(Extraído de un texto de Caius Apicius del suplemento gastronómico del Heraldo de Aragón del 3 de junio de 2017)
[...] Los españoles somos muy nuestros en lo tocante a los corderos: nos
encanta el que no ha tomado más que leche, y llamamos con desprecio
borregos a los que han variado su dieta y crecido. [...]
[...] los carneros de pré salé [...] pastan la hierba que crece en esas
marismas que la pleamar invade dos veces al día, casi a la sombra de esa
maravilla que es el Mont Saint Michel.
Ángel Muro, a finales del XIX, ya afirmaba que "los mejores carneros
del mundo civilizado son los de los prados salados de las costas de
Normandía y Bretaña (de pré salé), carneros que, según el propio autor,
eran prácticamente monopolizados por las cocinas de Palacio. Muro, en
"El Practicón", recoge quince recetas de pierna de carnero y más del
doble de otros cortes.
Pero una veintena de años después, doña Emilia Pardo Bazán explica
que "el carnero, estimado en Francia, no figura aquí sino rara vez en
mesas un tanto esmeradas, y casi nunca en convites; suele el carnero en
España tener un tufillo bravío".
Estimado en Francia... y en Inglaterra, como nos cuenta Julio Camba
en su brillante descripción del servicio de un joint of mutton asado en
el Savoy londinense. Y Prosper Montagné, en la primera edición del
Larousse Gastronomique (1938) dedica nada menos que once páginas al
mouton.
En tiempos de los Austrias, el carnero era la más apreciada y
valorada de las carnes de matadero. Cervantes, para subrayar que las
rentas del hidalgo Alonso Quijano no eran pingües, nos dice que en su
olla (cocido) entra "más vaca que carnero".
Con todo, el refranero español acuñó el dicho de que "de la mar el
mero, y de la tierra el carnero". Ya ven que hasta en el refranero el
cordero ha sustituido al en otro tiempo valoradísimo carnero.
Pero vayamos al tufillo bravío que decía la condesa de Pardo Bazán.
La mejor aclaración la había dado Muro, al hablar de las criadillas de
carnero: "este manjar (las criadillas) es el responsable de que no sea
excelente en España la carne de carnero". Añadía que "no se puede estar
en la procesión y repicando al mismo tiempo", y que si se querían
criadillas forzoso era renunciar a un buen carnero, y al revés.
Carnero castrado, entonces. El montone castrato de los italianos, el
carnero condenado a la soltería desde edad muy tierna, como dicen los
franceses. Está claro que los animales castrados mejoran, a efectos
gastronómicos: es mucho mejor la carne de buey que la de toro, antes
cerdo que jabalí, es preferible un capón a un gallo... Pues con el
cordero pasa lo mismo.
El español, ya decimos, es de corderos de leche, de corderitos que no
llegan a los dos meses de vida, ideales para esos asados rústicos en
horno de leña, o para asar unas mínimas chuletillas de, como mucho,
bocado y medio sobre sarmientos, al aire libre si puede ser. Lo demás,
calderetas incluidas... borrego, dicho en el sentido más peyorativo que
pueda darse a la palabra.
Borregos los carneros franceses o ingleses a que hemos aludido;
borrego el protagonista de un espléndido cuscús magrebí... Borregos los
fabulosos ejemplares de la españolísima raza merina que a veces llegan
de Nueva Zelanda o Australia...
La verdad es que la frontera entre cordero y carnero está, en todas
partes, entre diez y doce meses de vida. Quiere esto decir que el famoso
cordero de la Pascua judía o Pesaj, de la que deriva la Pascua
cristiana, no es cordero, sino carnero: la Escritura dice bien claro que
ha de tratarse de un animal de un año, sin defectos, o sea: carnero,
por más que hablemos del cordero de Pascua y las traducciones de la
Biblia insistan en el cordero.
En fin, que parece que lo que da miedo son las palabras. Llamen
cordero, si es su gusto, al mouton; pero, si tienen ocasión, entablen
relaciones con la rica cocina de nuestros vecinos norteños para él.
Prueben uno de pré salé... y ya me contarán.
sábado, 21 de octubre de 2017
miércoles, 18 de octubre de 2017
Conservar las especias
(Leído en la revista Mujer de Hoy del 26 de diciembre de 2015)
- Mejor enteras. Puede que en polvo sean más cómodas, pero las especias, una vez molidas, pierden sus propiedades más rápidamente, así que, cuando sea posible cómpralas enteras en semillas o granos y muélelas antes de usarlas.
- Nunca caducadas. Por mucho cariño que le hayas cogido a ese botecito que lleva en tu alacena desde que te mudaste, deshazte de él porque seguramente ya no vale para nada. Escribe la fecha de compra en la tapa y deshazte de las que tengan más de un año si son molidas (las enteras pueden durar más). Si no sabes cuándo las compraste, fíate de tu olfato: si al abrir el bote no percibes su olor inmediatamente... sospecha.
- Bien almacenadas. Su peculiar aroma y sabor se lo deben a sustancias que se esfuman con facilidad... y con ellas sus propiedades saludables. El vapor, la luz y el calor son los principales ladrones de su esencia, así que conviene conservarlas en frascos herméticos en un lugar fresco, seco y oscuro... Una balda encima del extractor, o junto a la vitrocerámica o el microondas no es el sitio adecuado.
- Siempre secas. Cuando las emplees, utiliza una cucharita bien seca para no humedecer el resto del contenido de los botes.
domingo, 15 de octubre de 2017
La salsa de soja: el sutil potenciador de la cocina oriental
(Extraído de un artículo de Alejandro Toquero en el suplemento gastronómico del Heraldo de Aragón del 6 de mayo de 2017)
[...]
[La soja] es un alimento que se emplea desde hace siglos. Su origen está en China, donde la utilizan como la principal fuente de proteínas. Hacia el año 3.000 a. C, ya la consideraban como una de las cinco semillas sagradas. A la hora de comerla, lo que buscaron, sobre todo, fue transformarla o fermentarla, ya que de esta forma sus nutrientes se asimilaban mejor y era más digestiva.
Las posibilidades que ofrece son muchas. Habitualmente, se presenta en forma de habas o brotes tiernos, tofu (queso de soja), un fermento muy vitamínico denominado tempeh, harina, lecitina, miso (pasta fermentada) y transformada en distintos tipos de salsas. Además, su versatilidad hace que esté presente en yogures, mahonesas, salchichas, hamburguesas, patés y en otras muchas elaboraciones. Y, por supuesto, a la hora de obtener subproductos como aceites y la cada vez más consumida leche de soja.
[...]
La salsa de soja es un producto fermentado cuya elaboración puede ir desde los seis meses hasta los dos años. Por lo tanto, no es un condimento que los cocineros preparen a su gusto. Se comercializa en distintos formatos y como sucede con tantos alimentos transformados, lo podemos encontrar de más o menos calidad. Por eso, conviene fijarse en los ingredientes, y una pista interesante nos la va a dar el precio. La excesiva presencia de azúcares, caramelo o aditivos como el glutamato monosódico no es una buena señal. Y otro dato que puede resultar de interés es la utilización de soja transgénica o de cultivo ecológico.
En la clasificación más básica, se puede hablar de dos tipos de salsas de soja: la normal (shoyu), elaborada prácticamente al 50% con brotes de esta legumbre y trigo, y la que se prepara sin trigo (tamari), es decir, la que podría ser considerada como pura, que solo se fermenta con agua y algo de sal.
También está la delgada, de color claro y algo más salada que la primera, que suele emplearse para cocinar y cuyo periodo de maduración es más corto, y la que se procesa dos veces y cuyo resultado es un producto bastante fuerte. Se utiliza, sobre todo, con el sashimi y el sushi. Además, en el mercado hay otros productos como salsas especiales para aderezos y marinados; para realizar preparaciones de salteados en el wok o con un bajo contenido en sal.
[...]
[...] para preparar vinagretas. Una muy sencilla, por ejemplo, se obtiene al mezclar salsa de soja, aceites de oliva y de sésamo, una pizca de sal y pimienta. También se utiliza para la ponzu, [...]
Y una muy interesante y fácil de elaborar es la salsa wafu. Gerson explica que hay que mezclar y triturar ajo, cebolla, miel y salsa de soja, y montar con aceite de girasol, "como si estuviéramos haciendo una mahonesa". "Va muy bien para una ensalada en la que utilicemos pescados crudos como atún, dorada y salmón cortados a tiras, junto al mezclum de lechugas, pepino y rábano coreano para culminar el plato, además de otros ingredientes como langostinos y pulpo cocido y un poco de vinagre de arroz".
[...]
[...]
[La soja] es un alimento que se emplea desde hace siglos. Su origen está en China, donde la utilizan como la principal fuente de proteínas. Hacia el año 3.000 a. C, ya la consideraban como una de las cinco semillas sagradas. A la hora de comerla, lo que buscaron, sobre todo, fue transformarla o fermentarla, ya que de esta forma sus nutrientes se asimilaban mejor y era más digestiva.
Las posibilidades que ofrece son muchas. Habitualmente, se presenta en forma de habas o brotes tiernos, tofu (queso de soja), un fermento muy vitamínico denominado tempeh, harina, lecitina, miso (pasta fermentada) y transformada en distintos tipos de salsas. Además, su versatilidad hace que esté presente en yogures, mahonesas, salchichas, hamburguesas, patés y en otras muchas elaboraciones. Y, por supuesto, a la hora de obtener subproductos como aceites y la cada vez más consumida leche de soja.
[...]
La salsa de soja es un producto fermentado cuya elaboración puede ir desde los seis meses hasta los dos años. Por lo tanto, no es un condimento que los cocineros preparen a su gusto. Se comercializa en distintos formatos y como sucede con tantos alimentos transformados, lo podemos encontrar de más o menos calidad. Por eso, conviene fijarse en los ingredientes, y una pista interesante nos la va a dar el precio. La excesiva presencia de azúcares, caramelo o aditivos como el glutamato monosódico no es una buena señal. Y otro dato que puede resultar de interés es la utilización de soja transgénica o de cultivo ecológico.
En la clasificación más básica, se puede hablar de dos tipos de salsas de soja: la normal (shoyu), elaborada prácticamente al 50% con brotes de esta legumbre y trigo, y la que se prepara sin trigo (tamari), es decir, la que podría ser considerada como pura, que solo se fermenta con agua y algo de sal.
También está la delgada, de color claro y algo más salada que la primera, que suele emplearse para cocinar y cuyo periodo de maduración es más corto, y la que se procesa dos veces y cuyo resultado es un producto bastante fuerte. Se utiliza, sobre todo, con el sashimi y el sushi. Además, en el mercado hay otros productos como salsas especiales para aderezos y marinados; para realizar preparaciones de salteados en el wok o con un bajo contenido en sal.
[...]
[...] para preparar vinagretas. Una muy sencilla, por ejemplo, se obtiene al mezclar salsa de soja, aceites de oliva y de sésamo, una pizca de sal y pimienta. También se utiliza para la ponzu, [...]
Y una muy interesante y fácil de elaborar es la salsa wafu. Gerson explica que hay que mezclar y triturar ajo, cebolla, miel y salsa de soja, y montar con aceite de girasol, "como si estuviéramos haciendo una mahonesa". "Va muy bien para una ensalada en la que utilicemos pescados crudos como atún, dorada y salmón cortados a tiras, junto al mezclum de lechugas, pepino y rábano coreano para culminar el plato, además de otros ingredientes como langostinos y pulpo cocido y un poco de vinagre de arroz".
[...]
jueves, 12 de octubre de 2017
Palometa, un pescado feo pero muy sabroso
(Sacado de un texto de Alejandro Toquero en el suplemento gastronómico del Heraldo de Aragón del 11 de marzo de 2017)
[...]
Como sucede con otros pescados, [la palometa] responde a varias denominaciones. Palometa es la más habitual, aunque también suelen utilizarse los términos castañeta, zapatero o japuta. Los ejemplares de esta especie se encuentran en las aguas de los océanos Atlántico e Índico; en la costa sur del Pacífico y también en el mar Mediterráneo.
Normalmente, viven a profundidades de entre 100 y 400 metros, aunque pueden descender hasta los 900. Se aproximan a la costa para reproducirse y es en ese momento cuando las capturas resultan más sencillas. [...]
Prácticamente todo el pescado que [Javier e Isaac Zoraquiaín, de Zoraquiaín Pescalidad] venden lo ofrecen completamente limpio, sin una sola espina, y en bandejas de plástico para una mejor conservación en casa. "Es lo que demanda la clientela y en el caso de estos ejemplares, los filetes han sido realmente espectaculares, un auténtico bocado gourmet", explica Javier Zoraquiaín.
Más allá de estas capturas singulares y difíciles de ver, lo cierto es que el día a día de nuestra protagonista es mucho menos glamuroso. Si por algo llama la atención es por ser un pescado poco atractivo, con mucha cabeza y con una piel de una textura vasta que no invita al disfrute visual. Transmite la imagen de un depredador que se alimenta de peces pequeños y de otros animales marinos. De hecho, se parece mucho a la piraña e, incluso, recibe la denominación de falsa piraña.
También se la conoce como besugo negro, así que las connotaciones positivas de este nombre, que invitan a pensar en una carne delicada, bien podrían compensar otros aspectos más negativos relacionados con su voracidad.
Por unas u otras razones, lo cierto es que no levanta grandes pasiones y, eso, quienes mejor lo saben son los profesionales del sector. Gabriel Fajardo es el propietario de la única pescadería que queda en el mercado de la Romareda y describe los principales inconvenientes que plantea la palometa a la hora de comercializarla: "Prácticamente, la mitad es merma, no solo por la cabeza sino por la zona de la ventresca, donde está la tripa, que es bastante grande".
Por lo tanto, un pescado relativamente barato –cuesta alrededor de 8 euros el kilo de media– casi dobla su precio debido a esta circunstancia, por lo que resulta poco atractivo. "Últimamente, se está viendo que llegan palometas sin cabeza y sin piel para filetearlas en el momento de la venta, pero la verdad es que ofrecen muy poca confianza".
Los dos cortes más habituales son a filetes y a trozos, aunque la primera opción es la que cuenta con más seguidores. "Tiene un público relativamente reducido –prosigue Gabriel–; como otros pescados azules, es bastante sabroso, pero hay mucha gente a la que le resulta demasiado fuerte y no lo quiere".
[...]
Marisol [Solanas, cocinera del restaurante El Coloquio] considera que es un pescado "muy bueno que se puede trabajar como cualquier otro azul y que, por ejemplo, admite preparaciones muy parecidas a las del atún".
El horno, la plancha y la fritura, pasado por un poco de harina y culminado con una salsa de almendras, son otras posibilidades. En el horno, se puede cocinar con cualquier fórmula de las utilizadas para preparar el besugo.
Ana María Igarza, cocinera de A Mesa Puesta, además de la receta de palometa escabechada, también sugiere la elaboración al horno para terminarlo con un orio.
El paso a paso es tan sencillo como cortar unas patatas panadera y la cebolla muy fina poniéndolas en el horno precalentado a 200 grados con un poco de sal y aceite.
Transcurridos 20 minutos, se saca la bandeja y se coloca la palometa encima de las patatas. Se sala el pescado y se ponen unas rodajas de limón en los lomos como si fuera un besugo. Se añade un poco más de aceite y otros diez minutos al horno a la misma temperatura.
Para preparar el orio se pone en una sartén un chorro de aceite de oliva virgen extra y unos ajos laminados con una cayena. Cuando están listos, se añade un poco de vinagre y ya se puede salsear por encima del pescado. "Es una forma sencilla de preparar la palometa que se sale de lo más habitual, que es cocinada a la plancha o frita", comenta Ana María.
Además de por su interés gastronómico, nuestra protagonista también destaca por sus cualidades nutricionales. Especialmente, por su contenido en proteínas, superior al de gran parte de los pescados disponibles en el mercado.
En cuanto a las vitaminas, las del grupo B son las que resultan más interesantes para el organismo humano. Sobre todo, la vitamina B12 está presente en cantidades importantes, ya que supera a la que contienen los huevos y gran parte de las carnes. La B12 cumple un papel destacado en el organismo, ya que su presencia es imprescindible para la maduración de los glóbulos rojos, la formación del material genético y el buen funcionamiento de las neuronas.
Su presencia resulta un poco intimidante y, además,
tiene bastante merma, así que no es codiciado. Sin embargo, resulta muy
sabroso y nutritivo.
Como sucede con otros pescados, [la palometa] responde a varias denominaciones. Palometa es la más habitual, aunque también suelen utilizarse los términos castañeta, zapatero o japuta. Los ejemplares de esta especie se encuentran en las aguas de los océanos Atlántico e Índico; en la costa sur del Pacífico y también en el mar Mediterráneo.
Normalmente, viven a profundidades de entre 100 y 400 metros, aunque pueden descender hasta los 900. Se aproximan a la costa para reproducirse y es en ese momento cuando las capturas resultan más sencillas. [...]
Prácticamente todo el pescado que [Javier e Isaac Zoraquiaín, de Zoraquiaín Pescalidad] venden lo ofrecen completamente limpio, sin una sola espina, y en bandejas de plástico para una mejor conservación en casa. "Es lo que demanda la clientela y en el caso de estos ejemplares, los filetes han sido realmente espectaculares, un auténtico bocado gourmet", explica Javier Zoraquiaín.
Más allá de estas capturas singulares y difíciles de ver, lo cierto es que el día a día de nuestra protagonista es mucho menos glamuroso. Si por algo llama la atención es por ser un pescado poco atractivo, con mucha cabeza y con una piel de una textura vasta que no invita al disfrute visual. Transmite la imagen de un depredador que se alimenta de peces pequeños y de otros animales marinos. De hecho, se parece mucho a la piraña e, incluso, recibe la denominación de falsa piraña.
También se la conoce como besugo negro, así que las connotaciones positivas de este nombre, que invitan a pensar en una carne delicada, bien podrían compensar otros aspectos más negativos relacionados con su voracidad.
Por unas u otras razones, lo cierto es que no levanta grandes pasiones y, eso, quienes mejor lo saben son los profesionales del sector. Gabriel Fajardo es el propietario de la única pescadería que queda en el mercado de la Romareda y describe los principales inconvenientes que plantea la palometa a la hora de comercializarla: "Prácticamente, la mitad es merma, no solo por la cabeza sino por la zona de la ventresca, donde está la tripa, que es bastante grande".
Por lo tanto, un pescado relativamente barato –cuesta alrededor de 8 euros el kilo de media– casi dobla su precio debido a esta circunstancia, por lo que resulta poco atractivo. "Últimamente, se está viendo que llegan palometas sin cabeza y sin piel para filetearlas en el momento de la venta, pero la verdad es que ofrecen muy poca confianza".
Los dos cortes más habituales son a filetes y a trozos, aunque la primera opción es la que cuenta con más seguidores. "Tiene un público relativamente reducido –prosigue Gabriel–; como otros pescados azules, es bastante sabroso, pero hay mucha gente a la que le resulta demasiado fuerte y no lo quiere".
[...]
Marisol [Solanas, cocinera del restaurante El Coloquio] considera que es un pescado "muy bueno que se puede trabajar como cualquier otro azul y que, por ejemplo, admite preparaciones muy parecidas a las del atún".
El horno, la plancha y la fritura, pasado por un poco de harina y culminado con una salsa de almendras, son otras posibilidades. En el horno, se puede cocinar con cualquier fórmula de las utilizadas para preparar el besugo.
Ana María Igarza, cocinera de A Mesa Puesta, además de la receta de palometa escabechada, también sugiere la elaboración al horno para terminarlo con un orio.
El paso a paso es tan sencillo como cortar unas patatas panadera y la cebolla muy fina poniéndolas en el horno precalentado a 200 grados con un poco de sal y aceite.
Transcurridos 20 minutos, se saca la bandeja y se coloca la palometa encima de las patatas. Se sala el pescado y se ponen unas rodajas de limón en los lomos como si fuera un besugo. Se añade un poco más de aceite y otros diez minutos al horno a la misma temperatura.
Para preparar el orio se pone en una sartén un chorro de aceite de oliva virgen extra y unos ajos laminados con una cayena. Cuando están listos, se añade un poco de vinagre y ya se puede salsear por encima del pescado. "Es una forma sencilla de preparar la palometa que se sale de lo más habitual, que es cocinada a la plancha o frita", comenta Ana María.
Además de por su interés gastronómico, nuestra protagonista también destaca por sus cualidades nutricionales. Especialmente, por su contenido en proteínas, superior al de gran parte de los pescados disponibles en el mercado.
En cuanto a las vitaminas, las del grupo B son las que resultan más interesantes para el organismo humano. Sobre todo, la vitamina B12 está presente en cantidades importantes, ya que supera a la que contienen los huevos y gran parte de las carnes. La B12 cumple un papel destacado en el organismo, ya que su presencia es imprescindible para la maduración de los glóbulos rojos, la formación del material genético y el buen funcionamiento de las neuronas.
lunes, 9 de octubre de 2017
Las piezas del carnicero
(Un artículo de Ana Marcos en la revista Tiempo del 21 de
abril de 2017)
Por su escasez o su mal aspecto, no se encuentran usualmente en las
carnicerías. Sin embargo, son piezas exquisitas,algunas con buen precio,
que el público no conoce demasiado.
Más allá del redondo, el solomillo o el entrecot, hay cortes muy especiales, de excepcional calidad, que no gozan de gran popularidad. [...] Justo Prada, carnicero encargado, descubre esos cortes insólitos y desconocidos, las denominadas 'piezas del carnicero', porque dice la leyenda que los profesionales suelen reservárselas. En cualquier caso, son grandes desconocidas para el público.
Mollejas de ternera lechal
Entran dentro de la casquería, pero es una pieza apreciadísima por los carniceros. Perfectas para hacer filetitos, bien fritos o empanados en trocitos (chopitos del carnicero). A la plancha también resultan deliciosas.
Entrécula
Es la también denominada entraña del añojo, también muy escasa (1.500 g. por animal). Muy roja, jugosa y tierna. Perfecta para filetitos a la plancha, barbacoa y para los pepitos.
Osobuco
Un corte que los italianos adoran. Es el corte del morcillo (pata de la res) sin deshuesar y con su tuétano. Una carne muy jugosa que resulta exquisita para guisos, como por ejemplo el estofado.
Tapilla
En Argentina denominada picanha. Se encuentra detrás de la tapa. Carne muy tierna y limpia, con poca grasa, perfecta para hacer en filetes.
Bocado de la reina
Es el cantero de cadera de la ternera (entre la cadera y la tapa) y se debe encargar con antelación, ya que su peso es escaso. Una carne muy jugosa y sin nervios, perfecta para rosbif, tournedos…
El filete del carnicero
Es el cañón de la espaldilla, situada en la parte superior de la paletilla. Salen filetes redonditos, con un nervio central que hará gelatina. Se llama también solomillo del pobre y es ideal para rosbif y filetes a la plancha.
viernes, 6 de octubre de 2017
Coco: aroma y sabor dulce y liviano del Trópico
(Un texto de Alejandro Toquero en el suplemento gastronómico del Heraldo de Aragón del 29 de abril de 2017)
En estos casos no hace falta acudir al fruto original. Son productos que se comercializan en distintos formatos y para diferentes usos, culinarios y de otro tipo. Por ejemplo, muchas celebridades incluyen el aceite y la crema entre sus secretos de belleza.
Víctor Gallego, jefe de cocina del restaurante River Hall, explica que "el coco tiene tres agujeros; por el más grande se puede sacar el agua antes de partirlo". En función del tamaño y de lo seco que esté, se obtendrá más o menos cantidad. "Es muy refrescante y con propiedades antioxidantes y rehidratantes, ya que contiene potasio, calcio y magnesio", asegura. Madonna y Rihanna son dos de las artistas que han puesto de moda su consumo como bebida isotónica natural y en Estados Unidos, sobre todo, está en todos los lineales.
A su alrededor han surgido interesantes iniciativas empresariales como Genuine Coconut, situada en la localidad zaragozana de Pedrola. Carlos Amorós es su impulsor. Supo intuir el auge de este producto e investigó para ofrecerlo de la forma más natural posible. Lo consiguió con un formato innovador: el propio fruto, al que se incorpora una anilla 'abrefácil' fabricada con la fibra reciclada de la corteza del coco y una resina natural.
Esta empresa importa desde Tailandia la variedad aromática de cocos 'nam hom', considerada la mejor del mundo por su dulzor. Su reto inmediato es llegar a los 100.000 ejemplares semanales, listos para ser comercializados desde Aragón al resto del mundo. Un buen ejemplo de lo que puede dar de sí la globalización.
De una forma mucha más discreta los intenta vender Isabel Andrés en su puesto del Mercado Central. Ella no los tiene habitualmente, "pero esta semana ha coincidido que había una buena ocasión, y como no es un producto perecedero, he comprado bastantes". Los ofrece a muy buen precio –dos piezas por 1,25 euros– y poco a poco los va vendiendo. "La gente me pregunta cómo abrirlos y si el agua es tan buena como dicen". Eso sí, culinariamente no da muchos consejos porque solo los consume en crudo.
El otro producto relevante que se obtiene de nuestro protagonista es la leche, que no hay que confundir con el agua de coco. Se obtiene después de triturar la pulpa, exprimirla y añadir agua. Suele tomarse como refresco o incorporarse a batidos de frutas u otros platos, e industrialmente se comercializa de muchos tipos.
Tras el rallado y desecado de la pulpa madura es cuando más se utiliza para dulces elaboraciones. En cuanto a las recetas saladas, destaca su empleo para cocinar pescados y, en la cocina asiática, es un ingrediente imprescindible del curri por su capacidad para suavizar la intensidad de las especias. En Centroamérica y el Caribe, con la leche se prepara uno de los platos más populares: arroz con coco.
[...]
Por otra parte, tanto la leche como el agua se emplean para diferentes versiones de ceviche. A Víctor Gallego le gusta recurrir al agua porque "tiene bastante sabor". En el caso de los de leche, Abel Mora considera que "son más tropicales, ya que se utilizan ingredientes como mango, fresas, papaya, cebolla...".
En estos ceviches, el pescado tiene que estar mucho más tiempo que en los que se elaboran con zumo de limón o de lima. "Es otro concepto –prosigue–, casi hay que dejarlos de un día para otro, pero se obtiene un producto muy interesante, una curiosa combinación de acidez, dulzor y cremosidad".
El coco fresco se conserva en buenas condiciones para su consumo alrededor de dos meses. Tras abrirlo es conveniente utilizarlo el mismo día, aunque en un recipiente cerrado con agua se mantiene cuatro o cinco. Además, los trozos de pulpa se pueden congelar.
Del coco lo que más se conoce es el recetario dulce: natillas, cremas, tartas o los tradicionales y navideños coquitos.
Sin olvidar, por supuesto, su imprescindible y evocadora presencia en
los puestos gastronómicos de los feriales junto a las manzanas
caramelizadas y el algodón de azúcar. Más allá de estos argumentos, en España no existe una cultura de consumo muy extendida. Apenas se ve en las fruterías o en los lineales de los supermercados y, sin embargo, al mismo tiempo, bien podría decirse que es un producto en auge.
Parecen ideas contradictorias, pero no lo son tanto. No es
habitual que los consumidores compren cocos naturales y en su casa los
abran a martillazos o con el golpe certero de un cuchillo grande. Sin
embargo, lo que está creciendo, y mucho, es el número de seguidores de su agua, leche, crema o aceite.En estos casos no hace falta acudir al fruto original. Son productos que se comercializan en distintos formatos y para diferentes usos, culinarios y de otro tipo. Por ejemplo, muchas celebridades incluyen el aceite y la crema entre sus secretos de belleza.
El agua, de moda
Desde el punto de vista gastronómico, el agua es uno de los productos con más tirón.
De forma natural se encuentra en los ejemplares que no han madurado.
Agitándolos cerca del oído se puede escuchar y sentir cómo se mueve el
líquido en su interior.Víctor Gallego, jefe de cocina del restaurante River Hall, explica que "el coco tiene tres agujeros; por el más grande se puede sacar el agua antes de partirlo". En función del tamaño y de lo seco que esté, se obtendrá más o menos cantidad. "Es muy refrescante y con propiedades antioxidantes y rehidratantes, ya que contiene potasio, calcio y magnesio", asegura. Madonna y Rihanna son dos de las artistas que han puesto de moda su consumo como bebida isotónica natural y en Estados Unidos, sobre todo, está en todos los lineales.
A su alrededor han surgido interesantes iniciativas empresariales como Genuine Coconut, situada en la localidad zaragozana de Pedrola. Carlos Amorós es su impulsor. Supo intuir el auge de este producto e investigó para ofrecerlo de la forma más natural posible. Lo consiguió con un formato innovador: el propio fruto, al que se incorpora una anilla 'abrefácil' fabricada con la fibra reciclada de la corteza del coco y una resina natural.
Esta empresa importa desde Tailandia la variedad aromática de cocos 'nam hom', considerada la mejor del mundo por su dulzor. Su reto inmediato es llegar a los 100.000 ejemplares semanales, listos para ser comercializados desde Aragón al resto del mundo. Un buen ejemplo de lo que puede dar de sí la globalización.
De una forma mucha más discreta los intenta vender Isabel Andrés en su puesto del Mercado Central. Ella no los tiene habitualmente, "pero esta semana ha coincidido que había una buena ocasión, y como no es un producto perecedero, he comprado bastantes". Los ofrece a muy buen precio –dos piezas por 1,25 euros– y poco a poco los va vendiendo. "La gente me pregunta cómo abrirlos y si el agua es tan buena como dicen". Eso sí, culinariamente no da muchos consejos porque solo los consume en crudo.
El otro producto relevante que se obtiene de nuestro protagonista es la leche, que no hay que confundir con el agua de coco. Se obtiene después de triturar la pulpa, exprimirla y añadir agua. Suele tomarse como refresco o incorporarse a batidos de frutas u otros platos, e industrialmente se comercializa de muchos tipos.
Preparaciones
A la hora de degustar un coco, como ya ha quedado reseñado, la forma
más natural es retirar el agua con cuidado, abrirlo en dos y extraer la
pulpa. Así, sin más, como postre, está delicioso, junto a fruta variada o
como tentempié o aperitivo.Tras el rallado y desecado de la pulpa madura es cuando más se utiliza para dulces elaboraciones. En cuanto a las recetas saladas, destaca su empleo para cocinar pescados y, en la cocina asiática, es un ingrediente imprescindible del curri por su capacidad para suavizar la intensidad de las especias. En Centroamérica y el Caribe, con la leche se prepara uno de los platos más populares: arroz con coco.
[...]
Por otra parte, tanto la leche como el agua se emplean para diferentes versiones de ceviche. A Víctor Gallego le gusta recurrir al agua porque "tiene bastante sabor". En el caso de los de leche, Abel Mora considera que "son más tropicales, ya que se utilizan ingredientes como mango, fresas, papaya, cebolla...".
En estos ceviches, el pescado tiene que estar mucho más tiempo que en los que se elaboran con zumo de limón o de lima. "Es otro concepto –prosigue–, casi hay que dejarlos de un día para otro, pero se obtiene un producto muy interesante, una curiosa combinación de acidez, dulzor y cremosidad".
El coco fresco se conserva en buenas condiciones para su consumo alrededor de dos meses. Tras abrirlo es conveniente utilizarlo el mismo día, aunque en un recipiente cerrado con agua se mantiene cuatro o cinco. Además, los trozos de pulpa se pueden congelar.
martes, 3 de octubre de 2017
De caracoles a 'escargots'
(Un texto de Caius Apicius en el Heraldo de Aragón del 29 de abril de 2017)
Los caracoles son una excepción a la repugnancia que el género humano suele sentir por los demás animales que reptan, desde las serpientes a las orugas, y hacen plato bastante popular en algunos países de la Europa occidental, especialmente en Italia, Francia y España.
Se han comido caracoles desde tiempos muy antiguos. Tengan en cuenta que, más que cazarlos, los caracoles se recolectaban: no había que exponerse a peligros como los que podía suponer cazar un mamut y, por otro lado, corrían bastante menos que liebres y conejos. Tan fácil era, que su captura solía estar en manos de los niños y de los ancianos.
Abril, cuando justificaba su relación con las “aguas mil”, solía ser mes de caracoles, que aparecían cuando escampaba (“saca los cuernos al sol”, cantábamos) a buscarse la vida. Los caracoles de primavera son llamados, no sé si irónicamente, “corredores”, aunque la velocidad no esté entre sus atributos. Los de otoño cubren el orificio de su caparazón con una capa de baba y dan comienzo a su ayuno, y en invierno se dedican a hibernar. No hay unanimidad sobre cuáles serían los caracoles preferibles.
Algunos autores afirman que es mejor cocinarlos cuando están en ayuno, para evitar el trámite de someterlos a ese largo ayuno en nuestra propia casa. El caso es que los caracoles son populares, en el sentido pleno de la palabra, en los países citados. Entre nosotros gozan de fama los caracoles a la llauna de Cataluña, los de las tabernas madrileñas, las vaquetas de la paella valenciana, los guisos de conejo o cordero con caracoles…
Los franceses, tenían que ser ellos, han llevado a los caracoles a las alturas gastronómicas, creando su receta más famosa: los caracoles a la borgoñona. En ella, los caracoles pasan a ser escargots à la bourguignonne, que suena a plato importante. Se trata del caracol grande, de viña (Helix pomatia), en oposición al más común y pequeño petit gris o caracol de campo.
Lo primero que habría que hacer sería recoger caracoles, tarea que ya hemos dicho que es fácil y agradable, pero que ahora tengo entendido que está prohibida y puede conllevar una fuerte multa, porque los caracoles comunes son, al parecer, especie protegida. Habrá que comprarlos de criadero, que existen por lo menos desde que, en el siglo I, cerca de Pompeya, se le ocurrió criarlos a un tal Fulvius Harpinius.
Luego hay que aplicarles la moderna psicología, y hacerles abandonar su “zona de confort”, que es su caparazón.
Supuesto que ya han ayunado, habrá que lavarlos primero con agua, luego con vinagre y sal y nuevamente con agua fría, que se cambia hasta que salga completamente clara y moviendo regularmente los caracoles.
Sigamos ahora a Paul Bocuse. Escalden los caracoles en agua hirviendo cinco minutos; escúrranlos, refrésquenlos con agua fría, sáquenlos de sus conchas y eliminen la cloaca, que es la extremidad negra y posterior del animalito. Laven bien los caparazones, poniéndolos a hervir media hora en mucha agua. Escúrranlos, refrésquenlos, séquenlos y resérvenlos.
Pongan los cuerpos en una cacerola, cubiertos por una mezcla de vino blanco y agua. Añadan una zanahoria mediana, una cebolla, dos chalotas cortadas finamente, un bouquet garni (perejil, tomillo y una hoja de laurel), pimienta y sal. Lleven a ebullición, espumen y háganlos cocer a fuego suave unas tres horas. Cámbienlos de recipiente y dejen que enfrían en su agua de cocción.
Pueden ahorrarse todo esto: hoy se venden los caracoles, ya cocinados, tanto en lata como congelados, y con ellos sus conchas vacías y en perfecto estado de revista.
Mezclen en el mortero, para cuatro docenas de caracoles, unos 300 gramos de mantequilla que habrán sacado un rato antes de la nevera, un diente de ajo, dos o tres chalotas muy picaditas, sal y pimienta, hasta lograr una pomada homogénea.
Metan en cada caparazón una cucharadita de esa mantequilla; pongan encima el cuerpo del caracol, ya frío. Por último, acaben de llenar hasta el borde la concha con más mantequilla. Pongan los caracoles en fuente de horno (las hay especiales, con doce alvéolos para colocar los moluscos) y ténganlos allí, a horno muy caliente, unos ocho minutos; vigilen que la mantequilla no tome color.
Con las mismas, a la mesa. Será útil que suministren a cada comensal una pinza con la que sujetar los muy calientes caparazones, y un tenedorcito de dos púas para sacar los animales de sus conchas.
Así, y con un buen Chablis en las copas, los caracoles serán escargots. Palabras mayores… aunque madrileños, catalanes, navarros, riojanos, valencianos y andaluces defiendan, con razón, sus respectivas especialidades, que, dicho sea de paso, suelen tener su mejor baza no en sí mismos, sino en las salsas o aderezos que los acompañan. Esa salsa con la que ponen los caracoles en una taberna del Rastro madrileño justifica por sí misma la visita. Pero tengan claro que se trata de caracoles, no de… escargots
Los caracoles son una excepción a la repugnancia que el género humano suele sentir por los demás animales que reptan, desde las serpientes a las orugas, y hacen plato bastante popular en algunos países de la Europa occidental, especialmente en Italia, Francia y España.
Se han comido caracoles desde tiempos muy antiguos. Tengan en cuenta que, más que cazarlos, los caracoles se recolectaban: no había que exponerse a peligros como los que podía suponer cazar un mamut y, por otro lado, corrían bastante menos que liebres y conejos. Tan fácil era, que su captura solía estar en manos de los niños y de los ancianos.
Abril, cuando justificaba su relación con las “aguas mil”, solía ser mes de caracoles, que aparecían cuando escampaba (“saca los cuernos al sol”, cantábamos) a buscarse la vida. Los caracoles de primavera son llamados, no sé si irónicamente, “corredores”, aunque la velocidad no esté entre sus atributos. Los de otoño cubren el orificio de su caparazón con una capa de baba y dan comienzo a su ayuno, y en invierno se dedican a hibernar. No hay unanimidad sobre cuáles serían los caracoles preferibles.
Algunos autores afirman que es mejor cocinarlos cuando están en ayuno, para evitar el trámite de someterlos a ese largo ayuno en nuestra propia casa. El caso es que los caracoles son populares, en el sentido pleno de la palabra, en los países citados. Entre nosotros gozan de fama los caracoles a la llauna de Cataluña, los de las tabernas madrileñas, las vaquetas de la paella valenciana, los guisos de conejo o cordero con caracoles…
Los franceses, tenían que ser ellos, han llevado a los caracoles a las alturas gastronómicas, creando su receta más famosa: los caracoles a la borgoñona. En ella, los caracoles pasan a ser escargots à la bourguignonne, que suena a plato importante. Se trata del caracol grande, de viña (Helix pomatia), en oposición al más común y pequeño petit gris o caracol de campo.
Lo primero que habría que hacer sería recoger caracoles, tarea que ya hemos dicho que es fácil y agradable, pero que ahora tengo entendido que está prohibida y puede conllevar una fuerte multa, porque los caracoles comunes son, al parecer, especie protegida. Habrá que comprarlos de criadero, que existen por lo menos desde que, en el siglo I, cerca de Pompeya, se le ocurrió criarlos a un tal Fulvius Harpinius.
Luego hay que aplicarles la moderna psicología, y hacerles abandonar su “zona de confort”, que es su caparazón.
Supuesto que ya han ayunado, habrá que lavarlos primero con agua, luego con vinagre y sal y nuevamente con agua fría, que se cambia hasta que salga completamente clara y moviendo regularmente los caracoles.
Sigamos ahora a Paul Bocuse. Escalden los caracoles en agua hirviendo cinco minutos; escúrranlos, refrésquenlos con agua fría, sáquenlos de sus conchas y eliminen la cloaca, que es la extremidad negra y posterior del animalito. Laven bien los caparazones, poniéndolos a hervir media hora en mucha agua. Escúrranlos, refrésquenlos, séquenlos y resérvenlos.
Pongan los cuerpos en una cacerola, cubiertos por una mezcla de vino blanco y agua. Añadan una zanahoria mediana, una cebolla, dos chalotas cortadas finamente, un bouquet garni (perejil, tomillo y una hoja de laurel), pimienta y sal. Lleven a ebullición, espumen y háganlos cocer a fuego suave unas tres horas. Cámbienlos de recipiente y dejen que enfrían en su agua de cocción.
Pueden ahorrarse todo esto: hoy se venden los caracoles, ya cocinados, tanto en lata como congelados, y con ellos sus conchas vacías y en perfecto estado de revista.
Mezclen en el mortero, para cuatro docenas de caracoles, unos 300 gramos de mantequilla que habrán sacado un rato antes de la nevera, un diente de ajo, dos o tres chalotas muy picaditas, sal y pimienta, hasta lograr una pomada homogénea.
Metan en cada caparazón una cucharadita de esa mantequilla; pongan encima el cuerpo del caracol, ya frío. Por último, acaben de llenar hasta el borde la concha con más mantequilla. Pongan los caracoles en fuente de horno (las hay especiales, con doce alvéolos para colocar los moluscos) y ténganlos allí, a horno muy caliente, unos ocho minutos; vigilen que la mantequilla no tome color.
Con las mismas, a la mesa. Será útil que suministren a cada comensal una pinza con la que sujetar los muy calientes caparazones, y un tenedorcito de dos púas para sacar los animales de sus conchas.
Así, y con un buen Chablis en las copas, los caracoles serán escargots. Palabras mayores… aunque madrileños, catalanes, navarros, riojanos, valencianos y andaluces defiendan, con razón, sus respectivas especialidades, que, dicho sea de paso, suelen tener su mejor baza no en sí mismos, sino en las salsas o aderezos que los acompañan. Esa salsa con la que ponen los caracoles en una taberna del Rastro madrileño justifica por sí misma la visita. Pero tengan claro que se trata de caracoles, no de… escargots
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