martes, 17 de febrero de 2026

Cerveza

(La columna de Martín Ferrand en el XLsemanal del 4 de noviembre de 2012)

Antes de que nuestro Carlos I viniera a España, nuestros antepasados solían beber —especialmente en Castilla— una fermentación de trigo y cebada a la que llamaban ‘servicia'. La llegada del emperador supuso, también en eso, una gran transformación. Viajaron con él, como parte fundamental de su séquito, varios maestros cerveceros. Gran aficionado al placer de la buena mesa, Carlos V no quería prescindir de su bebida preferida que, dicho sea de paso, consumía en grandes cantidades. Contribuyó a que así fuera su médico personal, Luis Lobera de Ávila, autor de un libro pionero en materia de nutrición, Vergel de sanidad. En él dice el galeno que «la cerveza, para ser buena, ha de estar compuesta de trigo, cebada, avena y lúpulos y agua buena».

Uno de los maestros cerveceros del emperador, Enrich Van Der Trehen, instaló y dirigió la fábrica que en Yuste alegró los últimos meses de vida de tan singular personaje. A partir de ese momento, y con la influencia de los muchos notables centroeuropeos que lo acompañaron, se fue perfeccionando la elaboración cervecera nacional. Hoy somos el cuarto país productor del mundo y el consumo nacional es de 50 litros por habitante y año, la mitad que en Alemania o Austria.

Entre las cervezas españolas artesanales llama hoy la atención la que fabrican en Madrid, en Las Rozas, bajo los auspicios de Sudestada (calle Ponzano, 85) —un restaurante de culto a la fusión—, con la marca La Virgen. Es una lager, ligeramente turbia, que sirve para acompañar platos que, como todos los que llevan alcachofas y otras verduras de invierno, rechazan el vino como los virtuosos el pecado.

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