato según sus preferencias.

OTROS PLATOS. Este rizoma puede usarse también carne y pescado. Desde pollo adobado en jengibre antes de cocinarlo hasta salmón marinado con jengibre y wasabi, pasando por una crema de tomate con jengibre y coco rallado o un atún con jengibre y naranja.

Hervido mejor que en infusión

Al tratarse de la parte dura de una planta, similar a una raíz, si preparamos cualquier tisana de jengibre como si se tratara de un té, cortando a rodajas los bulbos y dejándolos en remojo en agua caliente, extraeremos muy poco sabor y no aprovecharemos sus propiedades saludables. La mejor manera de prepararlo es, una vez cortado, ponerlo a hervir en agua durante 10 a 15 minutos y dejarlo reposar otros cinco antes de servirlo, colándolo y acompañándolo, según las preferencias de cada uno, con té verde, miel y unas cucharaditas de zumo de limón recién exprimido.

jueves, 20 de octubre de 2022

De la buena pitanza en el Madrid del s. XVII

(Leído en un folleto -El Barrio del siglo XXI- de febrero de 2009)

El madrileño del siglo XVII se pirraba por los despojos de carnero y cerdo: cabeza, vísceras y sesos. Los más baratos eran los del cerdo. Los sábados, las cabezas, asaduras y vientres eran para los monarcas y los señores del Concejo.

El consumo de pescado marcaba profundamente la posición social y el desahogo económico. Las clases altas lo tomaban fresco, de río o incluso de mar, que lo transportaban los maragatos, arrieros que monopolizaban este tipo de comercio. El pescado fresco se acababa enseguida y se usaba el escabeche: de ostras, de besugos y de salmón principalmente. Para los sectores más humildes estaba el pescado seco: el cecial (especie de merluza) y el abadejo (similar al bacalao). Se vendía remojado y era un género muy solicitado en Cuaresma.

El desayuno popular tenía en los torreznos el manjar más demandado. Lope de Vega cantaba las bondades de este producto:

"Quien con un torrezno asado

se desayune, o con migas,

al doctor le da cien higas"

Todo ello bien regado por los vinos de San Martín de Valdeiglesias, Navalcarnero o Arganda. La clase media se aficionó al chocolate, mientras que el campesinado y trabajadores siguieron fieles a los torreznos.

miércoles, 21 de septiembre de 2022

La pocha fresca, una verdura con apariencia de legumbre

(Un texto de Alejandro Toquero en el Heraldo de Aragón del 14 de septiembre de 2019)

Este producto, cuyo consumo en Aragón no es muy grande, se encuentra en el mejor momento de la temporada.

Los productos de temporada son un motivo de alegría a la mesa. [...] Frente a la tendencia a consumir cada vez más alimentos precocinados, congelados y de quinta gama, o a degustar fresas en enero y naranjas en agosto, reivindicar la importancia de acercarse al ingrediente fresco, de cercanía y sabroso casi resulta una obligación.

Las pochas frescas, nuestras protagonistas de esta semana, responden a este perfil, aunque no son muy conocidas en Aragón, ya que apenas se producen y su consumo es bastante minoritario. En el País Vasco, Navarra y La Rioja es donde, sobre todo, se da esta doble condición: la de su cultivo y degustación.

Lo sabe bien Javier Mené, de Frutas Mené, uno de los principales distribuidores aragoneses de frutas y verduras en el sector hostelero. Él lleva unos cuantos años potenciando su presencia entre los restaurantes zaragozanos y, en la actualidad, distribuye pochas frescas a alrededor de una docena de ellos.

Javier conoce bien esta alubia, que se cosecha antes de llegar a su madurez, por lo que se consume en fresco, antes de que se haya secado para convertirse en una legumbre. Este detalle es el que hace que tenga la consideración de verdura, de la que se puede disfrutar entre los meses de agosto y octubre.

Hay dos variedades de pochas: una redonda y de tono verdoso, y otra arriñonada cuya tonalidad, «tirando a pocha», explica Javier, es la que da nombre a esta alubia tan especial. Así como la mayoría de las legumbres se recogen con maquinaria una vez que están secas, en el caso de nuestra protagonista «la recolección es manual; las judieras van produciendo durante dos o tres meses y las vainas se cosechan en el momento óptimo, todavía en verde y sin haber llegado a madurar del todo para su degustación inmediata».

Los hortelanos las cogen de la mata con la vaina y es así como se comercializan. El cliente, ya sea un restaurante o un particular, es quien tiene que desgranarlas como si fueran guisantes frescos. «Un kilo se queda al final en la mitad de peso», prosigue Javier Mené. Este detalle, unido a la producción relativamente escasa y la recogida manual, encarece su precio, que para el consumidor final suele oscilar entre 6 y 8 euros el kilo.

Sin embargo, no es fácil ver este producto en los mercados, fruterías y verdulerías de Zaragoza, ni del resto de Aragón. Tan solo alguna tienda gourmet o establecimientos especializados le hacen un hueco a esta verdura, bastante más apreciada por nuestros vecinos navarros, riojanos y vascos.

SENSACIONES. Javier Mené destaca su finura y sabor. Estas características son, precisamente, las que más valoran los profesionales de la hostelería a la hora de ofrecer pochas frescas. Como más le gustan al propietario de Frutas Mené es cocidas con una cabeza de ajos, puerro, un poco de tomate, cebolla y, si acaso, «añadiendo al final un sofrito de pimiento rojo y verde».

Los hermanos Eduardo y Diego Latorre, del bar Hermanos Teresa, y el cocinero Ismael Herrero, del restaurante Azarina Fussion, confirman que es un producto que da mucho juego para combinarlo con otros ingredientes desde la sencillez de su tratamiento en los fogones.

«Para los cocineros es una maravilla porque es muy fácil de utilizar -asegura Ismael-, no hay que poner a remojo el día anterior como sucede con las legumbres y necesita poco tiempo de cocción». Este es un detalle que este profesional cuida especialmente, ya que le gusta que «la textura de la pocha quede al dente, de forma que al morder rompa el grano en la boca».

El tiempo que él las deja cociendo una vez que el agua ha roto a hervir oscila entre 25 y 30 minutos, en función de la cantidad. «Si te pasas se quedan harinosas», prosigue. […]

 

A Ismael Herrero le encanta trabajar esta verdura y esa pasión, que traslada también a las jornadas del puchero que organiza todos los años, se la ha inculcado a sus clientes, que de buen grado aceptan las diferentes propuestas que suele incluir en su carta de sugerencias.

VERSÁTIL. Para los hermanos Eduardo y Diego Latorre, del bar Hermanos Teresa, las pochas frescas son una referencia imprescindible durante los meses de septiembre y octubre. Tanto, que incluso congelan parte de las que compran para alargar algo más la temporada. «Es una verdura que no pierde propiedades tras congelarla; queda prácticamente igual de tierna y fina que en fresco», apuntan.

Los dos cocineros destacan su versatilidad en preparaciones con pescado y marisco a las que suelen añadir una parte de fumet a la cocción. Rape, chipirones, almejas, gambas, bacalao... son productos del mar que encajan muy bien. Pero una de las recetas que más aceptación tiene entre su clientela es la de pochas con berberechos, borraja y polvo de jamón ibérico.

«Con la carne de caza también combinan estupendamente, sobre todo en guisos de perdiz o codorniz, o con rabo de toro», prosiguen. Y otras dos elaboraciones especialmente afortunadas son con huevo poché y foie, y boletus y cocochas de bacalao.

En estos dos establecimientos se apuntan a la máxima de que «si a la clientela le ofreces productos frescos, de temporada y bien trabajados, difícilmente se olvidará de ellos». Es el caso de nuestra protagonista. Poco importa que en Aragón no exista una tradición de consumo muy arraigada. Si hay distribuidores y cocineros con ganas de trasladar al público su calidad, al final su valor en el mercado crecerá como la espuma. Y el de las pochas frescas, sin duda, es un valor seguro y en alza.

jueves, 18 de agosto de 2022

¿Por qué las botellas de vino son de 750 ml?

(Visto en facebook)

Las botellas de vino son generalmente de 750 ml (75 cl) y no de un litro (1.000 ml). ¿De dónde viene esta especificación?
 
La capacidad de una botella de vino se normalizó en el siglo XIX y surgieron las explicaciones más locas de este hecho, que correspondían a:
- La capacidad pulmonar de un vidriero;
- Consumo medio en una comida;
- La mejor capacidad para conservar el vino;
- Facilidad de transporte ...
- Nada de esto.
 
En realidad se trata simplemente de una organización práctica con una base histórica:
En ese momento los principales clientes de los productores de vino franceses eran los ingleses. Pero ellos nunca adoptaron el mismo sistema de medidas que los franceses.
 
La unidad de volumen de los ingleses era el “galón imperial” que era equivalente a 4.54609 litros.
 
Para simplificar las cuentas de conversión, transportaron vino de Burdeos en barriles de 225 litros, es decir, exactamente 50 galones, correspondientes a 300 botellas de 750 ml. (75 centilitros).
 
Siendo más fácil el cálculo, adoptaron que un barril = 50 galones = 300 botellas.
De esta forma un galón correspondía a 6 botellas.
 
De hecho, por eso aún hoy las cajas de vino suelen tener 6 o 12 botellas ”.

viernes, 15 de julio de 2022

De gazpachos, pepinos y cohombros

(Un artículo de Ana Vega Pérez de Arlucea en el Heraldo de Aragón del 3 de agosto de 2019)

La última e inesperada polémica culinaria viene de la mano de las cucurbitáceas veraniegas y su osadía gazpachera: también sobre esta refriega tiene la historia algo que aportar.

Bienaventurados aquellos que vivan el verano en la inopia vacacional, porque serán ajenos a los dimes y diretes de las redes sociales. He estado yo unos días también fuera de onda y en consecuencia no asistí a la retransmisión en directo de la última (a estas alturas quizás penúltima) controversia gastronómica: la de la adoración vs. aborrecimiento del pepino en el gazpacho. Sin meternos en quién dijo qué, podemos resumir el asunto en que ante la pregunta de si la gente prefería el gazpacho con o sin pepino, un chef triestrellado y andaluz dijo que el pepinismo gazpachil le parecía un atentado contra el buen gusto y otro célebre cocinero español le respondió que, ay, cómo podía decir algo así sobre la receta más mítica de Andalucía. Y se lió. 

Ya saben, la gente haciendo corro virtual y murmurando por lo bajini «¡que se peleen, que se peleen!». No llegó la sangre al río y tampoco el pepino al dornillo porque ambos mantuvieron firmes sus posiciones, pero el tema ha acabado por dominar el cotilleo culinario y sus ondas expansivas se siguen sintiendo una semana después. Como ya me conocen ustedes, sabrán que ahora es cuando llega presta y rauda la Historia a sacar punta a este polémica. Efectivamente, algo tiene que decir al respecto, igual que también lo tuvo nuestra musa vital -y estival- doña Emilia Pardo Bazán.

Habiendo hablado hace pocas semanas de la que de momento es la receta más antigua conocida de gazpacho, escrita en México y bastante diferente a lo que hoy concebimos como tal, ya se imaginarán que en realidad lo que actual y mayoritariamente conocemos como la receta canónica del gazpacho es una variante estandarizada de las muchas que a lo largo de los siglos ha habido. El gazpacho era un concepto abierto que se sustentaba sobre la base de agua, pan, ajo, aceite y vinagre, y que podía admitir sin problema cebolla, pimientos rojos o verdes, pepino y tomate (los ingredientes ahora más habituales) pero también perejil, hierbabuena, comino, ajedrea, cilantro, espárragos, naranjas, carne o pescado. Lo que hubiera a mano y ayudara a darle sustancia y alegría, porque los múltiples y miles de gazpachos distintos que se hacían en cada casa o pueblo eran un plato de subsistencia que no se paraba en melindres de «esto no me gusta» o «esto no pega». Había que llenar el buche de manera fácil, rápida y económica, de modo que cualquier cosa era susceptible de acabar en la escudilla.

Múltiples versiones

Aparte del gazpacho rojo al que rendimos pleitesía hoy en día, hubo y hay otras muchas versiones tan distintas que nos resulta difícil encajarlas en nuestra idea gazpachera. Algunas son transparentes, otras espesas o con tropezones, frías, calientes. Como gazpacho se calificaron siempre el salmorejo, el ajoblanco o la porra antes de que en torno a 1880 la variante roja con verduras de verano acabara popularizándose extraordinariamente en toda España, precisamente para sofocar los calores. 

Se puso repentinamente de moda del mismo modo que se imponen las tendencias gastronómicas modernas: gracias a la labor de personas influyentes a los que los demás querían imitar. Se habló de una duquesa andaluza a la que se le ocurrió trasplantar aquella receta labriega a los salones madrileños, de terratenientes con nostalgia de los campos del sur y sofocos capitalinos. Pero lo importante es que en 1885 todo quisqui con ínfulas tomaba gazpacho en Madrid y no tardó en adoptarse incluso en el mismísimo palacio real. Con su tomate y su pepino, que han estado unidos bajo el mismo destino gazpachil desde hace casi 200 años.

Quienes reniegan del pepino en la fórmula canónica están en su derecho personal a aborrecerlo, pero no a decir que sea un elemento menos tradicional o auténtico que el tomate. Más o menos picado y en mayor o menor cantidad, el pepino se ha usado en casi todas las recetas estándar de los últimos dos siglos, incluso antes de que el colorado Solanum lycopersicum hiciera su aparición en el corpus gazpachero nacional. Otra cosa es que en ciertas zonas, ciertos pueblos o ciertas casas no se añada, sea por tradición o por preferencias particulares.

A los que creen que es demasiado agresivo o notorio y a los que sufren que les repita durante horas, les consolará saber que el problema está en que no están usando la cucurbitácea correcta. Ahora identificamos 'pepino' con el cucumis sativus, y de esa especie son la inmensa mayoría que bajo ese nombre se cultivan y venden en nuestro país. Pero antiguamente 'pepino' se usaba indistintamente para denominar al cohombro o alficoz (cucumis melo flexuosus), una subespecie de melón con aspecto de pepino largo y enroscado como una serpiente que tiene un sabor mucho más suave y se puede incluso comer con piel. No repite, señores. Hasta principios del siglo XX, los cohombros fueron muy populares en el sur y el levante español y se consumían encurtidos, confitados, en ensalada o -jajajá- en gazpacho. En la Edad Media se consideraron muy superiores y más adecuados que los pepinos normales y durante varios siglos se diferenciaron claramente de los mismos llamándose cogombros, cohombros o alficaces (del hispanoárabe alfiqqús), aunque después se diluyó la distinción léxica.

Los cucumis sativus se impusieron y con ellos llegó la necesidad de salar o 'desangrar' los pepinos antes de utilizarlos, para que no repitieran. Eso es lo que recomendaba hacer precisamente Emilia Pardo Bazán en su recetario 'La cocina española antigua' (1913) y la razón por la que creía «hacer un beneficio a la humanidad previniéndola contra los gazpachos en los que entra con dosis muy altas el pepino». Si sufren también ustedes los resabios del antipepinismo, prueben a echar cohombros en nuestra sopa fría más famosa. O tómenla como les dé la gana, pero sin sentar cátedra en Twitter.

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