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martes, 28 de diciembre de 2021

Anís del Mono: la primera bebida energética vive una segunda juventud

(Un texto de Jesús A. Cañas en El País del 11 de diciembre de 2020)

La marca propiedad de Osborne cumple un siglo y medio convertida en un icono cultural que ha aumentado un 19% sus ventas en supermercados durante el confinamiento.

Todo es susceptible de convertirse en mito, hasta una sencilla bebida energética para trabajadores a base de alcohol, azúcar y especias. En el origen de Anís del Mono conviven esas dosis justas de realidad y fábula que hace ya mucho que se hicieron leyenda. Dicen que el fundador, Vicenç Bosch, era tan amante de lo exótico que pidió que le enviaran “1 o 2″ monos desde América, pero el destinatario entendió 102 y eso fue lo que le mandó. Cuentan también que el empresario quiso replicar con esa botella adiamantada el perfume que compró para su mujer en la plaza Vendôme de París. Lo que es seguro es que Bosch fue tan visionario como para dignificar un alcohol popular hasta elevarlo a icono social, cultural y familiar. Ahora cumple 150 años.

Tanto tiempo después de ese 1870 que marcó el inicio de la marca en una fábrica modernista de Badalona, Anís del Mono es capaz de colarse en el imaginario colectivo español por recuerdos que van desde ese obrero que lo bebía a media mañana como chute vigorizante, al familiar que, cada Navidad, lo usa como instrumento de percusión de un villancico. Entre esas dos realidades cabe un universo tan amplio como para que la icónica botella del mono apareciese en el videoclip de Rosalía ‘Pienso en tu mirá’ (2018), su última contribución a una larga lista de creaciones culturales. Pero más allá de lo romántico, Anís del Mono es una marca que sigue funcionando hasta en pleno descalabro económico por la crisis del coronavirus.

2020 no está siendo un buen año para las bebidas espirituosas españolas. El sector —que habitualmente vende el 60% de su género en la hostelería patria, frente al 10% que supone este mercado en países como Alemania— ya acumula un 20% de caídas. El dato de contexto lo aporta Laura Díaz, brand manager de Anís del Mono en Osborne —grupo al que la firma pertenece desde 1975—, para dar otro porcentaje: “Hemos crecido en estos meses un 18,9% en el canal de alimentación [supermercados], lo que es una buenísima noticia”. “No sabemos si es porque la gente se lanzó a hacer rosquillas y dulces durante el confinamiento”, bromea Díaz.

Pero, hasta llegar a convertirse en esa bebida dulce que contenta al hombre de más de 45 años, a mujeres que lo usan para repostería y “capricho indulgente” o a jóvenes de ambos sexos interesados en su imaginario icónico —según los segmentos más habituales de clientes que maneja la compañía—, Anís del Mono tuvo primero que valorizarse como un producto de calidad. “A finales del siglo XIX había mucha producción de espirituosos. El anís lo bebían los trabajadores de Badalona y se servía en garrafas. Bosch fue un visionario y vio que se merecía algo más”, resume Díaz. Así fue como se le ocurrió envasar esa combinación de alcohol de origen agrícola, jarabe de azúcar y aceite esencial de matalhuva, anís estrellado y regaliz en una botella adiamantada.

Obsesionado por una presentación lo más cuidada posible, el fundador quiso que la etiqueta presentase al mono por el que era conocida su fábrica —dicen que, de ese centenar de simios, se quedó uno que vivía en la nave— y con rostro parecido a Charles Darwin en referencia irónica a su teoría de la evolución. También que fuese dorada, algo poco común en los alcoholes de entonces. Logró ambos propósitos, aunque la primera remesa de etiquetas llegó con un error tipográfico que aún hoy se mantiene en la palabra ‘Destillación’. “Ahora nos sirve para detectar fraudes. Si está bien escrito, es falso”, asegura Díaz. No es el único detalle histórico que Osborne mantiene en su anís. La propia fábrica de Badalona subsiste como patrimonio industrial modernista protegido y como centro de producción de ese aceite esencial de hierbas de color verdoso del que solo hacen falta unas pocas gotas por botella.

La indisoluble vinculación a la Navidad de Anís del Mono queda patente en su actividad frenética de estos días. Justo en los meses de octubre y noviembre, la compañía encara la elaboración de los dos tercios de una producción anual compuesta por 284.000 cajas (de nueve litros cada una). Ese stock se queda en un 98% en España, donde es la primera marca de anís en comunidades como Andalucía o Cataluña, tal y como apunta Díaz. En total, las ventas de la botella adiamantada suponen una contribución neta del 11% en la división de spirits y vinos de Osborne, una compañía que, en 2019, facturó 222,4 millones de euros —de los que las bebidas alcohólicas supusieron un 39%— y obtuvo beneficios por valor de 12 millones de euros, según la memoria interna del grupo a la que ha tenido acceso EL PAÍS.

El mono que no miente —como asegura el pergamino que sostiene en la etiqueta— ha llegado con esa buena salud a su 150 cumpleaños. La exposición El Diamante de Badalona recordó la gesta en el museo de la ciudad, primero, y hace lo propio ahora hasta el 11 de enero en la sede de la fundación que Osborne tiene en El Puerto de Santa María. Ahí están citados desde el bote de perfume que inspiró a Bosch al mobiliario de su despacho, pasando por reproducciones de los carteles de las manolas con las que el pintor Ramón Casas ganó un concurso convocado por el fundador en 1897: Mono y mona, Con falda de percal planchá y Dios los cría y ellos se juntan.

Luego llegaría Juan Gris con La botella de anís (1914) y hasta el mismísimo Pablo Picasso con Naturaleza muerta con botella de licor (1909), en el que el adiamantado del cristal se hace cubista. Desde el soniquete de un villancico, a afamadas obras de arte o un videoclip de exaltación cañí de Rosalía; todo cabe en ese bote con el que el Bosch aseguró querer perfumar “por dentro” lo que un perfumista era capaz de hacer por fuera. O al menos eso cuenta otra de esas leyendas que pueblan el icónico imaginario del mono con cara de humano que nació en Badalona hace un siglo y medio.

Notas:

La zona de destilado de la fábrica de Anís del Mono en Badalona sigue operativa 150 años después de la fundación de la marca.

Tanto la botella como la etiqueta de Anís del Mono se mantienen inalterables desde que se fundó la marca en 1870.

lunes, 13 de diciembre de 2021

Los quesitos de nuestra infancia

 (Un texto de Francisco Abad Alegría en el Heraldo de Aragón del 26 de marzo de 2020)

Hasta la denominación diminutiva y las pequeñas porciones (16 salen de una rodaja circular) envueltas individualmente en láminas de aluminio, indican que era un producto inicialmente diseñado para meriendas infantiles o pequeños tentempiés.

La historia empieza en Francia, durante el primer tercio del siglo XX, y rápidamente llega al Reino Unido y algo más tarde a Estados Unidos, pero el espíritu empresarial y laborioso de un menorquín hace que muy poco después llegue a nuestra patria. Nuestros protagonistas tienen dos nombres que todo el mundo conoce: El Caserío y La Vache Qui Rit; la marca francesa, aunque pionera en el mundo, arribó a España ya a finales de los años 50, por condicionantes económicos y bélicos bien sabidos.

Los quesitos en porciones son queso en sentido amplio, ya que contienen los nutrientes propios de un queso extragraso, fundido y moldeado (un 17% de proteínas y 32% de grasas) unido a algunos productos fundentes y conservantes y una pequeña cantidad de azúcar. Son ricos en calcio, fósforo, yodo y sal. Son un intermedio entre el queso suave convencional y una golosina alimenticia, pero no dejan de ser un tipo de queso.

La Vache Qui Rit o, para los países anglosajones, The Laughing Cow, fue la que abrió la estela. Desde el principio, los adeptos al queso lo han considerado un no queso. Pero con su formateo en porciones triangulares, cuidadosamente envueltas en aluminio, con una tirita roja que bordea el envoltorio, permitiendo la cómoda apertura, tuvo éxito fulgurante desde 1924.

El quesero Léon Bel (18781957), de la región del Franco Condado, lanzó en 1921 su primer queso fundido mezclado a partir de diversos quesos habituales, obteniendo rápido pero limitado éxito. Fue inestimable la colaboración del cartelista Benjamín Rabier, que ideó la sonriente vaca de hocico blanco, inconfundible color rojo y pendientes enormes de estilo romaní, que reproducían la efigie de una risueña vaca, plasmación pictórica de un ‘Wachkyrie’ que el cartelista había rotulado en la trasera de un camión militar, mientras servía en la Gran Guerra, y reinterpretación del relativamente insulso envase inicial. De hecho, había, permítanme la expresión, bastante mala leche en la consigna, versión burlesca de la germánica ‘Valkyrie’, nombre de las Valquirias, que seleccionaban a quienes iban a morir en combate por delegación del gran Odín.

El apoyo gráfico del cartelista fue decisivo para el crecimiento exponencial de la producción y venta del producto desde 1924, luciendo la imagen con que se ha hecho popular hasta nuestros días.

La empresa, inicialmente modesta, de Léon Bel, creció rápidamente hasta convertirse en el actual Grupo Bel, que comercializa sus productos en más de 100 países de los cinco continentes y desarrolla una meritoria acción de educación alimentaria y apoyo benéfico en numerosos países, especialmente de África y Asia.

Con el tiempo se han desarrollado derivados del quesito inicial, en forma de pequeños cubos de aperitivo, quesos sin lactosa, bajos en calorías, loncheados y hasta rallados.

El queso fundido de La Vaca procede realmente de la unión por fusión de quesos comté, emmental, gouda y cheddar, con algo de suero de leche y pequeñas cantidades de fundentes, así como colorantes (derivados de oleorresina de pimiento) y conservantes (lisozima, vitamina C y metabisulfito sódico).

El perito industrial electricista menorquín Pedro Montañés de Villalonga (19071996) observó que el queso menorquín (Mahón) derivado de leche de vaca frisona, que se producía en su finca familiar, además de calidad reconocida tenía notables propiedades para ser fundido. Y por eso se desplazó en 1929 a Francia (Toulouse) para conocer en el lugar la preparación del queso fundido francés, pionero en el mundo, y absorber todos los posibles conocimientos al respecto.

Muerto su padre en 1930, viajó de nuevo a Francia y después a Suiza (Ginebra) con la intención de dedicarse a la preparación de la que sería la segunda marca mundial de queso fundido, a partir de queso balear de excepcional calidad. Con su queso, logró producir la preparación fundida en la fábrica de material adecuado de Kustner (Ginebra).

Ante el éxito, se asoció con los empresarios menorquines Massanés y Mir, constituyendo la sociedad Industrial Quesera Menorquina, importando el utillaje preciso fabricado por Kustner, para lanzar ya preparadas porciones de queso fundido El Caserío a principios de 1931.

El trabajo continuó, con un éxito imparable, basado en la novedad y economía del producto (no se importaba La Vache Qui Rit más que a contados establecimientos elitistas), la monodosis ideal para meriendas infantiles, una progresiva tendencia a utilizarlo como parte de fórmulas culinarias populares y una consigna (‘slogan’) que se grabó a fuego en la mente española: ‘Del Caserío, me fío’.

Tampoco fue ajeno al éxito del producto el diseño de sobria sencillez y aspecto de confiabilidad, del ilustrador madrileño Francisco Martínez Chaves. Cuando llegó la última Guerra Civil, los industriosos empresarios se las ingeniaron para restablecer la producción a partir del material de desguace de un submarino antiguo ya fuera de uso.

Por fin, la multinacional Kraft Foods adquirió la empresa en 1992, que se extinguió como tal a finales de 2008.

El fundador, Pedro Montañés, fue condecorado con la Medalla de Oro de la Comunidad Autónoma de Baleares en el mismo año 1992.

Cierto que estos quesitos han sido prácticamente barridos de las meriendas y almuerzos escolares, pero aún se emplean, paradójicamente, en las cocinas populares. Por ejemplo, formando parte de la pasta base de la tarta de queso casera convencional y fría o untando tostadas de pan o tartaletas, que luego se enriquecen con algunos otros productos como mermeladas, dulces, patés o huevas de pescado.

También se preparan en forma de pequeñas porciones integradas en un aperitivo familiar y, muy especialmente para espesar, suavizar y dar sabor a algunas cremas vegetales muy socorridas, como las de boniato, calabacín o calabaza.

¡Y también para darles un mordisco cuando se retrasa la hora de comer!

jueves, 17 de junio de 2021

Duvel: la strong belga más famosa

 (Un texto de Juan Barbacil en el Heraldo de Aragón del 28 de junio de 2014)

Marcas. El origen de esta cerveza se remonta al final de la Primera Guerra Mundial, cuando sus elaboradores crearon una nueva variedad para celebrar la victoria. Así nacía una de las más famosas strong ales belgas que existen en el mundo.

La Duvel es realmente única, ya que es una cerveza rubia y fresca como una pilsner, pero con el sabor, definición y complejidad de una ale. Los principales ingredientes utilizados para obtener está cerveza genuina son levadura escocesa, lúpulo checo y cebada francesa.

El resultado tan especial es fruto de un especial proceso de elaboración, focalizado en la calidad, que utiliza los mejores ingredientes y tecnologías para llevar a cabo el proceso en 90 días. Los principales pasos del proceso son: seis semanas en cámaras frías, donde se lleva a cabo la maduración y estabilización; dos semanas en cámaras tibias, para alcanzar la segunda fermentación; y cuatro semanas en bodegas, después de ser embotellada, para alcanzar la última fermentación.

Su nombre en flamenco significa demonio y en la copa presenta un vistoso color limón y una hermosa espuma blanca. Es la producción iconoclasta de la cervecería Moortgat y ha conseguido tanta fama que el grupo cervecero incluyó Duvel en su nombre. La Duvel es una strong ale belga fermentada en botella, con gran presencia de carbónico, textura fina y amargor pronunciado.

La Duvel obtiene su sabor y cuerpo tan característico, dominado en gran parte por la abundante fuerza del carbónico, su textura fina y su amargor pronunciado, durante la segunda fermentación en botella que se produce en las cámaras calientes y por el posterior tiempo prorrogado de reposo en cámaras de guarda entre 4 y 5ºC durante 2 o 3 meses.

Su aspecto es rubio pálido, muy trasparente, con burbuja fina y abundante y mucha espuma muy espesa. El olor es afrutado y floral, con los matices de los lúpulos utilizados (saaz y styrian). Estos lúpulos son protagonistas en el sabor, construyendo un gusto fuerte y seco, con un ligero regusto amargo en el paladar. Para amantes de las cervezas con carácter.

Es suave y satinada, su aroma es lupulado, con mucha presencia de levadura, y en boca resulta aterciopelada, con un marcado carácter afrutado. Presenta una facilidad traviesa para beberse, siendo una perfecta compañera para el aperitivo y para ensaladas de todo tipo. Se emplea en la elaboración de salsas para el pescado, por lo que la aconsejamos para disfrutar también de este producto.

Se recomienda servirla en su copa estilo tulipa ligeramente abierta por arriba para poder apreciar los aromas silvestres del lúpulo, y consumirla a 6º centígrados.

Cuenta la historia que fue concebida por su cervecería, al fin de la Primera Guerra Mundial, para celebrar la victoria. Los Moortgat mandaron a uno de sus hijos a Escocia, en busca de un tipo de levadura que les permitiera elaborar su propia cerveza tipo ale, que tan apreciada era en esos días. Tras grandes esfuerzos, vio la luz una cerveza que comenzó llevando el nombre de Victory Ale, en honor a los vencedores de la Gran Guerra, y cuyo ingrediente principal era y sigue siendo hoy en día, aquella levadura traída de. Escocia, la kruikje.

EL NOMBRE DE DUVEL. Durante los años 20, un ávido bebedor la describió como «nen echten duvel» (un verdadero diablo), tal vez como referencia a su relativamente alto contenido de alcohol (8,5% de alcohol por volumen), por lo que la compañía cambió del nombre. Hoy, la Duvel se ha convertido en la principal cerveza de la fábrica. Es exportada a más de 40 países y la Cervecería Moortgat cotiza en los mercados bursátiles; todo ello, sin perder un ápice de su característico sabor y lenta elaboración.

miércoles, 21 de abril de 2021

Ramazzoti, el amaro más sutil y embriagador

 (Un texto de Juan Barbacil en el Heraldo de Aragón del 3 de enero de 2016)

Ramazzotti recoge la verdadera cultura de la elaboración de los amaros italianos mas asequible por su amargor más sutil, su especial dulzor y la fórmula secreta que hoy sigue siéndolo.

[...] conversando con [Jesús] Solanas [, director del hotel Palafox] dimos un “paseo” por estos complejos y , a veces, contradictorios licores que gustan a muchos y que otros no soportan por su amargor y complejidad.

La conversación nos llevó al Ramazzotti. Amaro Ramazzotti es un digestivo italiano de la categoría amargos.  Son  treinta y tres  plantas y frutas aromáticas diferentes las que se utilizan en su elaboración, incluyendo las naranjas dulces, que sobresale y es  el más prominente. Se elabora en  Canelli en el Piamonte italiano y se distribuye ya por todo el mundo.

Ausano Ramazzotti creó la fórmula del licor que lleva su nombre –  Ramazzotti-  en su pequeño laboratorio de Milán en 1815. Su creación, un licor de origen vegetal dulce, resultó un éxito inmediato. La receta no contiene ni colorantes ni aditivos artificiales y su fórmula  sigue siendo secreta a día de hoy. Sus sabores más característicos son las naranjas dulces sicilianas, también las naranjas amargas de Curaçao, la isla caribeña, el  anís estrellado y el cardamomo.

Habitualmente se disfruta  como un digestivo, ya sea directamente o con hielo para conservar todos sus sabores. La gama de este producto también incluye la Sambuca (un licor digestivo utilizado para flambeados) ;el  Ramazzotti Menta (un aperitivo servido con una hoja de menta o como una bebida de trago largo); y la  Sambuca Negra, un licor de anís para ser disfrutado con hielo entre otras formas.

Es 1815 Ausano Ramazzotti tiene herbolario ubicado cerca de la Arena de Milán. Vende vinos y licores al tiempo que la utiliza como un pequeño laboratorio en el que hace sus mezclas fórmulas magistrales, especialmente y como era habitual en la época con las plantas curativas combinadas con alcohol y otras materias. Durante tiempo buscó la creación de un amaro que tuviese un amargo menos potente y más asequible para el público en general, para el consumidor habitual. Con cáscara de naranja, anís estrellado chino, raíz de angélica, quinina, pétalos de rosa, vainilla … al final, perfeccionó una mezcla armoniosa de 33 ingredientes al que llamó  Amaro Ramazzotti, como su propio nombre.

El éxito no tardó en llegar. Los clientes de Ramazzotti apreciaron este gusto particular, así como su propiedades tónicas y digestivas que ganó una gran reputación en toda la ciudad.

Coincidió el momento con la apertura de los  primeros cafés  en Milán donde en torno a una buena taza de café se hablaba de música, literatura, y, se dice que se evitaba la política. Y en  1848  Ausano Ramazzotti decide abrir su propio establecimiento, cerca del teatro La Scala, donde sus clientes pueden saborear su amaro Ramazzotti en lugar de café. Para él, es la manera ideal para promocionar su amaro y ganar nuevos clientes cada día. Su inspiración dio sus frutos. Amaro Ramazzotti se convierte en el amaro favorito en toda Italia.

En 1866 Ausano Ramazzotti fallece a los  75 años habiendo transformado su pequeña tienda de hierbas en una compañía de producción moderna  que emplea en ese momento  a unos cien trabajadores. Sus herederos dejaron la tienda original y transfieren la producción a una planta más grande en la Via Canonica, donde la aumentan considerablemente ara satisfacer la creciente demanda.

En 1900, los hijos de Ramazzotti mejoran la producción con la aplicación de técnicas modernas e innovadoras.  Salvando la Primera Guerra Mundial, son años llenos de progreso y expansión  que coinciden con la llegada de la publicidad. Las botellas con su  etiqueta que combina el  azul y el rojo habituales permanecen prácticamente sin cambios hasta nuestros días. Ilustradores de renombre como Cappiello, Seneca, Dudovich, Boccasile-crearon los famosos carteles Ramazzotti, que hoy se encuentran en numerosos museos y colecciones privadas.

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