(La columna de Benjamín Lana en el XLSemanal del 25 de mayo de 2014)
Créanme que es difícil encontrar a lo largo de la historia a otro
personaje que haya cambiado tanto los límites del mundo conocido a
través de la cocina como Ferran Adrià. Pero si les digo que uno de
ellos, un florentino que murió en 1519, es un conocido de todos ustedes
quizá se sorprendan. Es verdad que debe su gloria a la pintura con la
que cambió la historia del arte, a su genio universal que le permitía
tañer el laúd, inventar ingenios bélicos y toda suerte de máquinas
inimaginables, esculpir y trabajar como arquitecto. Pero si ha de
hacerse justicia debe añadirse en el inicio de esa lista su entrega y
devoción por la cocina. Nuestro hombre creció atiborrado de dulces por
un padrastro repostero y fue hasta su muerte entusiasta del arte del
condumio. Sus últimos días, ya en Francia, los pasó en los fogones de
una casa solariega de Cloux experimentando junto con el rey Francisco,
otro gran aficionado.
Hablamos de Leonardo da Vinci, el hombre que inventó el tenedor con
el que comemos a diario, la servilleta, el sacacorchos y los espaguetis.
Sí. También eso le debe Italia. El gran pintor logró transformar las
pesadas tortas de pasta que se tomaban entonces en largos y estrechos
hilos gracias a una máquina que lo acompañaría el resto de su vida
oculta en una caja negra. Sus spago mangiabile (“cordeles comestibles”)
no se estrenaron con mucho éxito debido a su aspecto desordenado y a la
dificultad de atraparlos con el cuchillo, único cubierto disponible en
las mesas. Pero, entonces, Leonardo añadió la tercera púa a la
herramienta de dos pinchos que se usaba en las cocinas y… ¡voilà! Nada
lo ha superado hasta hoy. Al final de sus días, nuestro Adrià del
Renacimiento regaló la Mona Lisa a su mecenas el rey, pero se negó a
separarse de su amada caja negra.
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