lunes, 17 de marzo de 2014

‘Gastrosofía’



(La columna de Martín Ferrand en el XLSemanal del 23 de agosto de 2009)

Con mucha frecuencia y gran imprecisión hemos incorporado al lenguaje cotidiano dos galicismos, 'gourmet' y 'gourmand'. El primero se utiliza para señalar a los entendidos en la comida y en los vinos. Tiene difícil equivalencia castellana porque, en una tierra que ha pasado hambre durante siglos, la exquisitez en la alimentación no ha llegado a las costumbres. En algunos viejos monasterios, como el de Alcántara, llegaron a clarificar el caldo y preinventar el consomé - «consumido», lo llamaban-, pero son rarezas.

Gourmand es el que come mucho y hasta con saña. Ése sí que es un galicismo innecesario porque nuestro tragón o, mejor todavía, el tragaldabas lo sustituyen con ventaja. El gourmet es hijo del gusto y la delicadeza, nunca del exceso, mientras que el gourmand lo es de la desmesura.

A estas alturas de la Historia, cuando el hambre ya no es una costumbre nacional y crecen el conocimiento de la buena cocina y la cultura del vino, hay que hablar de los 'gastrósofos'. La 'gastrosofía' es la conversión en arte de los placeres de la mesa y alcanza los últimos detalles, no sólo los consumibles. La delicadeza de los manteles, la elegancia de las vajillas, la transparencia de las cristalerías, la belleza funcional de los cubiertos, los adornos, el ambiente y hasta la sabia elección de los temas de conversación, que no son asunto menor en un ejercicio de convivencia y civilización.

El término 'gastrosofia' lo acuñó el Barón de Vaerst (1792-1855), que se firmaba como Chevalier de Nelly. Es, por sintetizar, el equivalente alemán de Brillat-Savarin y forma, con Mariano Pardo de Figueroa, la vanguardia de la inteligencia contemporánea a la hora de comer.

lunes, 10 de marzo de 2014

La invención del mojito



(Un texto de Ángel Becerril en el suplemento dominical de El Mundo del 2 de febrero de 2014)

La historia del mojito navega entre realidad, leyenda, personajes míticos y anécdotas tan pintorescas como poco verosímiles. Porque, aunque muchos creen que nació en La Bodeguita del Medio, el diminuto bar del centro de La Habana, lo cierto es que ya existía antes de que Ernest Hemingway se acodara por primera vez del cóctel en esta barra y lanzara su célebre frase: “Mi mojito en La Bodeguita, mi daiquiri en El Floridita”.

Algunos expertos mojitólogos coinciden en señalar que la primera versión de este cóctel no fue alumbrada para apaciguar la sed de los estadounidenses que llegaron a Cuba durante la Ley Seca (1920-1933), sino que vio la luz en el siglo XVI gracias al pirata Richard Drake (subordinado del famoso Francis Drake), quien concibió una fórmula genial, en la que el aguardiente de caña (o ron) aporta calor –y el estímulo para abordar cualquier propósito-, el agua diluye el alcohol, la lima previene el escorbuto, la hierbabuena refresca y aromatiza, y el azúcar ayuda a tragarse el mejunje. Dicen que sir Drake lo tomaba después de cada batalla o pillaje, por prescripción médica. Por eso al mojito primigenio se le conocía como El Drake.

Ya en el siglo XIX, la calidad de este cóctel se benefició de los avances en la producción de ron. Y mutó de nombre; primero se llamó draquecito, y luego mojito, en referencia al mojo (jugo de lima y ajo) que añaden los cubanos a sus platos. Además en los ritos cubanos de origen africano, el mojo es también el “toque mágico para la creatividad y la gracia”.

sábado, 1 de marzo de 2014

Otros cereales



(Leído en la revista Mujer de Hoy del 10 de enero de 2009)

El Kamut resulta algo gomoso, pero mejora si lo combinamos con otros cereales (espelta, avena, centeno...) o se prepara en sopas y guisos. La harina de kamut se emplea para hacer panes, bollos y galletas, pero también se consume en copos.  Necesita 90 minutos para su cocción.  



Denominado trigo de los faraones, dicen que fue rescatado del olvido milenario por alguien que lo encontró en un sarcófago egipcio. Cultivado en Mesopotamia hace 4.000 años, es un 20% más grueso que el grano del trigo común y tiene un 14% más de proteínas, un 65% más de aminoácidos, más grasas saludables, mucho selenio y vitamina E. Está recomendado como sustituto para los alérgicos al trigo. 

Quinoa. Aunque lo parece, no es realmente un cereal y pertenece a la familia de las espinacas. Su sabor es parecido al del arroz integral. Contiene menos hidratos de carbono, pero el doble de proteínas que el trigo, varias vitaminas del grupo B y fibra e incluso una dosis notable de grasas cardiosaludables. Además, es una autentica mina de sales minerales. No tiene gluten, así que pueden consumirla sin riesgo los celíacos.
 
La quinoa cruda se parece un poco al cuscús. Tiene un anillo en torno a cada grano, que contiene la mayoría de las proteínas y le da una textura crujiente. Facilísima de preparar, requiere en cambio un buen lavado previo para eliminar su amargor. Sólo precisa 15 minutos de cocción.  



La espelta es la madre de todos los trigos. Tiene más proteínas, minerales, vitaminas y oligoelementos que el trigo común además de una considerable cantidad de fibra. La demanda de espelta se disparó cuando se observó que muchos pacientes mejoraban de lo que se conoce como "subalergias" (síntomas sin explicación aparente, como cefaleas, edema, cansancio...) cuando dejaban de tomar trigo común y la consumían.




El mijo, de aspecto parecido a cuscús, es riquísimo en fósforo y vitaminas del grupo B y contiene el valioso lisina, un aminoácido esencial para los seres humanos. Los expertos han redescubierto ahora sus beneficios.
 
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