martes, 24 de diciembre de 2019

La invasión del cilantro


(Un texto de Francisco Abad Alegría en el Heraldo de Aragón del 29 de diciembre de 2018)

El perejil era la hierba aromatizante por excelencia en la cocina española, pero en los últimos años sufre la seria competición de otra umbelífera.

"Cuando estuviere bien cocido, pondrás perejil en abundancia, hierbabuena, cogollo de la lechuga, picado todo… Y cuando estuviere cocida la carne, la compondrás así, con un puñado de perejil, huevos duros machacados…".

Son dos expresiones de nuestro Altamiras, el apóstol del empleo generoso de perejil desde mediados del siglo XVIII, explicando cómo aliña con abundante perejil finamente picado, dos guisos de carne de carnero y vacuno, respectivamente. Durante siglos, la cocina europea general y particularmente la española, ya liberada de antiguo de la invasión islámica, colorearon y aromatizaron sus platos complejos y muchas de sus salsas con el fresco perejil. Originario de tierras luego correspondientes a Macedonia, se difundió rápidamente por el mundo mediterráneo y lógicamente migró como aroma herbal a las tierras de conquista y colonización.

Invasión, que no mestizaje. Pero en los últimos decenios, las cocinas españolas, tanto de divulgación televisiva como de hostelería, se impregnan de cilantro, la umbelífera competidora de nuestro humilde y doméstico perejil. La invasión viene del oeste, allende la mar océana. Cuando España incorpora a su corona las tierras hoy hispanoamericanas, lleva además del Evangelio y la cultura española, entre otras muchas cosas, tres aromas fundamentales del mundo antiguo: la canela, el perejil y el cilantro (fijarnos solo en estos, ayudará a centrar el tema). La canela (cinamomo) de origen extremo-oriental, fue durante la edad Antigua y Media el patrón de la excelencia especiera, incluso por delante de la pimienta, como se demuestra al estudiar los libros culinarios cristianos y andalusíes; hoy nos resulta chocante y hasta desagradable la profusión del aroma de esta maderita pulverizada en comidas de todo tipo.

Convivía en buena armonía con este aroma el cilantro, ya detectado en el clasicismo romano, de modo que se unían armoniosamente aromas de la carísima canela importada con el cilantro fácil de obtener por autocultivo,. De este último, el empleo básico se hacía con la semilla pulverizada y ocasionalmente se utilizaba la planta fresca, para dar aroma y especialmente color a algunas preparaciones; en el mundo medieval árabe, del que formaba parte al-Andalus, el 78% de las preparaciones llevaban cilantro, generalmente en forma de semilla molida, casi en un 80% de los casos asociado a su amiga la canela. Progresivamente, el cilantro fue desplazando al perejil, porque tenía dos cualidades: permitía su empleo como planta fresca, fácil de obtener y, sobre todo, proporcionaba semillas de larga conservación, que mantenían sus virtudes aromáticas y curativas (enfermedades digestivas, trastornos del embarazo) durante largo tiempo y en reducido almacenamiento ya que las hojas tiernas pierden todo el gusto y olor y no sirven como aroma conservado.

Su cultivo fue extenso por la Península, en el ámbito de la invasora cultura andalusí; la especia fue ampliamente cultivada con fines médicos, según se ha mencionado, y se cita ampliamente en tratados dietético-culinarios andalusíes, por ejemplo al-Baytar, al-Arbulí y el anónimo almohade recuperado por Huici Miranda, que abarcan los siglos XII a XIV. De este último tratado es una expresión casi lapidaria sobre el empleo del cilantro (seco) en la cocina almohade: "El cilantro seco entra en todos los platos y es la especialidad de la tafaya y de los rellenos, porque va bien para los manjares en el estómago y no pasa rápidamente, hasta que se ha digerido". Su empleo sigue siendo amplio, por ejemplo, en Ruperto de Nola (siglo XVI), que recoge la síntesis de la cocina europea del momento y su notable influencia islámica.

A partir del siglo XVIII el cilantro parece desvanecerse, salvo excepcionales salsas o licorería y repostería, de la cocina clásica española, de modo que, por ejemplo, ni una de las 57 recetas de salsas de la biblia de la cocina clásica española de nuestro Teodoro Bardají, lo recoge, ni seco ni verde.

Hay una excepción en la cocina que podríamos considerar ya tradicional en nuestra tierra y es el mojo verde canario; está compuesto por abundante cilantro verde triturado, ajo, vinagre, comino, aceite y sal y es considerada por muchos como una suerte de endemismo cultural canario, parejo a las diversas variantes de mojo rojo, más o menos picón. Las referencias sobre los mojos canarios, tanto el verde de cilantro como los rojos, aluden a la relación entre la palabra, emparentada con la expresión portuguesa ‘molho’, salsa, teniendo en cuenta que Las Canarias se encuentran en una encrucijada oceánica de caminos de intercambio transatlántico y que hay una migración con retorno a las islas de la mayoría de las familias que hicieron ‘las Américas’ durante el siglo XIX. Es interesante comprobar cómo un libro doméstico de cocina canaria, editado por la señora Hernández, con recetas tradicionales del siglo XIX, ni menciona el cilantro, lo que indica claramente que nos encontramos ante un producto importado por viajeros y emigrantes en fechas tardías. Por otra parte, ni siquiera la posible importación del producto para la comida cotidiana por comerciantes indios de origen pakistaní pero religión hinduista, dedicados a bazares diversos y de electrónica, que excluyen la apertura de restaurantes, carecen de influjo culinario real.
El trabajo de una investigadora que analiza un librito manuscrito de cocina y anotaciones domésticas de doña Dominga de Guzmán, del valle mejicano de Toluca, en la segunda mitad del siglo XVIII, nos da pistas. En un inventario de 1772, aparecen entre otros productos "2 onzas de canela sinamomo, 17 libras de culantro y 16 libras de ajonjolí"; de lo que deducimos que la canela está cediendo su papel de especia dominante a otros aromas; algo similar a lo ocurrido en nuestro país con la llegada del pimiento: la facilidad de cultivo y por tanto autoabastecimiento, desplazó a la pimienta, dando aroma y picante asequible al pueblo llano. En otro inventario de 1790, recogido en el mismo estudio, ya ha desaparecido la canela y se mencionan como especias el anís, ajonjolí y comino, enseñoreadas por el cilantro. Pensemos qué sencillo es pasar del empleo de cilantro seco, molido, a la utilización de la planta verde, adueñándose de las salsas complejas, compartiendo protagonismo con diversos chiles y a menudo chocolate, y será fácil explicar por qué partiendo de moles elaborados en molcajete con frescas hojas de cilantro, la verde hierba se va adueñando de preparados culinarios de todo tipo, iniciados por los moles verdes. Con el paso de los siglos, la moda de las cocinas hispanoamericanas, la aculturación culinaria progresiva de la población española y la avalancha comercial de lo novedoso y exótico, el cilantro retorna a nuestras tierras, reverdecido, muy alejado de la secular raigambre de las culinarias tradicionales cristiana e islámica de nuestra nación. Un regreso extraño y, sobre todo, forzado; veremos en qué queda.

Perejil cultivado en una maceta en un domicilio. Es una planta muy fácil de cuidar, que se puede utilizar en numerosas recetas.

sábado, 21 de diciembre de 2019

Polvorones: cómo identificar los buenos


(Un texto de Patricia Lozano en El Mundo del 24 de diciembre de 2017)

Con un origen que se remonta al siglo XVI, cada vez más gente se preocupa por encontrar la máxima calidad en uno de los protagonistas de la Navidad. El precio de estas tortas de harina y manteca es un buen indicador.

Tan tradicional en [Navidad] como el Belén, las 12 uvas o el espumillón es una bandeja de polvorones. Envueltos en papel de seda con doble nudo, nos evocan a épocas pasadas y son pocos los que se resisten a probarlos.

Su origen se remonta al siglo XVI en Andalucía -Estepa, en Sevilla, y Antequera, en Málaga, se disputan su autoría-, donde se empezaron a elaborar pequeñas tortas aprovechando el excedente de trigo y manteca de cerdo. La receta evolucionó cuando en el siglo XIX una estepeña, Micaela Ruiz Téllez, conocida como La Colchona, mejoró el proceso de elaboración, «ya que refinaba la harina, la tostaba y conseguía un producto más suave», aseguran desde el Consejo Regulador de mantecados y polvorones de Estepa. Con el secado de la harina, el dulce adquiría esa característica corteza dura y un interior mucho más tierno, aumentando así también su fecha de caducidad.

Aunque mantecado y polvorón se parecen en forma, sabor y textura -dulces ovalados de unos 35 gramos hechos a base de harina de trigo, azúcar molida y manteca de cerdo- tienen características que los diferencian. «El mantecado lleva canela y suele estar decorado con ajonjolí (semillas de sésamo) en la parte superior», explica Eusebio Olmedo, presidente del Consejo Regulador de mantecados y polvorones de Estepa. Además, éste tiene una textura más mantecosa y compacta y permite la incorporación de otros ingredientes como avellana, coco, cacao… Por su parte, «el polvorón está coronado con azúcar glas y lleva trozos de almendra tostada en su interior», afirma Olmedo. También es más arenoso y se desmigaja con más facilidad por su mayor contenido en harina, y se reconoce por esa corteza dura que inició La Colchona. «Para elaborarlos, primero se introduce la manteca en la amasadora, a continuación el azúcar glas, los ingredientes específicos de cada variedad y por último la harina. Una vez que la masa queda homogénea, se forman las piezas, se hornean (unos 12 ó 15 minutos) y se dejan enfriar», explican desde el Consejo Regulador de Estepa. Algunas marcas, como La Chinata, sustituyen la manteca de cerdo de sus polvorones por aceite de oliva virgen extra, más saludable.

Desde hace 150 años, la localidad sevillana de Estepa se ha convertido en el estandarte de los polvorones en España. Tanto es así que cuenta con una certificación europea de Indicación Geográfica Protegida, lo que «garantiza el cumplimiento de unos requisitos superiores a los exigidos», explica su Consejo Regulador. Este año, desde la localidad sevillana se han producido 22.000 toneladas para exportarlas al resto de regiones españolas. El favorito sigue siendo el polvorón de almendras, aunque Olmedo recalca que depende de la zona. «Éste es más demandado en el norte, mientras que en el sur se prefiere más el mantecado».

Antequera también destaca por su calidad, aunque su comercialización es más discreta. A pesar de que en el sur radica su origen, la tradición se ha extendido a otras zonas como Navarra o Castilla y León. Allí, la familia de Ana Pascual lleva cinco generaciones elaborando los famosos polvorones El Toro, en Tordesillas (Valladolid). Pero si hay unos que destacan, avalados por los numerosos galardones que han recibido tanto a nivel nacional como internacional, son los mantecados Felipe II, que se elaboran en Vitoria y cuya caja de 520 gramos alcanza los 21 euros. La diferencia de precio se hace patente si lo comparamos con el de otros productos que se encuentran en el mercado: polvorones que cuestan entre 12 y 8 euros el kilo e incluso otros que descienden hasta 4 euros el kilo. En este sector, como en otros muchos, la calidad se paga.

CÓMO RECONOCERLOS

Que el dulce que nos llevamos a la boca sea bueno viene determinado por la «adecuada proporción de los ingredientes y por su proceso artesanal. En la textura (si no resulta demasiado seco) y el aspecto podemos comprobarlo. Y sobre todo, en la suavidad del sabor», explica Olmedo: si el toque de limón es agradable, si la almendra no está ni demasiado tostada ni demasiado poco, si la manteca es de cerdo ibérico… El tiempo de amasado también es clave, ya que hace que se incorporen mejor los ingredientes, dándole al resultado una textura más agradable y un aroma más potenciado. «El saber hacer; el toque, también es fundamental para conseguir un buen producto, así como la máxima calidad de los ingredientes empleados», puntualiza Pascual. Hay quien los aplasta antes de comerlos para que no se desmigajen. Otros los prefieren con trozos de almendras y a otros no les gusta encontrárselos y se decantan por los mantecados. Sea como sea, disfrútelos.

martes, 17 de diciembre de 2019

Vuelve el coctel de gambas


(Un texto de Ana Vega Pérez en el Heraldo de Aragón del 29 de diciembre de 2018)

La Navidad es la única época en que esta receta, antigua estrella de la cocina internacional, retorna orgullosamente a las mesas.

Tan célebre como denostada, esta mezcla de marisco, salsa y ensalada asoma la patita en Navidades para recordarnos que hubo un tiempo durante el que reinó como receta estrella de la gastronomía española e internacional. Ahí donde lo ven, tan sencillo, tan de siempre –tan viejuno, si se empeñan–, el cóctel de gambas fue el no va más de la cocina elegante entre finales de los años 50 y los 90, momento en el que murió de éxito enterrado bajo paletadas de salsa rosa industrial y gambas de corchopán.

La idea de servir marisco bañado en salsa y dentro una copa surgió en California a mediados del siglo XIX, auspiciada por la fiebre del oro y el consiguiente surgimiento de nuevos ricos deseosos de mostrar su nuevo status a través de la comida. Allí nació la ‘cocktail sauce’ o salsa cóctel original, que en Estados Unidos no es la que nosotros conocemos como rosa sino una mezcla de ketchup, rábano, salsa Worcestershire, limón y chile. Este unte picante se comenzó a servir primero con ostras y después con langostinos o gambas en diversos restaurantes californianos, pasando luego a la rutilante ciudad de Las Vegas (Nevada) a principios de los 50.

Italo Ghelfi, un hostelero de la bahía de San Francisco, desembarcó en la meca de los neones en torno a aquellos años, atraído por la oportunidad de comprar un casino al mafioso Emilio ‘Gomba’ Giorgetti. Ghelfi inauguró en Las Vegas el Golden Gate Casino, un local que añadió al soniquete de tragaperras y ruletas el reclamo irresistible de una copa repleta de gambas y salsa a tan solo 50 centavos. En poco tiempo Las Vegas pasó a ser conocida como la capital del cóctel de marisco y el plato se asoció al estilo de vida de estrellas del espectáculo como Bob Hope, Frank Sinatra o Marilyn Monroe, quien apareció en todas las revistas a punto de zamparse una copa de gambas con salsa durante una entrega de premios en 1953.

Aquella receta lujosa y algo crápula vino a Europa para ser refinada a base de marisco de primera calidad (bogavante, langosta o cigalas), elementos vegetales y un nuevo aliño más al gusto del Viejo Continente: la salsa rosa o Marie Rose. Ese fue el ingrediente que inclinó la balanza hacia el lado del éxito. Su ausencia explica por qué la primera receta en español de un ‘langostinos-cocktail’ pasó sin pena ni gloria por nuestro país, incluida por el famoso barman Perico Chicote (1899-1977) en su libro ‘Cocktails’ de 1928: "En copa de vino: colas de langostino, salsa inglesa, zumo de limón y vinagre. Floréese con paprika, cayena y pimienta molida". No resultaba muy apetecible, no. Hacía falta algo más para seducir al público de este lado del Atlántico y esa pieza clave fue la salsa rosa.

Su fórmula fue uno de los secretos mejor guardados del restaurante Azaldegui (San Sebastián), local por el que entre 1949 y 1969 pasó la flor y nata de la sociedad española y europea y donde el cóctel de marisco brilló como especialidad de la casa. Servido en su correspondiente copa doble de cristal (con la parte inferior llena de hielo picado), el cóctel del Azaldegui llevaba langosta, cigalas, gambas, langostinos y una salsa hecha a escondidas de la que se sabe que incorporaba mostaza Colman’s y zumo de naranja. 

En 1956 apareció la primera receta de cóctel de gambas –que yo haya encontrado de momento– destinada al gran público. El desarrollo de la economía nacional y la mejora del nivel de vida de las familias hicieron el resto: el dichoso cóctel fue desde entonces omnipresente y todopoderoso tanto en las cartas de los restaurantes como en las comidas familiares de fiesta mayor. Con la adición de ingredientes por entonces exóticos e innovadores como piña, aguacate, tomatitos cherry o palmito, el cóctel de gambas fue el rey indiscutible de la gastronomía con ínfulas de los años 70 y 80. Tanto que se nos rompió el amor por él, de tanto usarlo. La salsa de bote y las gambas congeladas contribuyeron a que cualquiera pudiera permitirse servir esta receta e irónicamente su popularidad acabó dictando su muerte.

Al igual que ha ocurrido recientemente con otras tendencias culinarias (recuerden la ubicua reducción de Módena, la insoslayable ensalada de rulo de cabra, la fiebre de los ‘cupcakes’), aquello que en principio parece novedoso y sofisticado acaba resultando cansino y ramplón. Al entrañable cóctel de marisco le ocurrió lo mismo y en 1987 por ejemplo don Víctor de la Serna Gutiérrez-Répide lo ponía de vuelta y media tildándolo de "detestable invento norteamericano" e invasor de hasta el último figón de Celtiberia. Salió de las cartas de los mismos restaurantes que lo habían encumbrado y tuvo que limitarse a sobrevivir como soldado de fortuna en buffets de cuarta categoría.

Incorporado a los recetarios familiares durante su época dorada, afortunadamente el cóctel de gambas vuelve de vez en cuando a hacer apariciones estelares como prueba de lo que fue: el plato más sofisticado de su tiempo. Disfrútenlo esta Navidad a dos carrillos si pueden.
Free counter and web stats